La Luna De Los Asesinos
- Автор: Уэстлейк Дональд Эдвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Luna De Los Asesinos». Краткое содержание книги:
Escrita en 1974, La luna de los asesinos es, sin lugar a dudas, una de las mejores novelas de este gran escritor norteamericano que revolucionó el género policíaco al ofrecer una nueva concepción que se aleja de los lugares comunes y los viejos clichés que siempre lo habían acompañado. El estilo ágil y directo, sin florituras ni descripciones innecesarias, acompañado de un elegante sentido del humor, acentúa la tensión de la novela, que no deja de crecer desde la primera página, hasta resolverse en un final brutal e inolvidable que revela la precisión narrativa de uno de los principales escritores norteamericanos de novela policíaca del siglo XX.
Llevando las cajas metálicas, Parker descendió la rampa hasta el Buick, donde encontró a Grofield ya esperándole, algo preocupado.
– El coche de la policía volvió a pasar -le dijo-. No podía continuar fuera, así que entré.
– Todo está en orden -aseguró Parker.
Entraron en el Buick, pusieron las cajas metálicas en el suelo, junto a los pies de Grofield, y Parker condujo hasta la cabina, donde le dio al muchacho la entrada del aparcamiento y un dólar.
– Guarda el cambio -le dijo, y salió, aunque tuvo que esperar un instante a que pasara un Sedán oscuro muy lento. Los dos hombres que iban dentro miraron hacia el garaje y siguieron.
X
Eran las nueve y cuarto de la mañana cuando Lozini llegó a la oficina. Los otros cuatro, conscientes de que no podían retrasarse, no se habían demorado y ya le estaban esperando.
Jack Walters y Frankie Faran habían sido invitados suyos dos noches atrás. El primero, un hombre hosco, poco agradable y flemático, era el abogado personal de Lozini. El segundo era Frankie Faran. El tercer hombre, fuerte, de pelo rizado, vestido descuidadamente, de unos cuarenta años, con gafas cuadradas de montura dorada, era Ted Shevelly, el asistente de Lozini. Y el cuarto hombre, delgado y atildado en su traje gris oscuro, era Harold Calesian, detective de la Organización contra el Crimen Organizado de la policía local y el principal enlace de Lozini en el Departamento de Policía.
Todos le saludaron. Lozini gruñó, se dirigió a su escritorio y, una vez sentado, miró fijamente el rostro de aquellos hombres. A su derecha, unas grandes ventanas dejaban entrar una luz deslumbrante y una amplia panorámica del cielo azul. Esta oficina estaba situada en el piso diecisiete del Edificio Nolan, el más alto de la ciudad, que pertenecía a Lozini y a algunos de sus amigos. El cartel en la puerta del pasillo, detrás de la oficina vacía de la recepcionista, decía «City Property Holdings, Inc», es decir, la entidad corporativa por medio de la cual Lozini realizaba sus operaciones inmobiliarias con este edificio, con la Isla Feliz y con otros edificios de la ciudad.
Al último que miró Lozini fue a Ted Shevelly, y se detuvo en éclass="underline"
– Muy bien, Ted. ¿Qué diablos ha pasado?
– Nos atacó tres veces -respondió Shevelly-. ¡Bing, bing, bing! Nadie lo esperaba. Se limitó a dar los golpes y a huir. -Shevelly se mantenía tranquilo ante los acontecimientos, incluso sentía admiración por el bastardo que se había atrevido a hacerlo. Por eso era el asistente de Lozini; era fuerte y rudo, pero mantenía siempre una especie de calma que equilibraba el ímpetu de Lozini. No era tan bueno como Caliato, que estaba más cerca del aura de poder de Lozini, pero era bueno de todos modos.
– ¿Huyó?, ¿dónde? -preguntó Lozini-. ¿No sabéis dónde está?
Shevelly sacudió la cabeza.
– Dondequiera que esté -respondió-, trabaja solo. No tiene ningún contacto local. Eso puedo asegurarlo.
– Tiene un tipo que trabaja con él -aseguró Faran. Su voz sonaba apagada; arrugaba el rostro como si soportara un dolor. Tenía mal aspecto y no dejaba de moverse en su silla.
– Nadie de la ciudad -dijo Shevelly-. Los dos han venido juntos y nadie de la ciudad los conoce.
– ¿Seguro? -preguntó Lozini.
– Revisamos bastante en estas últimas doce horas -respondió Shevelly-. Anoche recorrimos de arriba abajo la ciudad y no encontramos nada. Trabajan solos.
Lozini se volvió hacia Jack Walters.
