Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
Un animal se apartó bruscamente del grupo y lo miró, con los ojos húmedos y la lengua colgando. No era un carroñero: tenía el pelo más largo, amarillo, casi rojizo. Era una perrita, mezcla de raposa y podenco. Los chacales y las hienas la rechazaban, amenazaban con morderla cada vez que se acercaba a un muerto.
Morgennes la observó. Estaba tan delgada que se le veían las costillas. Tenía el pelo chamuscado a trozos y en las patas se veían huellas de quemaduras. Seguramente había pertenecido a uno de los soldados del ejército franco, caído en el campo de batalla. Morgennes dirigió una mirada a los cuerpos hechos pedazos. ¿Habría sido su amo uno de ellos?
El hospitalario hizo ademán de seguir adelante, e invitó a la perrita a acercarse con un gesto. El animal ladró feliz y lo siguió. Con la perra pegada a los talones, Morgennes llegó al campamento sarraceno. Aquí y allá, fuegos que ardían bajo ollas colgadas de soportes horadaban la oscuridad de la noche, en la que Morgennes se fundía. La perra se puso frenética. Corrió hacia un caldero, de donde ascendía un olor delicioso, y fue acogida con gritos entusiastas. Los mahometanos le arrojaron algunos restos de pinchos de carne, amenazándola en broma con asarla a ella si no se los acababa. La perrita devoró alegremente lo que le tiraban al polvo. Un adolescente la cubrió de caricias y la llamó «mi amiguita». Luego miró alrededor, temeroso de que alguien fuera a reclamarla. Pero un viejo con la boca llena de dientes rotos y negros, agitando una ramita con la punta incandescente, le gritó:
– Puedes quedártela, ahora es tuya. ¡Son los perros los que eligen a sus amos, y no al revés!
El adolescente le dirigió una sonrisa radiante. El viejo se entretuvo soplando la brasa de su bastoncillo, y añadió:
– Ya tendrás tiempo de devolverla, cuando vengan a buscarla. Incluso podrás pedir unos dinares por haberte ocupado tan bien de ella…
– Mientras tanto hay que encontrarle un nombre -concluyó el adolescente.
Morgennes había seguido toda la escena en la sombra.
«Ingrata», pensó. Y luego se marchó, ansioso por encontrar algo con que calmar su sed: mirara a donde mirara, veía a alguien bebiendo. Agua, té, leche, zumos de frutas e incluso alcohol. Algunos soldados, vestidos todavía con sus gambesones de tela acolchada, bebían a grandes tragos un vino perfumado con el que se emborrachaban. Les decían:
– No bebáis alcohol, está prohibido.
Y ellos respondían:
– ¿Es alcohol? No lo sabíamos, era de los francos (¡la maldición caiga sobre ellos!)…
– ¡Los francos ya no tenían nada que beber! -les replicaban.
Y ellos reían a carcajadas y seguían emborrachándose.
Por todas partes se oían gritos, llamadas. Soldados que transportaban haces de leña se sentaban sobre ellos para celebrar interminables partidas de az-zhar. Los que habían comido demasiado se envolvían en una estera y se dejaban caer al suelo, borrachos de hartura.
Morgennes se alejaba discretamente hacia un rincón más tranquilo, cuando un grito atrajo su atención. Se agazapó detrás de un barrilito de pescado fresco, cuyo olor le dio náuseas, y arriesgó una mirada. Dos hombres habían sacado sus cuchillos y se insultaban. La razón de su disputa era imprecisa, pero al parecer tenía relación con el color de las banderas mahometanas. Los hombres se dirigían miradas crueles y se trataban el uno de pagano y el otro de politeísta. Sus armas despedían destellos. El pagano trató de morder al politeísta lanzando unos abominables gritos de hiena.
Morgennes comprendió entonces a qué parte del campamento de Saladino lo había conducido el azar: se encontraba en la zona que ocupaba la más terrible de las tribus aliadas a Saladino, la de los maraykhát, que eran a los hombres lo que los carroñeros a los perros. Los maraykhát nunca participaban realmente en los combates, sino que esperaban a ver por quién se inclinaba la victoria… Y después saqueaban a los vencidos. Saladino, que siempre hacía acampar a su ejército en orden de marcha, les había ordenado que plantaran sus tiendas atrás.
Morgennes hubiera podido darse cuenta antes; en numerosos lugares, los estandartes amarillos de la tribu de los maraykhát acompañaban a los del sultán.
Rawdán ibn Sultán, el jeque de los maraykhát, era un buen representante de su pueblo: cruel y pérfido, siempre estaba dispuesto a venderse al mejor postor. Saladino lo sabía bien, pues ya en dos ocasiones le había ofrecido tales cantidades de dinero que, después de haber prometido su apoyo a los francos, Rawdán se había vuelto contra ellos. Los maraykhát combatían con armas de un género especial, con una hoja curva que causaba heridas que no se cerraban. A menudo las untaban con un veneno contra el cual estaban inmunizados y que tenía la particularidad de impedir que la sangre se coagulara. Ocurría así, en ocasiones, que uno de sus enemigos saliera vencedor de un combate para morir poco después de una herida que no dejaba de sangrar. Todo el mundo, de los mahometanos a los francos, odiaba y temía a los maraykhát. Se compraban sus servicios a precio de oro por miedo a que el campo enemigo hiciera lo propio.
Esos hombres se daban a sí mismos el nombre de «señores de las serpientes y los escorpiones», pero de hecho tenían una relación muy lejana con ambos animales y se comportaban más bien como ratas.
Aunque era ya muy tarde, los maraykhát seguían divirtiéndose. Algunas mujeres bailaban lascivamente con un compañero que imitaba sus gestos, con las manos colocadas sobre sus nalgas. Los más audaces -o los más borrachos- depositaban besos voluptuosos en el cuello de las bailarinas, que reían a carcajadas. Las manos se aventuraban sobre los senos, las bocas sobre las bocas, los sexos se rozaban.
Morgennes se cargó al hombro el barrilito de pescado fresco y se acercó a una hoguera pequeña que los juerguistas habían abandonado. En medio de los restos de provisiones, se veían algunos cantarillos dispersos. El hospitalario se apoderó subrepticiamente de uno de los recipientes y se alejó como si tal cosa.
En aquel momento una voz exclamó tras éclass="underline"
– ¡Eh, tú, allí! ¿Adonde te llevas el barril? ¡Es nuestro, déjalo!
Lentamente, Morgennes dejó el barril en el suelo y prosiguió su camino.
– ¡Detente!
Morgennes se detuvo, pero no se giró.
– Muéstranos tu cara. ¿Quién eres?
El hombre estaba a solo unos pasos y lanzaba exabruptos contra los zakrad. Morgennes dirigió una mirada rápida a los alrededores para evaluar la situación. Comensales dormidos obstaculizaban el paso; dos soldados borrachos caminaban dándose el brazo, zigzagueando; algunos niños se divertían persiguiéndose y se tiraban a la cara puñados de arena, huesos de pollo o restos de pastelillos; finalmente, pasaban jinetes a todo galope, saltando por encima de las hogueras, volcando las ollas y asustando a los juerguistas, que se indignaban con su audacia. Menudeaban las peleas, y se reñía por una mujer, un pedazo de carne, un vaso de licor, o por el gusto de hacerlo. Un poco más allá había gente cantando, bebiendo. De modo que Morgennes dejó que el hombre se acercara, y luego se volvió bruscamente y le rompió el cantarillo en el cráneo. El recipiente explotó con la violencia del impacto; el maraykhát retrocedió titubeando, y acto seguido se derrumbó inconsciente.