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Электронная книга - «La Silla Del ?guila». Краткое содержание книги:

En el a?o 2020, en un M?xico sin telecomunicaciones ni computadoras porque los norteamericanos (proveedores ?nicos) lo tienen castigado, se desata la lucha por la presidencia, es decir, por sentarse en la Silla del ?guila y no abandonarla nunca. Aqu? no hay lealtad que valga: por conseguir el poder, el padre es capaz de traicionar al hijo, la esposa al c?nyuge, el secretario de Estado al Primer Mandatario. Y todo puede pasar: cr?menes de viejos caciques, espionaje de supuestos allegados, maniobras t?tricas, extorsi?n sexual? e incluso, que reaparezca en la escena pol?tica un fallido candidato presidencial al que todos creyeron asesinado a?os atr?s. El triunfador, el Ungido, oculta un pasmoso secreto que ser? necesario preservar a toda costa.
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Mi esposo es un genio para hacer que la gente se sienta culpable. Sabemos que el P no tolera sentirse culpable. Basta con que mi marido denuncie un paso en falso de BH para que el P dude. Créemelo, mi panucho adorado, el mejor camino para ganarse al P es ponerlo a dudar. Tú sabes que él es un hombre que requiere seguridad, seguridad y más seguridad. No nos hagamos tarugos. Incluso tolera la corrupción siempre y cuando sea segura, es decir, predecible y confiable. Toma el caso del señor secretario de comunicaciones, Felipe Aguirre. Todos sabemos, y lo sabe el P, que se lleva tajadas más sabrosas que una nalga de rumbera en cada contrato que autoriza. Lo sabe el P y no le importa, con su teoría esa de la corrupción lubricante, que es como coger por el chiquito (¡supongo, bosh!). El secretario de Comunicaciones es un pillo. Sabido, aceptado, asimilado, lo que tú gustes.

¡Pero BH! De él se espera (o espera nuestro inefable señor P) rectitud, honradez, moralidad y todo eso que no se come. Por lo tanto, mi potente pelón, bastaría coger a BH o a la haragana MR en una movida chueca para darle shish a las ambiciones de poder del susodicho. El P ya te tiene una confianza bárbara, por otros motivos. Lo dice a voz en cuello. ¡Bomba! Sin Tácito no doy un pásito. O doble bomba: Para lo que necesito, me sobra y basta Tácito. Y hasta acá en Mérida se sabe lo que se dice en Los P:

– T es mi más leal servidor, no podría dar un paso sin T, confío en T como en mí mismo, T es el hijo que nunca tuve…

Y etcétera, etcétera.

Mi panuchito precioso, tenemos que ser más águilas que la que se subió al nopal sin pedir permiso primero. ¡El águila que adorna la silla presidencial!

¿Que qué ventajas tenemos? Nuestra discreción, para empezar. No hay mejor entrenamiento para la política que el adulterio. Secretitos, secretitos. Sorpresotas, sorpresotas. Nadie sospecha de nosotros ni nos relaciona para nada. Yo vivo acá en la tierra del faisán y del venado, pues, y nuestras citas de amor en Cancún ni quién se las sospeche. ¡Qué barbaridad! Con esa peluca de jipiteca que te pones, ni quien te reconozca en el hotel, y me lo perdonas, lindo hermoso, pero la última vez que fuimos a la playa un par de gringos jóvenes me invitó a bailar en una disco, diciéndome:

– Ya deja solo a tu papá, no hace mas que dormir la siesta.

Perdón perdón perdón papacito, pero si te digo esto es para que entiendas que hemos sabido ser discretos, discretísimos, y que por allí no hay cola que nos pisen. Tú, por tu parte, siempre has sido profesor de Civil en la UNAM, probo diputado del partido difunto PRI, fiel campaígnery luego headhunter del ayer candidato y ahora P. Ajeno a toda trácala. Te podrán acusar, con razón, de cachondo, cariño santo, pero eso no es pecado, ni siquiera venial. Pero de ratero no. Y no me digas nada sobre esto. Veo cómo vives. Un apartamentito de una sola recámara en la Colonia Cuauhtémoc. Ese espantoso olor a cocina, basura y meados que sube por el cubo de la escalera. ¡Si ni a elevador llegas! Tus tres trajecitos de Sears, tus seis pares de zapatos tan relicarios que son de El Borceguí, tus dos boinas vascas para protegerte la calva en enero. ¡Dios mío! ¡Si eres un asceta, mi panucho! Lo que no saben es que la calvicie es signo -secundario, dicen, pero signo al fin- de virilidad, y si eres en todo lo demás tan modesto como pareces, tus dotes masculinas, mi macho incontenible, no tienen rival. Es como si Dios Nuestro Señor te lo dio en chiquito todo menos lo que tú sabes, esa tripa de Tarzán, esa picha de Popeye, ese chile de chimpancé que será muy tuyo, mi vergonzoso, pero que también es lo mío, de tu P que te adora y te pide, piensa bien, pon a trabajar el coco, porque ya no nos quedan más que dos añitos para fregar.

Te adoro, mi T, dime cuándo nos volvemos a ver y te repito: Manos limpias y espina doblada, pero sobre todo, vidrios, mi amor, mucho ojo y a veces, ojalá, un poquito de ojete…

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Nicolás Valdivia a María del Rosario Galván

Gracias por dejar que te hable de tú, María del Rosario. Es un regalo, sobre todo porque me compensa de la posición en la que me has colocado. Ya sé que es decisión del señor Presidente. Ya sé que a él, a través de ti, le debo estar hoy con escritorio en las oficinas del Ejecutivo. ¡Pero qué precio me haces pagar, mujer! ¡Tener que ver el día entero a Tácito de la Canal! Cuanto me dijiste de él se queda corto ante la tenebrosa realidad. Si lo soporto es sólo porque te amo y te agradezco tu solicitud para conmigo. Respeto, asimismo, tus razones. Mi primer puesto en la Administración Terán es muy cerca del Presidente, en la oficina que es como el corazón de la Primera Magistratura y a las órdenes del secretario de la Presidencia, Tácito de la Canal.

Debo disciplinarme y aceptar la diaria compañía de tan repugnante sujeto. Obedecerlo. Respetarlo. Si esto no es prueba de amor, María del Rosario, no sé cuál pueda darte mejor y más cierta, más acá de un romántico suicidio a lo joven Werther. Tú dices que por algún lugar se empieza y yo espero que mi paso por esta oficina sea veloz y pedagógico. Me repugna la obsequiosidad del licenciado De la Canal, la manera como se inclina ante el Presidente, su posición perpetua al lado del jefe como la del Cardenal junto al Rey, su veloz movimiento de criado para acomodarle la silla al Presidente cada vez que Terán se para o se sienta. ¿Es indispensable que sea Tácito quien le despliega y tiende la servilleta al jefe a la hora de la comida? Con lo campechano que es Lorenzo Terán, que come en mangas de camisa y arrojándole pedacitos de carne a su mastín El Faraón… No sé si el Chief-of-Staff quisiera ser él quien alimentase al perro, o si en realidad preferiría él mismo ser el perro y recibir las sobras de la mesa presidencial en cuatro patas.

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