– ¿Qué pérdidas hubo?
Walters gruñó mientras sacaba un sobre del bolsillo de la chaqueta. Era un hombre gordo que nunca había sabido actuar con elegancia; sus bolsillos siempre parecían estar demasiado lejos de sus manos, las sillas en las que se sentaba siempre estaban torcidas, abrir una puerta siempre era un problema para él. Era imposible imaginárselo vistiéndose.
Lozini esperó, impaciente, mientras Walters luchaba con el sobre hasta que logró abrirlo y desplegar una hoja de papel que había sido doblada en dos. Justo en ese momento, Walters dijo:
– Del New York Room se llevaron en efectivo novecientos y aproximadamente tres mil en recibos de tarjetas de crédito. De la cervecería, entre siete y nueve mil dólares en cheques y aproximadamente cuatrocientos en efectivo. Y del garaje, trescientos setenta y cuatro dólares en efectivo.
Lozini iba sumando a medida que Walters hablaba.
– Nos levantaron catorce mil -dijo.
– No exactamente -contestó Walters-. El efectivo es irrecuperable, obviamente, y también los recibos de las tarjetas de crédito. La mayoría de los cheques robados en la cervecería pueden ser reemplazados, mostrándoles a los clientes el estado de su cuenta. Es inevitable que se pierda algo, pero podríamos recuperar un ochenta por ciento.
– Y perderíamos unos mil -dijo Lozini-. ¿Y cuánto nos costaría todo el papeleo para recuperar el resto?
– Aún no calculé eso -respondió Walters.
– No lo hagas -le ordenó Lozini-. ¿Cuál es la situación de los empleados?
– Los únicos en el night club que se enteraron -contestó Walters- fueron Frankie y una chica llamada Angela Dawson. Frankie asegura que Angie no causará problemas.
Lozini miró a Faran.
– ¿Es cierto?
– Es amiga mía -respondió Faran. Seguía teniendo un aspecto verdoso y cuando hablaba parecía como si algo estuviera estrangulándole lentamente-. No hay que preocuparse por ese lado, señor Lozini; ya le hablé y ella se ha hecho cargo de la situación.
Lozini asintió y se volvió hacia Walters.
– ¿Y el resto?
– En la cervecería -dijo Walters, consultando de nuevo su hoja de papel-, el único empleado que tuvo conocimiento del hecho fue el sereno, Donald Snyder. Lo encerraron en un baño y…
– ¿Qué nombre dijiste? -preguntó Lozini.
– Donald Snyder.
– ¿De qué me suena ese nombre?
Tranquilo, flemático, Walters respondió:
– Era sereno en la Isla Feliz cuando hubo aquel problema hace dos años.
Lozini se permitió una fina sonrisa.
– Está de racha -dijo-. ¿Qué le hicieron?
– Él fue el que informó del robo -contestó Walters- cuando logró salir del baño. Su descripción del aspecto general del ladrón que vio más de cerca sugiere que no era el tal Parker, sino el otro. Aparentemente intentaron mandarle a usted un mensaje por medio de Snyder.
– ¿Un mensaje?
– Como hicieron con Frankie -contestó Walters.
Lozini miró a Faran.
– ¿Qué mensaje?
Faran se pasó la lengua por los labios y se revolvió en la silla.
– Me mandó que le dijera que se llevaba los intereses de la deuda y que no lo restaría del importe principal.
– Dijo eso, ¿eh? -Murmurando algo, Lozini se volvió hacia Walters-. ¿Al sereno le dijo lo mismo?
– No llegó a darle el mensaje -contestó Walters-, puesto que Snyder afirma no saber quién es usted. Ni siquiera recuerda el nombre del que le habló el ladrón, aunque está seguro de que empezaba por «Lo».
Ted Shevelly y Harold Calesian sonrieron a la vez.
– Anonimato -dijo Shevelly-. ¿Qué te parece?
– Ya era hora -respondió Lozini. Anonimato era lo que quería, aunque lo había disfrutado poco en los últimos diez años. Siempre había algo acerca de él en los periódicos, siempre rodeado de términos como «se supone» o «se rumorea», de modo que ni siquiera llevándoles a juicios podía acallarlos, lo que suponía un infierno en la familia. Los periodistas no tenían sentido de la decencia. Por suerte, los seis hijos de Lozini eran todas mujeres, todas casadas ya y con otros apellidos, pero aún tenía esposa y otros parientes dispersos por el estado.
Walters decía:
– Snyder no sufrió daño alguno. La última vez, cuando algunos de nuestros hombres lo golpearon un poco, le dimos el empleo en la cervecería.