La Alcoba De La Reina
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
—Porque si oyó bien el lugar de donde venían esos demonios, todos corremos peligro.
—¿Qué es Limours?
—Un castillo que pertenece al cardenal, y me consta que está residiendo allí estos días. Sin embargo, sigue costándome creer que haya podido ordenar una cosa así.
Pero todo concordaba. Nada más normal que el ministro hubiera querido recuperar una correspondencia que afectaba a su antigua protectora, convertida ahora casi en una enemiga. La voluminosa florentina, en efecto, le reprochaba haber retomado la política de Enrique IV, más beneficiosa para el reino, en lugar de ayudarla a imponer su propia política al rey. Vengativa y de escasas luces, se había convertido en un estorbo cada vez mayor, pero las cartas otorgarían al cardenal un arma terrible ante la cual ella se vería obligada a ceder. Al mismo tiempo, él procedía a la eliminación de sus enemigos más encarnizados. Desde esas premisas, todo era posible, incluso que el jefe de los asesinos se apartara de una misión que habría podido, y debido, limitarse a un simple registro de La Ferrière y a intimidar a la baronesa y su gente, y aprovechara la ocasión para consumar una venganza personal sin informar de ello al ministro...
—Hemos de buscar en el entorno del cardenal —concluyó—. Tengo ganas de ver qué está pasando en Limours.
—¿Está lejos?
—No. A una docena de leguas.
—Perfecto. Terminamos el trabajo, cerramos y nos vamos.
—No tan deprisa. Olvidas a la muchacha. Vamos a llevarla a Anet para que pase allí la noche, y mañana por la mañana tú la llevarás a Vendôme a reunirse con su pequeña ama. Sólo tienes que llevársela a la señorita Elisabeth y explicarle dónde la hemos encontrado.
—¡Vaya! Me veo convertido en nodriza —gruñó Corentin, poco satisfecho con su misión—. ¿Y qué hago después?
—Nada. Esperarme. Cuando volvamos a Anet, prepárame el maletín de viaje y haz que ensillen un caballo fresco. Tengo intención de ir a ver qué pasa por allá abajo.
—¿Y atacaréis a la guardia del cardenal vos solo?
—No digas tonterías. Voy corno... observador, y desde allí marcharé a Vendôme. Tengo que estar en situación de dar un informe muy completo a la señora duquesa, cuando regrese.
—Si regresáis...
Cuando la librería recuperó un asomo de orden, Perceval reunió algunos pergaminos que le parecieron importantes, relativos a los títulos de nobleza de los Valaines y a sus derechos de propiedad sobre las tierras. Luego, fue a arrodillarse una última vez a la pequeña capilla donde reposaban los restos de Chiara y sus hijos. Después, ayudado por Corentin, cerró puertas y postigos y colocó las llaves en un pesado manojo que sujetó al arzón de su silla de montar. Finalmente, después de haber instalado a una Jeannette todavía soñolienta a la grupa de Corentin, bien sujeta al jinete por una cuerda, todos partieron de La Ferrière al trote corto. Perceval volvió continuamente la cabeza para contemplar el maltrecho castillo tanto tiempo como pudo. Y cuando los techos azules desaparecieron entre los árboles y ya no le quedó nada por ver, puso su caballo al galope.
3
¡Una torre tan alta!
Al contemplar el castillo de Limours, uno podía preguntarse por qué razón había comprado el cardenal, tres años antes, la amplia construcción medio en ruinas que había pertenecido a la duquesa d'Étampes, favorita de Francisco I, cuando por esas fechas su fortuna era más bien escasa y todavía no había superado la aversión que le tenía el rey Luis XIII. Se decía que para adquirir Limours se había visto obligado a desprenderse de las tierras de su familia en Aussac y vender su cargo de limosnero de la reina madre. El cardenal había explicado que deseaba poder recibirla un día en un marco digno de ella, pero el aspecto del castillo arrojaba dudas sobre sus verdaderas intenciones. No era una residencia agradable, propia para seducir a una dama. En cambio, ofrecía un refugio seguro.
