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Электронная книга - «Si pudieras verme ahora». Краткое содержание книги:

En la vida de Elizabeth Egan todo tiene su sitio, desde las tazas para caf? expr?s en su reluciente cocina hasta los muestrario y los botes de pintura de su negocio de dise?o de interior. El orden y la precisi?n le dan una sensaci?n de control sobre la vida y mantienen el coraz?n de Elizabeth apartado del dolor que sufri? en el pasado. ejercer de madre de su sobrino de seis a?os al tiempo que saca adelante su empresa es un empleo a jornada completa, que deja poco margen al error y la diversi?n. Hasta que un d?a alguien muy singular aparece inesperadamente en sus vidas. El misterioso Ivan es despreocupado, espont?neo y amante de la aventura, todo lo contrario que Elizabeth. Reconoce a su verdadero amor antes de que ella le vea siquiera, y le ense?a que la vida s?lo merece la pena ser vivida cuando se nos presenta con todo su color y una pizca de desorden. Pero ?qui?n es Ivan en realidad? P?cara y por momento profundamente conmovedora, esta novela nos permite recuperar toda la ternura y la emotividad caracter?sticas de la autora de Posdаta: Te amo, novela que ser? llevada al cine con Hillary Swank como protagonista.
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Bostezó, se estiró y, todavía incapaz de abrir los ojos a la brillante luz, buscó a tientas el despertador en la mesita de noche. Aunque cada mañana se despertaba a la misma hora, nunca se olvidaba de poner en hora el despertador. El brazo topó con algo frío y duro que cayó con estrépito al suelo. Su adormilado corazón le dio un vuelco asustado.

Asomando la cabeza por el borde de la cama vio el atizador de hierro encima de la moqueta blanca. Su «arma» también le recordó que tenía que llamar a Rentokil para que la libraran de los ratones. Había notado su presencia en la casa a lo largo de todo el fin de semana y el pensar que podían haber pasado las últimas noches dentro del dormitorio la había puesto tan paranoica que apenas había dormido, aunque eso no era particularmente inusual en su caso.

Lavada y vestida, después de despertar a Luke bajó a la cocina. Minutos después, provista de la consabida taza de expreso, marcó el número de Rentokil. Luke entró adormilado a la cocina con el pelo rubio revuelto y una camiseta naranja medio remetida en los pantalones cortos rojos, atuendo que completaban unos calcetines desparejados y zapatillas de deporte provistas de luces que se encendían a cada paso.

– ¿Dónde está Ivan? -preguntó medio grogui, y recorrió la cocina con la vista como si fuese la primera vez que la veía en su vida. Cada mañana hacía lo mismo; tardaba al menos una hora en despertarse incluso después de haberse levantado y vestido. Durante las oscuras mañanas de invierno aún tardaba más. Elizabeth suponía que en algún momento dado de sus clases matutinas en la escuela finalmente cobraba conciencia de lo que estaba haciendo.

– ¿Dónde está Ivan? -repitió el niño.

Elizabeth le hizo callar llevándose un dedo a los labios y lanzándole una mirada iracunda mientras escuchaba a la empleada de Rentokil. Luke sabía de sobra que no debía interrumpir a su tía cuando ésta hablaba por teléfono.

– Bueno, me he dado cuenta este fin de semana. El viernes a la hora del almuerzo, en realidad, por eso me pregunt…

– ¡Ivan! -chilló Luke, y empezó a buscar debajo de la mesa de la cocina, detrás de las cortinas, detrás de las puertas. Elizabeth alzó los ojos al techo. Ya estábamos otra vez.

– No, en realidad no he llegado a ver ninguno…

– ¿IVAAAAAAN?

– … todavía, pero noto sin lugar a dudas que están aquí-terminó Elizabeth, y trató de captar la atención de Luke para poder lanzarle la mirada iracunda otra vez.

– ¡Ivan! ¿Dónde te has metido? -gritaba Luke.

– ¿Cagarrutas? No, ninguna cagarruta -dijo Elizabeth comenzando a irritarse.

Luke dejó de gritar y aguzó el oído.

– ¿Qué? No te oigo bien-dijo.

– No, no tengo ratoneras. Oiga, estoy muy ocupada, no tengo tiempo para contestar tantas preguntas. ¿No puede enviar a alguien para que lo compruebe por sí mismo? -espetó Elizabeth.

De repente Luke salió corriendo de la cocina hacia el vestíbulo. Elizabeth le oyó golpear la puerta de la sala de estar.

– ¿Qué estás haciendo ahí dentro, Ivan? -preguntó Luke tirando del picaporte.

