La Conjura de Dominus
- Автор: Акройд Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
Mientras los recién llegados saludaban a sus vecinos, sentados a las mesas, sonó la habitual música de gaitas y tamboriles, que retumbó bajo el gran techo voladizo. A la izquierda de Swinderby, se aposentó Geoffrey de Calis, el caballero de Londres; el escudero Oliver Boteler se instaló al otro lado de la mesa.
– Bien, señor, ¿cuál es la nueva noticia? -preguntó De Calis a Swinderby.
– Que el rey Ricardo se ha vuelto honesto.
Un criado se presentó con una jofaina con agua, y Swinderby se enjuagó los dedos antes de persignarse la boca. Ya tenía delante el pan y el tajo.
– A estas alturas la honestidad no lo salvará. -Geoffrey de Calis paseó la mirada a su alrededor, con ganas de tomar carne-: Sus seguidores serán perseguidos como los lobos que son.
– Vaya, pero si no es así. -Swinderby torció el gesto, como si experimentase un dolor súbito-. Es posible que, después de todo, gane. -Sobre la mesa había un salero de plata con forma de carro con ruedas, lo que permitía deslizarlo por la superficie. Swinderby lo acercó mientras hablaba-: Los partidarios de Enrique Bolingbroke son tan errantes como la luna, y no disponen de dinero.
Sonó una campanilla, y el maestro de ceremonias organizó la procesión de criados que sirvieron la comida. Por orden llegaron el despensero, los escoltas y los camareros, que portaban fuentes de acuerdo con su categoría. Las depositaron respetuosamente sobre las mesas, al tiempo que en la tabla de carnes apilaban faisán, ganso, aves de caza, pollos y cerdo al horno. La mesa principal estaba ocupada por el arzobispo, Roger Walden, y por el alcalde de Londres; a los lados, se encontraban los lores y los obispos, mientras los demás se habían dispuesto según su estado y condición. En general, se daba por hecho que los comensales formaban parejas; por ejemplo, el alguacil tomaba asiento junto al prior de Bermondsey. Todos se pusieron de pie cuando el obispo bendijo la mesa, e inmediatamente se desató el estrépito generalizado de la comida y la conversación que los latinoparlantes conocían como taratantarum.
Drago permaneció de pie y en silencio detrás de Swinderby; hacía seis años que estaba al servicio del canónigo y había aprendido todas las artes de la cortesía. Le enseñaron a mirar dónde escupía y a cubrirse la boca con la mano antes de hacerlo. Si un superior le dirigía la palabra, se quitaba el sombrero; en lugar de mirar hacia el suelo lo miraba fijamente y observaba su rostro sin mover las manos o los pies. Aprendió a no rascarse la cabeza y a comprobar que llevaba las uñas limpias. Le enseñaron a limpiar con esponja la vestimenta de Swinderby, a hacerle la cama y a abrocharle los zapatos. También aprendió otras lecciones.
En las mesas, las fuentes de pavones con salsa de pimienta estaban junto a las perdices asadas con jengibre; las orejas de cerdo guisadas con vino se servían con pescado, acompañado de una salsa verde preparada con diversas hierbas; colocaron el cuenco de langosta al vinagre junto a algunas aves de caza pequeñas cubiertas con plumas, por lo que parecían vivas. Daba la sensación de que allí estaban todos los alimentos del mundo.
El escudero Oliver Boteler estaba de excelente humor.
– ¿Sabéis qué me contó esta mañana el encargado de los arcos? Supongo que estáis enterados de que se ha casado hace poco. Veamos, le pregunté por qué había elegido una esposa tan menuda, pues a mí me llega a la cadera. El hombre respondió: Ex duobus malis minus est eliendum. En inglés eso significa que entre los males hay que elegir el menor. ¿No os parece una buena respuesta? -El escudero tenía delante una jarra de gran capacidad, tallada con forma de caballero a caballo, y llenó su copa de vino. Según la costumbre, los demás dejaron de hablar mientras bebía. Se secó los labios con la manga y añadió-: ¿Cómo hará para penetrarla?
Al final del plato de carne, sirvieron una sutileza; estaba tallada en azúcar y pasta, y representaba la forma de un hombre envuelto en hierbas y con la hoz en la mano. No era para comer, la conocían como «calentador» e indicaba la llegada del siguiente plato, hecho con crema de almendras, membrillos asados, buñuelos de salvia y dátiles confitados.
Cuando sirvieron las ensaladas, la conversación había vuelto a centrarse en el soberano.
– Corren tiempos difíciles -afirmó el caballero-, tiempos pedregosos.
De Calis escogió entre el perejil, el hinojo y la salvia, como si eligiera las hierbas más afines a su humor natural.
– Nadie lo soporta. -El escudero se había decantado por un puñado de ajo y de cebollas tiernas-. Es la rueda. Y yo estoy atado a esa rueda.
Sabían perfectamente el motivo de su lamento. Para pagar la expedición a Irlanda, el monarca había impuesto grandes multas a sus adversarios, ya fueran nobles o plebeyos; había instituido un sistema de pago de «perdones» legales pero, además de codicioso, se había vuelto cruel. En las calles cantaban un verso que rezaba así:
El hacha estaba afilada y la picota estuvo en pleno uso
durante el vigésimo segundo año del rey Ricardo.
– La gente está alborotada. -Swinderby todavía estaba dispuesto a apoyar al monarca-. Conozco bien Londres. Conozco a sus ciudadanos. Son tan indiscretos y volubles como una veleta. Se deleitan con cualquier comentario novedoso. Ora dicen que Enrique Bolingbroke prepara una conjura contra el soberano, ora lo niegan porque se trata de una mentira. Los chismes menguan y crecen como la luna. Son pura cháchara. Ahora hablan del buen rey Ricardo, que Dios aparte su cuello de la espada, y luego se refieren a Ricardo el implacable e inconstante.
– Así es. -El escudero suspiró-. ¿Acaso algo dura eternamente?
Ante esa opinión convencional, los tres hombres se echaron a reír.
– Según he oído, Enrique Bolingbroke podría inclinarse por Benedicto. Por eso Bonifacio escribe al rey «Age igitur», que es lo mismo que decir «haced algo».
Geoffrey de Calis se refería al gran cisma de hacía unos años, durante el cual grupos de cardenales enfrentados eligieron dos pontífices [10]. Ricardo II favorecía las reivindicaciones de Bonifacio IX, el papa de Roma, al tiempo que se rumoreaba que Enrique Bolingbroke se decantaría por Benedicto XIII de Aviñón.
– Se comenta que Benedicto se flagela.
– Sólo es un sacerdote acosado, una nube sin agua. -En cuestiones religiosas Oliver Boteler era partidario acérrimo de la ortodoxia-. Las bulas de Benedicto sólo sirven para tapar los botes de mostaza.
– Y Bonifacio sólo pretende nuestro oro. -Geoffrey de Calis era más heterodoxo-. Dicen que es un topo ciego que arraiga en el barro terrenal. Los sacerdotes…, con excepción de su buena persona, William, los sacerdotes se llevan de nuestra tierra el oro del rey y sólo traen plomo.
Swinderby pasó graciosamente por alto la alusión del caballero a los curas y comentó:
[10] Ver anexo 9 en el Capítulo XXIII El cuento del autor.