En efecto, una vez pasados el primer recinto amurallado y el antepatio, uno se encontraba ante una imponente construcción que conservaba aún muchas características de una fortaleza medievaclass="underline" cuatro alas flanqueadas por gruesas torres circulares formaban un sólido cuadrilátero en torno a un patio central cuadrado; el conjunto quedaba aislado por medio de profundos fosos llenos de agua y sólo podían cruzarse por un puente ligero, fácil de inutilizar. En resumen, una construcción más poderosa que graciosa...
—... Y que podría constituir un retiro seguro para un porvenir incierto —suspiró Perceval, a quien le gustaba expresar sus pensamientos en voz alta cuando estaba solo—. Bien es verdad que después se ha regalado a sí mismo el precioso castillo de Rueil y la bonita mansión de Fleury.
A lomos de su caballo, parado en la ladera del valle por cuyo fondo se extendía Limours, examinaba el castillo del cardenal al tiempo que se preguntaba qué había venido a hacer aquí. Arrastrado por el dolor y la pena, había seguido su instinto sin saber qué debía buscar en concreto, porque, al no haber visto a los asesinos, no tenía ninguna oportunidad de reconocerlos. Además corría el riesgo de crearse problemas que no tardarían en extenderse a los Vendôme, que en modo alguno necesitaban ver aumentados los que ya pesaban sobre sus espaldas. Sin embargo, nada en su persona dejaba adivinar su pertenencia a aquella ilustre casa: su jubón de ante sin adornos, sus botas y su sombrero adornado con una pluma, todo era de un gris neutro y práctico. Sería un gentilhombre de viaje, y punto.
—Ya que estamos aquí, empecemos por buscar alojamiento, para descansar un poco y respirar el ambiente. Quizá la suerte nos sonría...
Una vez decidido el paso siguiente, puso el caballo al trote corto, bajó la pendiente de la loma y llegó a las primeras casas, en medio de las cuales brillaba, entre la iglesia y el castillo, la enseña de la Salamandre d'Or, indicadora de la existencia de un albergue. Entró en él después de haber dejado su montura en manos de un mozo de cuadra, y pidió habitación y comida. Le asignaron la primera y le prometieron la segunda para una hora más tarde. De modo que, después de refrescarse y de quitarse el polvo del camino con un gran barreño de agua fría, fue a instalarse, mientras esperaba la cena, en el jardín, en el que había varias mesas dispuestas bajo un emparrado; allí se hizo servir una jarra de vino de Longjumeau. En la sala, donde un marmitón sofocado estaba asando al fuego un cuarto de ternera, hacía demasiado calor.
Para su sorpresa, dado el carácter apacible del lugar, reinaba en el albergue una gran agitación. Eso se debía, según el mesonero, a las importantes reformas que estaba llevando a cabo el cardenal de Richelieu en sus dominios:
—Están reparando algunos aposentos, y también el sistema de riego de los jardines. Cada semana vemos llegar carretas que traen mármoles y antigüedades para la decoración. Cuando acaben las obras, tendremos aquí una hermosa finca...
—Monseñor debe de estar fuera, con todo este trajín...
—¿Él? De ninguna manera. Ha estado enfermo, pero reside aquí y vigila personalmente todas las reformas. Eso me ha valido la clientela de los señores guardias, que se aburren un tanto cuando no están de servicio.
En efecto, se veían varias casacas rojas bajo las grandes hojas de parra, pero sus poseedores tenían un aspecto jovial que no parecía acorde con los matarifes desalmados de los que había sido víctima la familia de Valaines. Jugaban a los dados y se contaban chistes picantes entre grandes carcajadas. Había otros bebedores sentados, que se habían desabrochado o retirado el jubón y abierto la camisa para mejor aprovechar las postrimerías apacibles de un día abrasador. El lugar era agradable y propicio al descanso.
De súbito, la mirada alerta de Perceval, que seguía atenta a pesar de sus ojos entrecerrados, captó un detalle. Instalados al fondo de la terraza, cerca del tronco de la parra, dos hombres vestidos de negro y manchados de polvo brindaban con uno de los guardias del cardenal. Éste, después de beber, extrajo de su casaca roja con la cruz griega bordada una bolsa bastante abultada, que entregó a uno de sus acompañantes; pero su gesto hizo que cayera de su bolsillo un objeto que se apresuró a recoger. No lo bastante aprisa, sin embargo, para que Raguenel no pudiese identificarlo: era un antifaz negro.