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Электронная книга - «Si pudieras verme ahora». Краткое содержание книги:

En la vida de Elizabeth Egan todo tiene su sitio, desde las tazas para caf? expr?s en su reluciente cocina hasta los muestrario y los botes de pintura de su negocio de dise?o de interior. El orden y la precisi?n le dan una sensaci?n de control sobre la vida y mantienen el coraz?n de Elizabeth apartado del dolor que sufri? en el pasado. ejercer de madre de su sobrino de seis a?os al tiempo que saca adelante su empresa es un empleo a jornada completa, que deja poco margen al error y la diversi?n. Hasta que un d?a alguien muy singular aparece inesperadamente en sus vidas. El misterioso Ivan es despreocupado, espont?neo y amante de la aventura, todo lo contrario que Elizabeth. Reconoce a su verdadero amor antes de que ella le vea siquiera, y le ense?a que la vida s?lo merece la pena ser vivida cuando se nos presenta con todo su color y una pizca de desorden. Pero ?qui?n es Ivan en realidad? P?cara y por momento profundamente conmovedora, esta novela nos permite recuperar toda la ternura y la emotividad caracter?sticas de la autora de Posdаta: Te amo, novela que ser? llevada al cine con Hillary Swank como protagonista.
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Se terminó el café pese a que ya estaba frío y leyó la última frase de la pantalla.

«Los amigos imaginarios desaparecen transcurridos tres meses, tanto si los alientas como si no.»

Dentro de tres meses estaría más que contenta de ver la espalda de Ivan y regresar de nuevo a la vida normal. Pasó las páginas de su calendario y marcó el mes de agosto con un círculo rojo. Si Ivan no se había marchado de su casa para entonces, no dudaría en abrir la puerta y mostrarle el camino de salida ella misma.

Capítulo 8

Ivan reía mientras daba vueltas en la silla giratoria de piel negra del mostrador de recepción situado fuera del despacho de Elizabeth, a quien oía hablar por teléfono en la habitación contigua organizando una reunión con su aburrida voz de adulta. Pero en cuanto colgó el teléfono la oyó tararear de nuevo su canción. Rió para sus adentros. Definitivamente la melodía era adictiva; una vez que se te metía en la cabeza apenas podías hacer nada para librarte de ella.

Giró en la silla cada vez más deprisa haciendo piruetas sobre ruedas hasta que se le revolvió el estómago y le palpitaron las sienes. Decidió que dar vueltas en la silla era su juego favorito. Ivan sabía que a Luke le habría gustado jugar a dar vueltas en la silla y al recordar su triste carita aplastada contra la ventanilla del coche a primera hora de la mañana la mente se le fue por las ramas y la silla perdió velocidad. Ivan tenía muchas ganas de visitar la granja y además le había dado la impresión de que al abuelo de Luke le convenía un poco de diversión. En eso era semejante a Elizabeth. Dos viejos odirrubas aburridos.

En fin, al menos aquella separación daba tiempo a Ivan para observar a Elizabeth con vistas a redactar un informe sobre ella. Tenía una reunión al cabo de pocos días en la que habría de presentar al resto del equipo el perfil de los sujetos con quienes estaba trabajando en aquel momento. Lo hacían muy a menudo. Bastarían unos cuantos días más con ella para demostrar que no le veía y luego podría volver a concentrarse en Luke. Quizás hubiera algo que estuviera pasando por alto a pesar de sus años de experiencia.

Cuando comenzó a sentirse mareado Ivan puso un pie en el suelo para detenerse. Decidió saltar de la silla giratoria para fingir que saltaba de un coche en marcha. Rodó de manera teatral por el suelo tal como lo hacían en las películas, levantó la vista desde donde había quedado hecho un ovillo y vio delante de él a una chica que miraba boquiabierta las evoluciones de la silla giratoria.

Ivan la vio recorrer la oficina con la vista para comprobar si había alguien más presente. La muchacha frunció el ceño, se acercó al escritorio como si caminara por un campo minado y dejó el bolso encima del escritorio con sumo cuidado, como si temiera molestar a la silla. Se cercioró de que nadie la estaba observando y luego se acercó de puntillas al asiento para estudiarlo. Adelantó las manos como si tratara de domar a un caballo salvaje.

Ivan se echó a reír.

