La Silla Del ?guila
- Автор: Fuentes Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
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Dulce de la Garza a María del Rosario Galván
Señora: Si me atrevo a escribirle es porque no tengo otra manera de dirigirme a usted. Y usted es quien es. Todo el país lo sabe. No hay mujer con más influencia (no sé si lo digo correctamente, ¿debo decir mejor no hay mujer más influyente?) que usted. Todas las puertas se le abren. Tiene usted el oído de los poderosos. Pero sus puertas están cerradas para las personas sin poder. Y yo soy una mujer insignificante. Pude ser tan poderosa como usted. Pero mi nombre le dice a las claras que pude, pero no fui. Entonces le escribo, lo admito, porque usted es poderosa y yo no. Pero también le escribo, señora, de mujer a mujer. ¿Qué es de mi hombre, señora? ¿Puede usted darme una respuesta? ¿Quién está enterrado en la tumba de mi amante en Veracruz? ¿Por qué hay dos tumbas de mi hombre, una encima de la otra? ¿Una con un monigote de cera que se está derritiendo en el calor y otra vacía? Señora, si alguna vez ha sentido usted amor por un hombre, y yo no dudo que así sea, téngame un poquito de piedad. Por el hombre que más haya querido en su vida, piense en mí, tenga piedad de mi soledad y de mi pena y sírvase decirme, ¿dónde está el cuerpo de mi amante?, ¿a dónde puedo llevarle flores, hincarme, rezarle, pensar en él y decirle cuánto, cuánto lo extraño, qué falta me hace? ¿Puede usted ayudarme? ¿Es esto pedirle mucho? ¿Es pedirle demasiado? ¿Es pedirle lo imposible?
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Expresidente César León a Presidente Lorenzo Terán
Quiero agradecerle, señor Presidente, la amistad y aun la confianza que me ha demostrado usted, levantando el veto tácito a mi presencia en el país durante todos estos años de, digámoslo así, mi "expresidencia". Su generosidad para conmigo sólo es prueba de su confianza en sí mismo. Yo no vengo a quitarle nada, señor Presidente. Ojalá que sus predecesores hubiesen pensado así. El exilio, por dorado que sea, es amargo. La Patria la llevamos en el corazón, en la sangre, en la cabeza. Pero también en los pies. Volver a pisar tierra mexicana, señor Presidente, es un regalo que usted me hace y que yo sólo puedo pagar con gratitud y lealtad.
Llegué pensando, a este respecto, que prueba de mi lealtad ha sido mi silencio. Usted, con amplitud de criterio que mucho le honra, me pide, como parte de esa misma lealtad, mi consejo.
¿Imagina lo que ello significa para un hombre como yo, un expresidente rodeado un día de toda la adulación del mundo sólo para amanecer, otro aciago día, habiendo dejado el poder, preguntándose dolorosamente:
– ¿A dónde se fueron todos mis amigos?
Hubo momento inicial en que tuve la horrible experiencia de Graco, el noble romano que corre a la playa creyendo que los soldados vienen a liberarlo y descubre que en realidad son sus verdugos. Nada más veloz, en materia de vestimenta, que el cambio de chaqueta. Al que hace unos minutos apenas era mi amigo, le bastó media hora para convertirse en mi enemigo… Pues bien, señor Presidente, ya que me pide hablar con franqueza, este es el mensaje.
Aunque haya ganado las elecciones, jamás olvide que al final va a perder el poder.
Se lo digo yo.
Prepárese usted.
La victoria de ser Presidente desemboca fatalmente en la derrota de ser expresidente.
Prepárese usted.
Hay que tener más imaginación para ser expresidente que para ser Presidente. Porque fatalmente dejará detrás de sí un problema con nombre: el suyo.
Los problemas de México vienen de siglos atrás. Nadie ha sido capaz de resolverlos. Pero la gente siempre hará responsable de todo el mal del país al que detenta -y sobre todo al que abandona- el poder.
Esta fue mi desgracia. Acaso la culpa no es de uno mismo, sino del cargo. Qué cómodo sería repartir responsabilidades desde el primer día. No es así. No puede ser así. Un Presidente tiene que demostrar desde que se sienta en la Silla del Águila que hay una sola voz en México, la suya. Así se llamaba el emperador azteca, Tlatoani, el Señor de la Gran Voz. Eso nos impone el sitio que ocupamos, la Silla del Águila: ser dueños de la Gran Voz. De la única voz.
Claro que tenemos el poder de despedir a un secretario de Estado incompetente (o desleal). Pero al fin de cuentas, caen sobre los hombros del Presidente todas las responsabilidades. A veces nos ofrecen copas de champaña. Pero casi siempre son tragos de acíbar. Todos deseamos que no nos juzguen por los errores de nuestros últimos días en el poder, sino por las probables virtudes de los seis años anteriores. Pero rara vez es así, se lo advierto con todo respeto.
Además, las intenciones no cuentan, sólo los resultados. Y puesto que me autoriza usted a plantearle el asunto de la sucesión presidencial que ya se perfila con la prontitud de un nuevo sistema democrático (los priistas lográbamos encerrar a los caballos en el establo hasta la última hora posible antes de la carrera, pero ese era otro hipódromo y los jockeys eran demasiado gordos), lo que le recuerdo es que en aquellos tiempos, una vez designado el candidato -lo más tarde posible, le insisto-, el Presidente en turno ya era el expresidente virtual.
Lo que no ha cambiado es que el proceso de la sucesión tiene lugar, ante todo, en la cabeza del que ocupa la Silla del Águila. Allí, en la cabeza, considerábamos quién, entre los posibles sucesores de la República Hereditaria del PRI, tenía mayores apoyos populares, la simpatía de las centrales obreras y campesinas, y aun la mejor posición en las encuestas.
Ay, señor Presidente, ¿le digo la verdad, la mera neta? Las opiniones del público valen un puro y soberano carajo. La verdad es que considerar presidenciable a Fulano porque es quien goza de popularidad, sólo opera en contra del Presidente en turno. Uno sospecha que, sin más deudas que para con el voto popular, el nuevo Presidente corte toda obligación con uno -es decir, con el mandatario anterior-. Lo que uno desea y acaba escogiendo es a Zutano porque sólo tiene mi apoyo, porque está a la cola en todas las encuestas, porque me sucederá y me lo deberá todo a mí. Porque será, en consecuencia, el más leal.