La Conjura de Dominus
- Автор: Акройд Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
– La monja loca se dedica a entonar una canción sobre esa cuestión.
– ¿De verdad? -El caballero se llenó la boca de menta-. ¿Con qué intención?
– Habría que preguntárselo a la señora Agnes. Me han comentado que durante las vísperas Clarice sufrió un ataque y tuvo la visión de una bestia bicéfala. Vaticinó que la Iglesia se dividirá y que Ricardo perderá la corona.
Oliver Boteler se dedicaba a musitar «¡Bah!» con tono apenas audible y en ese momento dijo:
– Esa monja es la mano izquierda del diablo. ¿No pueden sacarla de Clerkenwell y encerrarla?
Swinderby esbozó una sonrisa ante esa imagen de prisión perpetua.
– Por cada uno que la considera una ramera hay otro que piensa que es una santa.
– No deja de hablar de más y ha perdido el ingenio.
– Yo no puedo decir si es así o asá. Lo cierto es que conmueve profundamente a los ciudadanos.
Sobre la mesa depositaron tartas de manzana y de azafrán, acompañadas de frutos secos y especias garrapiñadas. Repartieron grandes jarras de vino con canela y clavo de olor, caldo dulce para un dulce final. El arzobispo abandonó su asiento central. Los saludó ordenadamente, «con sumo respeto y obediencia», tal como dijo, y aludió a su incapacidad:
– Disculpadme por hablar de forma tan llana. Jamás aprendí el arte de la retórica y cuanto digo ha de ser directo y sencillo. -Se trataba de una negación convencional y en modo alguno reflejaba sus aptitudes, a la manera de los modelos oratorios, para hacer coincidir el tono de voz y la expresión facial con las palabras-. El motivo por el que nos hemos reunido es muy importante y grave debido a la maldad y la perversidad que se ha cometido. También estamos preocupados por el gran daño que, en el tiempo por venir, podría causarse por el mismo motivo. Tomad en consideración a los malvados lolardos, hombres indecentes, insensatos y descarados que han sido presa de la ceguera… -Entre los londinenses reunidos sonó un murmullo generalizado de aprobación, pese a que sabían que la secta de los lolardos prosperaba en ciertos sectores de la ciudad-. Está claro que los «humildes» predicadores del lolardismo actúan contra el evangelio de Jesucristo. Los veo venir. Son hipócritas y herejes que han incendiado los preciosos lugares de la salvación. Debemos sofocar totalmente su desmedido y obsceno deseo. Se trata de cosas oscuras que nos sumen en el terror. Sabéis perfectamente que hace dos años los reverendos obispos de ambas provincias solicitaron al cuerpo legislativo un estatuto para quemar en la hoguera… -Una vez más los notables de Londres manifestaron su acuerdo asintiendo ostentosamente-. El condenable ofuscamiento del pueblo cristiano por parte de los anticristos debe acabar en la hoguera. Estos prestidigitadores demoníacos que arrancan los ojos espirituales de los hombres y que depositan el fuego griego en nuestros altares deben morir. Ahora, sin embargo, me ocuparé de otro asunto igualmente serio. -El arzobispo Walden sorprendió a los presentes al revelar que «la monja de Clerkenwell» era interrogada por un grupo de eruditos con el fin de determinar si sus visitaciones eran benditas o malditas; comentó que pedía al Todopoderoso que les diese sabiduría-. No diré nada más y os dejaré comer en paz.
La comida acabó rápidamente cuando cortaron queso y pan blanco y lo pusieron sobre los tajos. Los ciudadanos se pusieron simultáneamente de pie, hicieron una reverencia al arzobispo y salieron en procesión. Los demás notables se retiraron según su categoría. Colocaron los restos de pan, queso y carne sobrantes en escudillas para distribuirlas entre los mendigos que, con las piernas cruzadas, esperaban sentados en el suelo de la cámara de piedra contigua al salón. Al pasar a su lado, William Swinderby hizo una mueca.
– ¿Te ha caído pimienta en la nariz? -preguntó uno de los pordioseros.
Drago siguió a su amo hasta la calle, donde imperaba el aire de Londres. Era un joven alto, con el pelo del color del trigo y ojos de tono azul claro, como si su cabeza estuviera llena de cielo. Bisbiseaba mientras caminaba un paso por detrás de Swinderby:
– Tienes tanta compasión por los pobres como los vendedores ambulantes por los gatos. Si pudieran cazarlos los matarían para quedarse con las pieles.
– Mea culpa. -El rostro pálido del clérigo estaba bañado en sudor.
– Estás orgulloso de tu riqueza. Estás orgulloso de tu orina.
– Mea culpa.
– Eres un mono con capucha de canónigo.
– Mea maxima culpa.
– Te sacralizaré en una caca de cerdo.
– Benedicite fili mi Domine. -Giró la cabeza hacia atrás y miró implorante al criado-. Confiteor tibi.
– Deberían encadenarte y enviarte al infierno.
– Ab omni malo, libera me. -Caminaban por Cheapside en dirección a la catedral. Cualquier transeúnte habría llegado a la conclusión de que el canónigo rezaba sus oraciones-. A flagello, libera me.
Por la expresión rígida de Drago, quedaba claro que se trataba de un rito habitual. A decir verdad, el canónigo en persona le había enseñado esas palabras. Franquearon la puerta pequeña del patio de San Pablo, en la esquina noreste, y entraron en el recinto de la catedral; siguieron el conocido sendero arenoso hasta las casas construidas para los treinta canónigos mayores. En cuanto entraron en la morada, Swinderby se quitó la capa y se tumbó en el suelo de la estancia principal, con los brazos y las piernas totalmente extendidos y separados.
Drago cerró la puerta y echó el cerrojo.
– Muéstrame las nalgas, como hacen las monas con la luna llena. -Se arrodilló y le arrancó al canónigo la camisa y las calzas-. ¡Caramba! Tu culo ha manchado tu trasero.
– Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis.
– Estás perdido. -Drago se acercó a un baúl de madera, del que extrajo un látigo con las puntas de plomo. El clérigo volvió a mirarlo suplicante y cerró los ojos-. Eres un saco lleno de mierda.
El criado levantó el látigo.
– Peccavi.
Drago dejó caer el látigo.
– Eres un trozo de mugre oculto bajo la ropa.
– Clamavi.
Pocos minutos después, Drago salió silbando de la vivienda de su amo y se dirigió a los campos a practicar tiro con arco.
El viernes siguiente, el canónigo predicó en Paul's Cross sobre la necesidad del estatuto de herético comburendo, con el propósito de que los lolardos fuesen quemados en Smithfield. Entre los congregados en Paul's Cross, estaban William Exmewe y Emnot Hallyng, que evitaron mirarse a los ojos.
Capítulo VI