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Электронная книга - «La Silla Del ?guila». Краткое содержание книги:

En el a?o 2020, en un M?xico sin telecomunicaciones ni computadoras porque los norteamericanos (proveedores ?nicos) lo tienen castigado, se desata la lucha por la presidencia, es decir, por sentarse en la Silla del ?guila y no abandonarla nunca. Aqu? no hay lealtad que valga: por conseguir el poder, el padre es capaz de traicionar al hijo, la esposa al c?nyuge, el secretario de Estado al Primer Mandatario. Y todo puede pasar: cr?menes de viejos caciques, espionaje de supuestos allegados, maniobras t?tricas, extorsi?n sexual? e incluso, que reaparezca en la escena pol?tica un fallido candidato presidencial al que todos creyeron asesinado a?os atr?s. El triunfador, el Ungido, oculta un pasmoso secreto que ser? necesario preservar a toda costa.
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Allí estaba, tal y como usted me lo dijo, sentado frente a una mesa del portal del Café de la Parroquia, bastón en mano y con un humeante café con leche frente a él. Mantiene el aspecto que usted y yo y el país conocemos. La cabeza noble sobre el cuerpo frágil. La frente amplísima, las entradas como avenidas, el cabello perfectamente cortado, entrecano y muy bien cepillado. (No sé por qué, el Personaje me dio la impresión de que está cepillado de pies a cabeza.) Y claro, lo más memorable en éclass="underline" la mirada. ¡Qué manera de parecer tan distraído como un gorrión y tan aguzado como un gavilán! Es, realmente, un águila, en todos sentidos y cualquiera que sea el grado de intensidad o distracción, ambas perfectamente calculadas, de mirar. Ningún Presidente de la República como él ha merecido la simbiosis de la persona y el símbolo. Sentado en la Silla del Águila, el Personaje era, él mismo, el águila. Y no la segunda, sino la primerísima.

Ahora se le conoce universalmente como El Anciano del Portal. Pero aunque cambie de nombre o de edad, lo que no varía son las ojeras profundas que ensombrecen sus párpados como dos cortinas negras, aliviadas tan sólo por las anchas cejas. Se habla de "nieve perpetua" en las montañas. El Anciano del Portal tiene "negruras perpetuas" en esas cejas que se dirían diabólicas si no contrastasen, señora, con la sonrisa petrificada de unos labios gruesos, frescos para un hombre de su avanzada edad, pero delatados y reforzados por las hondísimas comisuras que los enmarcan. Y entre la boca y los ojos, una nariz recta pero más bien roma, discreta, pero delatada por las anchas aletas humeantes como las de un perro de presa.

Describo lo que usted conoce de sobra para confirmar mi propia visión de El Anciano. Porque así es conocido aquí: El Anciano del Portal, sentado el día entero en una mesa al aire libre del Café de la Parroquia, bebiendo el aromático elixir de Coatepec entre buche y buche de agua con gas y con un ejemplar de La Opinión abierto sobre las rodillas. Bien trajeado, como siempre, con su terno gris oscuro a rayas, su camisa blanca, su inevitable corbata de moño con bolitas blancas, sus mancuernas con el águila y la serpiente, sus calcetines adornados de flechas y sus zapatos negros muy bien lustrados.

Me presenté, le entregué la carta de usted y, como usted misma me lo advirtió, El Anciano del Portal inició su lista de definiciones y recomendaciones políticas como un cura que recita el Credo. Humor no le falta al viejo. Se da cuenta de que es, en efecto, un viejo muy viejo y que los jóvenes ya lo han condenado, de tiempo atrás, a la muerte del olvido.

– Hay quienes consideran un hecho humanitario apresurar mi paso a la tumba -rió sin reír, hábito, por lo visto, muy de él-. No les daré ese gusto. Seguiré siendo lo que algunos llaman "un estorbo político".

Me espetó, acto seguido (tal y como usted me lo advirtió y como él sabe que usted sabe que me dijo y yo espero) sus famosas máximas, dichas originalmente por él, pero tan viejas y conocidas que ya forman parte de nuestro folklore político. Pero como le digo, humor no le falta al viejo, ni una cierta dosis de autocrítica con cara de palo.

– Vamos saliendo rápido de las máximas que me atribuyen, para no tener que repetirlas más…

– Soy de los jóvenes que no lo consideran un estorbo, señor Presidente. Para mí todo lo suyo es novedad.

– ¿Qué es "lo mío"? No me llame "señor Presidente". Recuerde que ya no lo soy.

– Es mi formación francesa, señor Presidente. En Francia nadie es ex-nada. Se considera una falta de cortesía.

– ¡Otro francés en Veracruz! -exclamó sin sonreír-. ¡Dale con los gabachos!

– Digo, me formé en la École Nationale d'Administration de París…

– Aquí llegaron sus buques en la Guerra de los Pasteles.

– ¿La qué…? -dije, señora, admitiendo mis lagunas sobre la prehistoria mexicana.

– Sí, como no -sorbió el café lechero-. Un pastelero francés de la Ciudad de México, de nombre Remortel, se quejó de que en un motín popular la turba le destruyó sus eclers y sus cruasáns, así que en 1838 los franceses mandaron una flota a bombardear Veracruz para reclamar el pago del patisié ese. ¿Qué le parece? ¿Nunca vio la película con Mapy Cortés?

– ¿Mapy…?

– Un cuero puertorriqueño, sí señor. Una hembra de quitar el hipo. Unos muslos de dar miedo. Bailaba una conga llamada Pim pam pum -dijo y volvió a sorber.

– Cómo no -intenté recobrar mi prestigio raspado, toda vez que Mapy Cortés y pim-pam-pum importaban más que la Escuela Nacional de Administración de Francia-. Cómo no, el mundo ha entrado a México por Veracruz desde que Hernán Cortés desembarcó aquí en 1519…

– Y los franceses de vuelta, apoyando al Imperio de Maximiliano y Carlota, en 1862 -la reminiscencia nostálgica hizo brillar por un instante los encapotados ojos-. Viera usted la tropa de belgas, austriacos, húngaros, alemanes y gente de Praga, Trieste y Marsella, zuavos, bohemios, flamencos, que entraron por aquí con las banderas en alto, mi amiguito, pura bandera de águila, águilas de dos cabezas, águilas coronadas, águilas rampantes y nosotros aquí con una sola aguilita, pero qué aguilita mi amiguito Valdivia, una aguilita a toda madre, incomparable, con las garras sobre un nopal y devorando una serpiente, eso no se lo esperaban los europeos, aquenó, ¿verdad?

– Pues me imagino que no, señor.

– Ay, y el reguero de chamacos de piel morena y ojos azules que dejaron en Veracruz esas tropas del Imperio. ¿Nunca vio usted la película Caballería del Imperio?

– No, pero leí una novela maravillosa, Noticias del Imperio de Fernando del Paso.

– Menos mal -me dijo con conmiseración-. Algo sabe, pues.

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