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Электронная книга - «Si pudieras verme ahora». Краткое содержание книги:

En la vida de Elizabeth Egan todo tiene su sitio, desde las tazas para caf? expr?s en su reluciente cocina hasta los muestrario y los botes de pintura de su negocio de dise?o de interior. El orden y la precisi?n le dan una sensaci?n de control sobre la vida y mantienen el coraz?n de Elizabeth apartado del dolor que sufri? en el pasado. ejercer de madre de su sobrino de seis a?os al tiempo que saca adelante su empresa es un empleo a jornada completa, que deja poco margen al error y la diversi?n. Hasta que un d?a alguien muy singular aparece inesperadamente en sus vidas. El misterioso Ivan es despreocupado, espont?neo y amante de la aventura, todo lo contrario que Elizabeth. Reconoce a su verdadero amor antes de que ella le vea siquiera, y le ense?a que la vida s?lo merece la pena ser vivida cuando se nos presenta con todo su color y una pizca de desorden. Pero ?qui?n es Ivan en realidad? P?cara y por momento profundamente conmovedora, esta novela nos permite recuperar toda la ternura y la emotividad caracter?sticas de la autora de Posdаta: Te amo, novela que ser? llevada al cine con Hillary Swank como protagonista.
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Elizabeth siguió adelante, miró por el retrovisor y vio fenecer el entusiasmo de la celebración a bordo del autocar cuando éste se encontró de cara con otro en el puentecillo que había que cruzar para salir del pueblo. Los brazos bajaron despacio y los flashes se extinguieron mientras los turistas se acomodaban preparándose para otra prolongada lucha que les permitiría continuar el viaje.

La villa tenía tendencia a hacer eso. Casi como si lo hiciera a propósito. Te abría la puerta de su corazón con los brazos extendidos, te mostraba cuanto tenía que ofrecer, con sus flamantes tiendas multicolores de fachadas decoradas con flores. Era como llevar a un niño a una tienda de golosinas y mostrarle los estantes llenos de resplandecientes y azucarados caramelos que le hacían la boca agua, y acto seguido, mientras los contemplaba con ojos como platos y el pulso acelerado, proceder a cerrar los botes apretando bien las tapas. En cuanto habías percibido la belleza del lugar, te dabas cuenta de que no tenía nada más que ofrecer.

Curiosamente, resultaba más fácil de cruzar el puente de entrada que el de salida. Éste trazaba una curva peculiar haciendo que el hecho de abandonar el pueblo entrañara cierta dificultad. Cada vez que pasaba por allí, Elizabeth se sentía agobiada.

Sucedía lo mismo que con la carretera que partía del hogar de infancia de Elizabeth; le resultaba imposible marcharse de prisa. Pero algo tenía aquel pueblo que siempre terminaba por arrastrarla de vuelta pese a que durante años había intentado resistirse. En una ocasión había conseguido mudarse a Nueva York. Lo hizo siguiendo a su novio y la oportunidad de diseñar un club nocturno. Le encantó vivir allí. Le encantó que nadie conociera su nombre, su rostro ni la historia de su familia. Podía pedir un café, mil clases distintas de café, sin recibir una mirada compasiva por cualquier drama familiar recientemente acontecido. Nadie sabía que su madre la había abandonado siendo ella una niña, que su hermana era una rebelde de conducta alocada ni que su padre apenas le dirigía la palabra. Le encantó estar enamorada allí. En Nueva York podía ser quien quisiera ser. En Baile na gCroíthe no podía escapar de ser quien era.

Se dio cuenta de que todo el rato había estado tarareando con la boca cerrada aquella estúpida canción que Luke quería hacerle creer que era invención de «Ivan». Luke la llamaba «la canción del tarareo» y resultaba puñeteramente pegadiza, alegre y repetitiva. Dejó de cantar y aparcó el coche en un espacio libre que encontró en la calle mayor. Echó el asiento del conductor hacia atrás y alargó el brazo para agarrar el maletín del asiento trasero del coche. Lo primero era lo primero: café. Baile na gCroíthe aún tenía que iniciarse en las maravillas de Starbucks; de hecho, sólo hacía un mes que Joe's finalmente había accedido a que Elizabeth se llevara el café al despacho, pero el propietario estaba comenzando a hartarse de tener que pedirle que le devolviera los pocillos.

