La guerra del fin del mundo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:
Sus primeros recuerdos, que serían también los mejores y los que volverían con más puntualidad, no eran ni su madre, que lo abandonó para correr detrás de un sargento de la Guardia Nacional que pasó por Custodia a la cabeza de una volante que perseguía cangaceiros, ni el padre que nunca conoció, ni los tíos que lo recogieron y criaron —Zé Faustino y Doña Ángela—, ni la treintena de ranchos y las recocidas calles de Custodia, sino los cantores ambulantes. Venían cada cierto tiempo, para alegrar las bodas, o rumbo al rodeo de una hacienda o la feria con que un pueblo celebraba a su santo patrono, y por un trago de cachaca y un plato de charqui y farola contaban las historias de Oliveros, de la Princesa Magalona, de Carlomagno y los Doce Pares de Francia. Joáo las escuchaba con los ojos muy abiertos, sus labios moviéndose al compás de los del trovero. Luego tenía sueños suntuosos en los que resonaban las lanzas de los caballeros que salvaban a la Cristiandad de las hordas paganas.
Pero la historia que llegó a ser carne de su carne fue la de Roberto el Diablo, ese hijo del Duque de Normandía que, después de cometer todas las maldades, se arrepintió y anduvo a cuatro patas, ladrando en vez de hablar y durmiendo entre las bestias, hasta que, habiendo alcanzado la misericordia del Buen Jesús, salvó al Emperador del ataque de los moros y se casó con la Reina del Brasil. El niño se obstinaba en que los troveros la contaran sin omitir detalle: cómo, en su época malvada, Roberto el Diablo había hundido la faca en incontables gargantas de doncellas y ermitaños, por el placer de ver sufrir, y cómo, en su época de siervo de Dios, recorrió el mundo en busca de los parientes de sus víctimas, a quienes besaba los pies y pedía tormento. Los vecinos de Custodia pensaban que Joáo sería cantor del sertón e iría de pueblo en pueblo, la guitarra al hombro, llevando mensajes y alegrando a las gentes con historias y música. Joáo ayudaba a Zé Faustino en su almacén, que proveía de telas, granos, bebidas,
instrumentos de labranza, dulces y baratijas a todo el contorno. Zé Faustino viajaba mucho, llevando mercancías a las haciendas o yendo a comprarlas a la ciudad y, en su ausencia, Doña Ángela atendía el negocio, un rancho de barro amasado, que tenía un corral con gallinas. La señora había puesto en el sobrino el cariño que no pudo dar a los hijos que no tuvo. Había hecho prometer a Joáo que alguna vez la llevaría a Salvador, para echarse a los pies de la milagrosa imagen del Senhor de Bonfim, de quien tenía una colección de estampas en su cabecera.
Los vecinos de Custodia temían, como a la sequía y a las pestes, a dos calamidades que cada cierto tiempo empobrecían al poblado: los cangaceiros y las volantes de la Guardia Nacional. Los primeros habían sido, al principio, bandas organizadas entre sus peones y allegados por los coroneles de las haciendas, para las peleas que estallaban entre ellos por asunto de linderos, aguas y pastos o por ambiciones políticas, pero luego, muchos de esos grupos armados de trabucos y machetes se habían emancipado y andaban sueltos, viviendo de la rapiña y el asalto. Para combatirlos habían nacido las volantes. Unos y otros se comían las provisiones de los vecinos de Custodia, se emborrachaban con su cachaca y querían abusar de sus mujeres. Antes de tener uso de razón, Joáo aprendió, apenas se daba la voz de alarma, a meter botellas, alimentos y mercancías en los escondites que tenía preparados Zé Faustino. Corría el rumor de que éste era coitero, es decir que hacía negocios con los bandidos y les proporcionaba información y escondites. Él se enfurecía. ¿Acaso no habían visto cómo su almacén era desvalijado? ¿No se llevaban ropas y tabaco sin pagar un centavo? Joáo oyó muchas veces a su tío quejarse de esas historias estúpidas que, por envidia, inventaban contra él las gentes de Custodia. «Acabarán por meterme en un lío», murmuraba. Y así ocurrió.