Finalmente Elizabeth terminó su conversación y colgó el teléfono con furia. Luke estaba gritando a pleno pulmón a través de la puerta de la sala. A Elizabeth se le alteró la sangre.

– ¡Luke! ¡Ven aquí ahora mismo!

Los golpes contra la puerta del salón cesaron de inmediato. Luke entró a la cocina arrastrando los pies.

– ¡No arrastres los pies! -chilló Elizabeth.

Luke obedeció y las luces de las suelas de sus zapatillas se encendieron a cada paso. Se plantó delante de ella y habló en voz baja y con toda la inocencia que le permitía su voz aguda.

– ¿Por qué encerraste a Ivan en el salón anoche?

Silencio.

Ella tenía que poner fin a aquello enseguida. Aprovecharía el momento para sentarse y hablar del asunto con Luke y después éste respetaría sus deseos. Le ayudaría a entrar en razón y ya no se hablaría más de ningún amigo invisible.

– Ivan me ha preguntado por qué te llevaste el atizador de la chimenea a la cama -agregó Luke sintiéndose más confiado al ver que Elizabeth había dejado de chillarle.

Elizabeth explotó.

– No quiero oír ni una palabra más acerca de ese tal Ivan, ¿entendido?

Luke se puso pálido.

– ¿Me has oído? -gritó Elizabeth. No le dio oportunidad de contestar-. Sabes tan bien como yo que no hay nadie que se llame Ivan. No juega a perseguirte, no come pizza, no está en el salón y no es tu amigo porque no existe.

Luke arrugó la frente como si fuera a echarse a llorar. Elizabeth prosiguió:

– Hoy vas a ir a casa de tu abuelo y si me dice que has mencionado a Ivan tendrás que vértelas conmigo. ¿Entendido?

Luke se puso a llorar en silencio.

– ¿Entendido? -repitió Elizabeth.

Su sobrino asintió lentamente con la cabeza mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas.

La sangre de Elizabeth dejó de alterarse y comenzó a dolerle la garganta de tanto gritar.

– Ahora siéntate a la mesa y te serviré los cereales -agregó en voz baja.

Sacó la caja de Coco Pops. Normalmente no le permitía tomar desayunos tan azucarados, pero tampoco podía decirse que hubiese hablado con Luke acerca de Ivan tal como había planeado. Le constaba que perdía los estribos con demasiada facilidad. Se sentó a la mesa y miró cómo Luke llenaba de Coco Pops su cuenco de cereales y cómo temblaban sus manos de niño con el peso del cartón de leche. Luke derramó un poco de leche encima de la mesa. Elizabeth se abstuvo de volver a gritarle, aunque la había limpiado la noche anterior hasta dejarla resplandeciente. Le inquietaba algo de lo que había dicho Luke, pero no conseguía recordar de qué se trataba. Apoyó el mentón en la mano y le observó comer.

Luke masticaba despacio. Con tristeza. Aparte del crujido que emitía al mascar, en la cocina reinaba un silencio sepulcral. Finalmente, transcurridos unos minutos, habló.

– ¿Dónde está la llave del salón? -preguntó evitando la mirada de Elizabeth.

– Luke, no hables con la boca llena -dijo Elizabeth en voz baja. Sacó del bolsillo la llave de la sala de estar, salió al vestíbulo e hizo girar la llave en la cerradura de la puerta de la sala-. Muy bien, ahora Ivan es libre para marcharse de casa -bromeó para acto seguido arrepentirse de lo dicho.

– Pues no -dijo Luke apenado desde la mesa de la cocina-. No puede abrir puertas por sí mismo.

Silencio.

– ¿No puede? -repitió Elizabeth.

Luke negó con la cabeza como si lo que acabase de decir fuese lo más normal del mundo. Era lo más absurdo que Elizabeth había oído en su vida. ¿Qué clase de amigo imaginario era Ivan si no podía atravesar paredes y puertas? Bien, pues ella no iba a abrirle la puerta, bastante estúpido había sido ya haberle descorrido el cerrojo. Regresó a la cocina a recoger las cosas que necesitaba para trabajar. Luke terminó sus cereales, metió el cuenco en el lavavajillas, se lavó las manos, se las secó y se dirigió a la puerta de la sala de estar. Giró el picaporte, abrió la puerta empujando, se hizo a un lado, sonrió de oreja a oreja al vacío, apoyó un dedo en los labios, señaló a Elizabeth con la otra mano y sofocó una risita. Elizabeth le miraba horrorizada; después cruzó el vestíbulo y se plantó ante la puerta al lado de Luke. Se asomó a la sala de estar.

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