A veces Elizabeth pensaba que el pueblo entero necesitaba una buena inyección de cafeína. En determinados días de invierno era como si el lugar aún tuviera los ojos cerrados y anduviera sonámbulo. Necesitaba una buena sacudida. Pero en los días de verano como aquél siempre había bullicio con tanto autocar atravesando el pueblo. Entró en el establecimiento de Joe, pintado de color violeta, que estaba prácticamente vacío, como de costumbre. La idea de tomar el desayuno fuera de casa aún no contaba con adeptos entre los lugareños.

– Hombre, aquí está ella en persona -atronó la voz de Joe, con su deje local-. Seguro que se le han pegado las sábanas y se muere por un café.

– Buenos días, Joe.

Joe fingió que consultaba la hora en su reloj de pulsera y dio unos golpecitos a la esfera con ademán afectado.

– Esta mañana vamos un poco retrasados, ¿no? -Enarcó las cejas-. Pensé que igual estabas en cama enferma de gripe estival. Se diría que todo el mundo se ha contagiado esta semana. -Intentó bajar la voz, pero lo único que consiguió fue bajar la cabeza y subir la voz-. Desde luego Sandy O'Flynn la cogió justo después de desaparecer la otra noche del pub con P. J. Flanagan, que la tuvo la semana anterior. La pobre se ha pasado todo el fin de semana en la cama. -Dio un resoplido-. Conque la acompañaba a su casa… Y un huevo. No había oído una estupidez más grande en toda mi vida.

La irritación de Elizabeth iba en aumento. No le interesaban lo más mínimo los chismes sobre personas que no conocía, y menos aún habiendo sido consciente durante tantos años de que su propia familia daba pie a toda suerte de cotilleos.

– Un café, Joe, por favor -dijo Elizabeth resueltamente haciendo caso omiso de sus divagaciones-. Para llevar. Con nata en vez de leche -agregó con severidad pese a que tomaba lo mismo cada día, mientras hurgaba en su bolso buscando el billetero a fin de dar a entender a Joe que no disponía de tiempo para platicar.

Joe fue lentamente hasta la cafetera. Para mayor fastidio de Elizabeth, Joe sólo despachaba una clase de café. Y era café instantáneo. Elizabeth añoraba la variedad de sabores que podía tomar en otras ciudades; añoraba la dulce suavidad de la vainilla francesa en una cafetería de París, el cremoso e intenso aroma a crema de avellana en una bulliciosa cafetería de Nueva York, la sustanciosa y aterciopelada obra maestra de la nuez de macadamia en Milán y su favorito, el Coco Mocha-Nut, la mezcla de chocolate y coco que la transportaba desde un banco de Central Park hasta una hamaca en el Caribe. Allí, en Baile na gCroíthe, Joe llenaba la pava eléctrica y le daba al interruptor. Una mísera pava en una cafetería y ni siquiera había puesto el agua a hervir. Elizabeth puso los ojos en blanco.

Joe la miraba fijamente. Parecía estar a punto de preguntar:

– ¿Y qué te ha retrasado tanto, pues?

Eso.

– Son sólo cinco minutos más tarde de lo habitual, Joe -repuso Elizabeth con aire incrédulo.

– Lo sé, lo sé, pero cinco minutos podrían ser cinco horas para ti. ¿Seguro que los osos no planean su hibernación según tu reloj?

Eso hizo sonreír a Elizabeth, aunque fuese a su pesar.

Joe se rió entre dientes y le guiñó el ojo.

– Eso está mejor.

La pava avisó de que el agua hervía y Joe se volvió para preparar el café.

– Los autocares me han retrasado -dijo Elizabeth en voz baja cogiendo el tazón de manos de Joe.

– Ah, ya los he visto. -Señaló hacia la ventana con el mentón-. Jaimsie se ha apañado muy bien para salir del atasco.

– ¿Jaimsie?

Elizabeth frunció el ceño y añadió una cucharada de nata. Ésta se derritió enseguida y llenó la taza hasta el borde. Joe la miró con repugnancia.

– Jaimsie O'Connor. El hijo de Jack -explicó-. Jack, cuya otra hija, Mary, acaba de celebrar su compromiso con ese muchacho de Dublín el pasado fin de semana. Vive en Mayfair. Cinco hijos. Al pequeño lo arrestaron la semana pasada por arrojarle una botella de vino a Joseph.

Elizabeth se quedó inmóvil y lo miró sin comprender.

– Joseph McCann -repitió Joe como si estuviera loca por no conocerle- Hijo de Paddy. Vive en Newtown. La mujer murió el año pasado; se ahogó en la ciénaga. Su hija Maggie dijo que fue un accidente, aunque está claro que la familia resultó sospechosa debido a la pelea que habían tenido por no dejarla escapar con ese alborotador de Cahirciveen.

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