Visto que no había nada raro Becca se rascó la cabeza maravillada. Tal vez Elizabeth había estado sentada en la silla justo antes de que ella entrara. Sonrió con complicidad ante la idea de Elizabeth dando vueltas como un chiquillo con el pelo recogido y uno de sus trajes negros de corte impecable y sus cómodos y prácticos zapatos oscilando en el aire. No, la imagen no encajaba con ella. En el mundo de Elizabeth las sillas estaban hechas para sentarse en ellas. Así que eso fue exactamente lo que hizo Becca y se puso a trabajar de inmediato.

– Buenos días a todas -gorjeó una voz desde la puerta más tarde esa mañana. Una saltarina Poppy con el pelo color ciruela entró en la oficina enfundada en unos téjanos acampanados con bordados de flores, con zapatos de plataforma y una camiseta teñida en casa de estilo hippy. Como de costumbre, hasta el último centímetro de su cuerpo estaba salpicado de pintura-. ¿Todo el mundo ha pasado un buen fin de semana?

Siempre hablaba con una entonación cantarina y parecía que bailara al moverse, balanceando los brazos con el garbo de un elefante.

Becca asintió con la cabeza.

– Estupendo. -Poppy se plantó delante de Becca con los brazos en jarras-. ¿Qué has hecho, Becca, apuntarte a un grupo de debate? ¿Saliste por ahí con un tío y le comiste la oreja? ¿O qué?

Becca leía un libro y no le hizo el menor caso.

– ¡Caray, eso es fabuloso, menudo desmadre! ¿Sabes una cosa? Me encanta el buen humor que se respira en esta oficina.

Becca pasó una página del libro.

– ¿De verdad? -prosiguió Poppy-. Bueno, ya me has contado bastante por ahora. Deja que lo digiera, si no te importa. ¿Qué demon…?

Se apartó de un salto del escritorio de Becca y enmudeció.

Becca no levantó la vista del libro.

– Lleva toda la mañana haciendo eso -dijo en un tono cansino.

Poppy se quedó paralizada.

La oficina se sumió en un silencio absoluto durante unos minutos mientras Becca leía su libro y Poppy miraba fijamente lo que ocurría delante de ella. En su despacho, Elizabeth oyó el prolongado silencio y se asomó a la puerta.

– ¿Va todo bien, chicas? -preguntó.

Un misterioso chirrido fue la única respuesta.

– ¿Poppy?

Poppy no movió la cabeza al contestar:

– La silla.

Elizabeth salió de su despacho. Volvió la cabeza en la misma dirección. La silla salpicada de pintura de detrás del escritorio de Poppy -a quien Elizabeth llevaba meses intentando convencer para que se librara de ella- daba vueltas por sí misma haciendo chirriar sus tornillos. Poppy soltó una carcajada nerviosa. Ambas se acercaron para examinarla. Becca seguía leyendo su libro en silencio como si fuese la cosa más normal del mundo.

– Becca -dijo Elizabeth medio riendo-, ¿has visto esto?

Becca permaneció con los ojos clavados en la página.

– Ha estado haciéndolo durante la última hora -dijo en voz baja-. No hace más que parar y volver a empezar todo el rato.

Elizabeth frunció el ceño.

– ¿Se trata de alguna nueva creación artística tuya, Poppy?

– Ojalá lo fuese -respondió Poppy, aún sobrecogida.

Las tres observaron en silencio la rotación de la silla. Chirrido, chirrido, chirrido.

– Tal vez debería llamar a Harry. Seguramente se tratará de algo relacionado con los tornillos -razonó Elizabeth.

Poppy enarcó las cejas con incredulidad.

– Claro, seguro que los tornillos la hacen girar como loca -dijo sarcásticamente contemplando maravillada los giros de la silla multicolor.

Elizabeth se quitó una pelusa imaginaria de la chaqueta y carraspeó.

– ¿Sabes una cosa, Poppy? Ya va siendo hora de que hagas retapizar tu silla. Dudo que cause una impresión muy positiva a los clientes que vienen a vernos. Estoy convencida de que Gwen lo haría en un santiamén, tratándose de ti.

Poppy abrió mucho los ojos.

– Pero si está la mar de bien así -protestó-. Es una expresión de mi personalidad, una prolongación de mí misma. Es el único objeto de esta habitación en el que puedo proyectarme. -Miró a su alrededor con desagrado-. Esta puñetera habitación beis. -Pronunció el nombre del color como si fuese el de una enfermedad-. Y la señora Bracken pasa más tiempo cotilleando con esas colegas suyas que no tienen nada mejor que hacer que dejarse caer por la tienda a diario que trabajando.

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