Una mañana llegó a Custodia una volante de treinta guardias, mandada por el Alférez Geraldo Macedo, ^ un caboclo jovencito con fama de feroz, que perseguía a la banda de Antonio Silvino. Ésta no había pasado por Custodia pero el Alférez terqueaba que sí. Era alto y bien plantado, ligeramente bizco y estaba siempre lamiéndose un diente de oro. Se decía que perseguía bandidos con encarnizamiento porque le habían violado una novia. El Alférez, mientras sus hombres registraban los ranchos, interrogó personalmente al vecindario. Al anochecer, entró al almacén con cara exultante y ordenó a Zé Faustino que lo condujera al refugio de Silvino. Antes que el comerciante pudiera replicar, lo tumbó al suelo de un bofetón: «Lo sé todo, cristiano. Te han denunciado». De nada le valieron a Zé Faustino sus protestas de inocencia ni las súplicas de Doña Ángela. Macedo dijo que para escarmiento de coiteros fusilaría a Zé Faustino al amanecer si no delataba el paradero de Silvino. El comerciante, al fin, pareció consentir. Esa madrugada partieron de Custodia, con Zé Faustino al frente, los treinta cabras de Macedo, seguros de que caerían de sorpresa sobre los bandidos. Pero aquél ^ los extravió a las pocas horas de marcha y volvió a Custodia para llevarse a Doña Ángela y a Joáo temiendo que las represalias cayeran sobre ellos. El Alférez lo alcanzó cuando todavía estaba empaquetando algunas cosas. Lo hubiera matado sólo a él, pero también mató a Doña Ángela, que se le interpuso. A Joáo, que se le había prendido de las piernas, lo desmayó de un golpe con el caño de su pistola. Cuando éste volvió en sí, vio que los vecinos de Custodia, con caras compungidas, velaban dos ataúdes. No aceptó sus cariños y con una voz que se había vuelto adulta —sólo tenía entonces doce años — les dijo, pasándose la mano por la cara sanguinolenta, que algún día volvería a vengar a sus tíos, pues eran ellos los verdaderos asesinos.
La idea de venganza lo ayudó a sobrevivir las semanas que pasó merodeando sin rumbo, por un desierto erizado de mandacarús. En el cielo veía los círculos que trazaban los urubús, esperando que se derrumbara para bajar a picotearlo. Era enero y no había caído gota de lluvia. Joáo recogía frutas secas, chupaba el jugo de las palmeras y hasta se comió un armadillo muerto. Por fin, lo auxilió un cabrero que lo encontró junto al lecho seco de un río, delirando sobre lanzas, caballos y el Senhor de Bonfim. Lo reanimó con un tazón de leche y unos bocados de rapadura que el niño paladeó. Anduvieron juntos varios días, rumbo a la chapada de Angostura, donde el cabrero llevaba su rebaño. Pero antes de llegar, un atardecer, los sorprendió una partida de hombres inconfundibles, con sombreros de cuero, cartucheras de onza pintada, morrales bordados con abalorios, trabucos en bandolera y machetes hasta las rodillas. Eran seis y el jefe, un cafuso de
pelos crespos y pañuelo rojo en el pescuezo, le preguntó riéndose a Joáo, que arrodillado le rogaba que lo llevara consigo, por qué quería ser cangaceiro. «Para matar guardias», repuso el niño.
Comenzó entonces, para Joáo, una vida que lo hizo hombre en poco tiempo. «Un hombre malvado», precisaría la gente de las provincias que recorrió en los siguientes veinte años, primero como apéndice de partidas de hombres a quienes lavaba la ropa, preparaba la comida, cosía los botones o escarbaba los piojos, luego como compañero de fechorías, luego como el mejor tirador, pistero, cuchillero, andador y estratega del grupo y, finalmente, como lugarteniente y jefe de banda. No había cumplido veinticinco años y era la cabeza por la que más alto precio se ofrecía en los cuarteles de Bahía, Pernambuco, Piauí y Ceará. Su suerte prodigiosa, que lo salvó de emboscadas en las que sucumbían o eran capturados sus compañeros y que, pese a su temeridad en el combate, parecía inmunizarlo contra las balas, hizo que se dijera que tenía negocios con el Diablo. Lo cierto es que, a diferencia de otros hombres del cangaco, que iban cargados de medallas, se persignaban ante todas las cruces y calvarios y, por lo menos una vez al año, se deslizaban en una aldea para que el cura los pusiese en paz con Dios, Joáo (que se había llamado al comienzo Joáo Chico, después Joáo Rápido, después Joáo Cabra Tranquilo y se llamaba ahora Joáo Satán) parecía desdeñoso de la religión y resignado a irse al infierno a pagar sus culpas inconmensurables. ^