Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
Matlaq hizo un gesto en dirección a Saladino, y tres palomas volaron hacia él. Eran unos pájaros soberbios, de gran envergadura. Las aves se posaron a los pies del sultán, pavoneándose. Saladino cogió una de las palomas en sus manos, formando una copa, y se acercó al rey de Jerusalén.
– Esta es para vuestra mujer. Le informo de a cuánto asciende vuestro rescate… Así sabrá que estáis con vida. ¿Queréis añadir algo?
Lusignan, temblando ante la idea de que el Yazak se hubiera acercado tanto a su esposa, se contentó con murmurar:
– Decidle que pague, lo más rápido posible…
– Escribídselo vos mismo.
Dos ulemas le llevaron con qué escribir, y Guido de Lusignan comenzó a redactar su nota. Cuando hubo terminado, Saladino cogió un segundo pájaro. Esta vez se dirigió a Gerardo de Ridefort, maestre del Temple.
– Este mensaje es para el patriarca de Jerusalén, Heraclio -dijo el sultán-. Por desgracia para él, son muy malas noticias: la Vera Cruz está en nuestra posesión, y uno de sus hijos, Rufino, obispo de Acre, está… -Saladino lanzó una ojeada a la cabeza de Rufino, en la arqueta, y prosiguió-:… incapacitado para abrazar de nuevo a su padre. En cuanto al obispo de Lydda, Bernardo, su otro hijo, no lo hemos encontrado. ¿Está muerto? ¿Vive aún? Probablemente haya huido… A vos, pues, Gerardo de Ridefort, gran amigo de Heraclio, planteo esta pregunta: ¿queréis ser el hombre que lleve al patriarca de Jerusalén, y por tanto a la cristiandad, la noticia de que la Vera Cruz está en nuestra posesión?
– Se lo diré. Y añadiré también que haré cuanto esté en mi mano para recuperarla.
– Es decir, no gran cosa, me temo -concluyó Saladino volviéndose hacia la tercera y última paloma-. Esta es para Etiennette de Milly, futura viuda de Reinaldo de Chátillon, que aquí llega justamente…
Dos robustos mamelucos subían a caballo por un estrecho sendero arrastrando tras de sí a un hombre encadenado: Reinaldo de Chátillon. El Lobo de Kerak, reducido al estado de magma sanguinolento, se tambaleaba bajo el peso de sus cadenas. Jirones de carne se habían enredado con los eslabones, de modo que parecía imposible liberarlo sin arrancarle la mitad del cuerpo. Pero Chátillon no había perdido nada de su fiereza. Aún se tenía en pie, Dios sabe cómo, y en medio de los escupitajos, las injurias y los golpes, seguía avanzando. En sus ojos resplandecía un brillo demente y sus labios se elevaban en un rictus repulsivo que descubría sus caninos, enrojecidos por la sangre. El hecho de que aún siguiera vivo ya era en sí mismo un milagro. Lo impulsaban una cólera y una rabia tan vivas que a intervalos irregulares su organismo se veía acometido por temblores. Entonces reducía el paso, tensaba los músculos como si quisiera romper los hierros que lo sujetaban y frenaba la marcha de los caballos que tiraban de él. Ante sus esfuerzos, la multitud, espantada, retrocedía. Los mamelucos espoleaban a sus monturas, y Chátillon volvía a arrancar, como un roble brutalmente desenraizado.
Una vez llegados a la cima de la colina de Hattin, los mamelucos se dispusieron a izar a Chátillon al primero de los tres niveles del andamiaje. Los verdugos los ayudaron, sujetando el cuerpo por las axilas y pasando cuerdas bajo sus brazos, mientras desde abajo lo empujaban por las piernas gritando rítmicamente.
Un lamento fúnebre, un aullido que helaba la sangre, surgió de la garganta del Lobo de Kerak. Un largo grito de dolor y de rabia. Los sarracenos estaban ansiosos por acabar y clavar definitivamente en su cruz a aquel hombre infame. Mientras lo subían al segundo nivel del andamiaje, Saladino se dirigió a la multitud.
– Temo que Brins Arnat no esté en condiciones de escribir a su viuda. De modo que yo me encargaré de hacerlo. Así conocerá su epitafio.
El sultán blandió una placa de madera, sobre la que había hecho grabar, en árabe y en lingua franca, la inscripción: Reinaldo de Chátillon, príncipe de los francos de tierra santa.
– Usurpando el poder en toda ocasión, mofándose de Dios igual que de los hombres, cualquiera que fuera su rango, escuchándose solo a sí mismo, así era Brins Arnat. El es la imagen que conservaremos para siempre de los francos venidos a esta tierra: la de unos abominables saqueadores sacrílegos, violadores y embusteros, sin fe ni ley.
Cuando su ayudante hubo acabado de copiar el mensaje bajo su dictado, Saladino soltó a la paloma, que, con un breve aleteo, se reunió con sus congéneres. El jeque Matlaq ibn Fayhán acarició a los pájaros con la mirada, en una muda señal de aliento. Durante unos momentos las palomas trazaron círculos por encima de Hattin, y luego se dispersaron en la noche, llevadas unas por el viento y otras luchando contra él. Finalmente desaparecieron. Excepto un último pájaro, mucho mayor que los otros, que lanzó un grito estridente. Morgennes lo miró: era un magnífico halcón peregrino, el ave preferida de los reyes. Su plumaje gris oscuro mezclado de azul señalaba que era una hembra, cazadora temible, con reputación de indómita, que se había convertido en el emblema de los zakrad.
Poco después, los verdugos sacaron los brazos de Chátillon del amasijo de cadenas que los sujetaban y se los separaron para clavarle las manos. Los mamelucos estaban cada vez más nerviosos. Tughril los había dispuesto en círculo en torno a Saladino y la estela funeraria. Los guardias formaban un cordón tan apretado de cimitarras y lanzas que quien tratara de franquearlo padecería un infierno de hojas aceradas.
Se escuchó una inspiración profunda, seguida inmediatamente de un silbido horrible: el del metal hundiéndose en la madera. Chátillon no había despegado los labios.
Los sarracenos exultaban.
– ¡Sufre! -gritaban-. ¡Retuércete de dolor! ¡Sufre más! ¡Sufre siempre!
La vigilancia se había relajado ligeramente, y Montferrat, Plebano de Boutron y Unfredo IV de Toron se acercaron a Morgennes. En otras circunstancias, este lo hubiera encontrado más bien chusco, porque Unfredo de Toron era conocido por su cobardía -que por otra parte no negaba ni trataba de ocultar- y evitaba la compañía de los audaces. Los tres caballeros se esforzaban en adoptar un aire tan tranquilo como podían, pero sus sonrisas eran crispadas y en sus rasgos se reflejaba la tensión.
Guillermo de Montferrat dio unos pasos ante Morgennes, lo buscó con la mirada y, cuando lo hubo encontrado, desanudó su pañuelo. El chal de seda se deslizó de su cuello y cayó al polvo. Luego Montferrat bajó la cabeza, como si esperara algo, mientras sus labios articulaban un padrenuestro silencioso.
De pronto, un brusco movimiento de la multitud tuvo lugar del lado de la estela. Un franco de unos treinta años («¡Unfredo de Toron!», constató Morgennes, estupefacto) escalaba el andamiaje, con una decena de mamelucos tras sus talones.
– ¡Huid! -exclamó entonces Montferrat, dando un empellón al primero de los mamelucos que vigilaban a Morgennes, mientras Plebano de Boutron sujetaba al segundo.