La Conjura de Dominus
- Автор: Акройд Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
– ¿Que vaya a ver a la monja?
– De ninguna manera consultes a esa bruja. Abandona tu alojamiento y evita Camomile Street.
Gabriel Hilton siguió el consejo de su primo. Alquiló tres habitaciones en Duck Lane y no volvió a pisar Camomile Street, que se convirtió en lo que llamaba «un lugar eludido» [7].De todos modos, no cumplió a rajatabla con la advertencia de Emnot. Se enteró de que la hermana Clarice visitaría a las presas en la Mint, junto a la Torre de Londres. El día señalado esperó en la poterna y, cuando la monja se acercó, Gabriel extendió las manos con el habitual gesto de súplica y declaró:
– Liberadme. Liberadme, mi querida hermana, de un mundo de aflicciones.
Clarice reparó en su rostro apuesto y en sus ojos oscuros ensombrecidos por las tribulaciones.
– ¿Qué problema tienes?
La hermana Clarice iba con otra monja, sor Bridget, a la que indicó que se apartase.
Gabriel Hilton le habló de los espíritus que se le aparecían. La hermana Clarice se mordió el labio inferior y meneó la cabeza con aparente consternación.
– He oído historias parecidas. En Londres impera una gran perturbación de los espíritus. Saben que se acerca un mal día. -La monja se besó un dedo y rozó la mejilla de Gabriel. El joyero retrocedió sorprendido y la religiosa sonrió-. ¿Tienes miedo de mí o de mi sexo? Por mi vestimenta puedes ver que estoy consagrada a Dios. ¿Por qué me temes?
Gabriel tuvo la sospecha de que la monja se burlaba de él.
– No tengo miedo de vos ni de otra mujer nacida. Sor Clarice le apoyó el dedo en la frente.
– Tu primo disfrutará de gran gozo y consuelo.
– ¿Emnot?
– Lo conducirán hacia la luz. Otros hombres están a sus espaldas y lo apresuran para que avance hacia la gloria.
– Emnot es solitario. Se trata de un erudito perfectamente educado.
– Escucha lo que te digo. Tu primo debe seguir su camino sin temor. Exmewe es su amigo fiel. Dile que no desfallezca ni dude. ¿Se lo dirás?
– Por supuesto. Si así lo deseáis.
– Así lo deseo.
La hermana Clarice lo despidió y franqueó la portezuela de la prisión.
En compañía de muchos ciudadanos más, Gabriel la vio subir a un bloque de piedra del patio, extender los brazos como si fuera Jesucristo crucificado y hablar a los estrechos enrejados que ocultaban a las prisioneras. El viento procedente del río era tan intenso que sólo le llegaron fragmentos de sus palabras:
– Estoy encadenada… Me han puesto los grilletes… Este cuerpo es mi cárcel… Mis ojos son mis barrotes…
A continuación, se refirió al día en el que todas las puertas se abrirían y saltarían los cerrojos.
De la cárcel no escapó el menor ruido, aunque de repente un rostro pálido apareció junto a uno de los enrejados. Una boca se abrió y gritó:
– ¡Falsa bruja del averno! ¡Estás a punto para la hoguera! ¡Cuando la fruta podrida cae al suelo, hasta los perros la desprecian!
La hermana Clarice se volvió y bajó del bloque de piedra. Llamó a sor Bridget y salieron de la cárcel de la Mint. Pasó junto a Gabriel Hilton, pero no lo saludó. El joyero notó que comentaba algo en voz baja con su compañera y que reía de buen grado. Sin duda, Clarice debía de estar bendecida por Dios como para mostrarse tan alegre. Mientras reflexionaba sobre esa cuestión, decidió que no mencionaría el consejo de la monja a su primo. Como su padre le había enseñado, era mejor no mezclar el cielo y la tierra.
Capítulo V
Durante la semana posterior a la explosión en Saint John's Street, el segundo alguacil hizo una proclama pública junto a la cruz de Cheapside en el sentido de que la ruina por el fuego había sido «putrefacta, hedionda y abominable para la raza humana». Si atrapaban al delincuente, lo trasladarían con trompetas y gaitas hasta la picota del mercado, en la que permanecería durante un día y una noche. Si todavía seguía vivo lo bajarían y lo ahorcarían junto a los olmos de Smithfield. Sería excomulgado y arrojarían su cadáver a una calera de extramuros.
Especularon mucho sobre la identidad del bellaco, si bien la opinión ciudadana era propensa a pensar que los lolardos eran los culpables. Se trataba de un grupo no muy cohesionado de cristianos que abordaban su fe con fervor igualitario. Ponían en duda la eficacia de determinadas prácticas religiosas y, por otro lado, se oponían tajantemente a la riqueza y el poder social de la Iglesia en el mundo. La confesión sólo era eficaz si el sacerdote estaba lleno de gracia, pero lo cierto es que jamás habían dado con un cura que cumpliera esa condición. El pan no se volvía más sagrado por mucho que los sacerdotes le hablasen en voz baja. Venerar las imágenes de los santos era pecado. Los que peregrinaban a Canterbury corrían el peligro de la condenación, ya que santo Tomás había ido al infierno por dotar de pertenencias a la iglesia. No existía más purgatorio que esta vida, de modo que tanto las misas por los muertos como los capellanes carecían de valor. Los lolardos sostenían que el hecho de que los sacerdotes tuvieran posesiones temporales era contrario a las Sagradas Escrituras y que, más que mendigando en las calles, los frailes deberían ganarse la vida mediante el esfuerzo de sus manos. Rechazaban los cánticos, el tañido de las campanas, los días de los santos, las vestimentas suntuosas, los juramentos, las fiestas religiosas, los ayunos y las peregrinaciones [8].
Varios días después de la proclama del segundo alguacil, los miembros de la cofradía de la Virgen María se reunieron a compartir una comida solemne en el salón de reuniones de los merceros, en Ironmonger Lane. La hermandad abarcaba a los notables de Londres, los mercaderes más ricos, los abades y los priores de las fundaciones de la ciudad, junto a los propietarios y los clérigos más destacados; entre ellos había cierto canónigo llamado William Swinderby. Lo acompañaba Drago, su criado, que siempre lo seguía a distancia respetuosa. Swinderby vivía en la clericatura de la catedral de San Pablo y se había hecho famoso como predicador en Paul's Cross; sus últimos sermones contra los lolardos habían entusiasmado a muchos londinenses [9]. Atacó a John Wycliffe, muerto hacía quince años, por considerarlo «el padre supremo de esa depravación hereje». A renglón seguido, descalificó a los lolardos en tanto «jóvenes imberbes y farfullantes que, sí, podéis creerme, se merecen unos buenos azotes»; ante esa digresión, Drago lo miró con cara de sorpresa.
Drago entregó su daga al portero del salón de los merceros antes de ocuparse de su amo. Una vez en la puerta, Swinderby le pasó la capa y los guantes y se detuvo ante el biombo hasta que el ujier lo acompañó a su mesa. Muchos se preguntaban cómo era posible que una voz tan potente brotase de un cuerpo tan canijo; Swinderby era bajo, algo encorvado y solía estar tan pálido que algunos pensaban que iba de camino a la muerte. El sudor solía perlar su frente, y a menudo sus prendas olían a nuez moscada y a tinta.
[7] Ver anexo 6 en el Capítulo XXIII El cuento del autor.
[8] Ver anexo 7 en el Capítulo XXIII El cuento del autor.
[9] Ver anexo 8 en el Capítulo XXIII El cuento del autor.