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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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«Y lo cierto es que parece un cadáver, como si le hubieran caído muchos años encima desde que salí de Rocadragón.» Devan le había comentado que en los últimos tiempos el rey apenas dormía.

—Desde que murió Lord Renly, tiene pesadillas espantosas —confió el muchacho a su padre—. Se niega a tomar las pócimas del maestre. La única que lo calma para que duerma es Lady Melisandre.

«¿Por eso la sacerdotisa roja comparte ahora su tienda? —se preguntó Davos—. ¿Para rezar con él? ¿O lo calma de otra manera para que duerma?» Era una pregunta poco digna, y no se atrevía a hacérsela ni siquiera a su hijo. Devan era un buen muchacho, pero lucía orgulloso en su jubón el corazón llameante, y en los anocheceres su padre lo había visto junto a las hogueras, con todos los que suplicaban al Señor de la Luz que llegara el amanecer. «Es el escudero del rey —se dijo—, es normal que adore al dios del rey.»

Davos casi había olvidado lo gruesos y altos que eran los muros de Bastión de Tormentas cuando se estaba cerca de ellos. El rey Stannis dio el alto a la comitiva cuando llegaron junto a ellos, a pocos metros de Ser Cortnay y su portaestandarte.

—Ser —dijo con cortesía rígida. No hizo gesto de descabalgar.

—Mi señor. —Fue una respuesta menos cortés, pero no inesperada.

—El uso manda que a un rey se le dé el tratamiento de alteza —anunció Lord Florent. En su coraza, un zorro de oro rojo asomaba el hocico brillante a través de un círculo de flores de lapislázuli. El señor de Aguasclaras, muy alto, muy ceremonioso y muy rico, había sido el primero de los vasallos de Renly en jurar lealtad a Stannis, y también el primero en renunciar a sus dioses para adorar al Señor de la Luz. Stannis había dejado a su reina en Rocadragón, junto con su tío Axell, pero los hombres de la reina eran más numerosos y poderosos que nunca, y de todos ellos Alester Florent era el más arrojado.

Ser Cortnay Penrose hizo caso omiso de él, y se dirigió a Stannis.

—Vuestro cortejo es impresionante. Los grandes señores Estermont, Errol y Varner. Ser Jon de los Fossoway de la manzana verde, y Ser Bryan de la roja. Lord Caron y Ser Guyard de la Guardia Arcoiris del rey Renly… y por supuesto el poderoso Lord Alester Florent de Aguasclaras, claro. Y a quien veo allí, al fondo, ¿no es vuestro Caballero de la Cebolla? Bienvenido, Ser Davos. A quien no conozco es a la dama.

—Mi nombre es Melisandre, ser. —Iba sola, sin más armadura que su túnica roja. Lucía al cuello el gran rubí que bebía la luz del sol—. Sirvo a vuestro rey y al Señor de la Luz.

—Os deseo todo bien, mi señora —replicó Ser Cortnay—, pero yo me arrodillo ante otros dioses. Y ante otro rey.

—Sólo hay un rey verdadero y un dios verdadero —proclamó Lord Florent.

—¿Hemos venido a hablar de teología, mi señor? De haberlo sabido, habría traído a mi septon.

—De sobra sabéis para qué hemos venido —replicó Stannis—. Habéis tenido dos semanas para valorar mi oferta. Habéis enviado cuervos, pero la ayuda no ha llegado. Ni llegará. Bastión de Tormentas no tiene amigos, y a mí se me agota la paciencia. Por última vez, ser, os ordeno que abráis las puertas y me entreguéis lo que me corresponde por derecho.

—¿En qué términos?

—En los mismos de antes —replicó Stannis—. Os perdonaré por vuestra traición, tal como he perdonado a los señores que veis conmigo. Los hombres de vuestra guarnición podrán elegir o entrar a mi servicio o volver a sus hogares sin que nadie los moleste. Podréis quedaros con vuestras armas y con tantas posesiones como podáis llevaros a cuestas. Pero me quedaré con los caballos y con las bestias de carga.

—¿Y qué hay de Edric Tormenta?

—El hijo bastardo de mi hermano me será entregado.

—Entonces, mi señor, la respuesta sigue siendo no.

El rey apretó los dientes y no dijo nada. Fue Melisandre la que habló en su lugar.

—Que el Señor de la Luz os proteja en vuestra oscuridad, Ser Cortnay.

—Que los Otros le den por culo a vuestro Señor de la Luz —le espetó Penrose—, y que luego se lo limpien con ese trapo que lleváis.

Lord Alester Florent carraspeó para aclararse la garganta.

—Cuidado con lo que decís, Ser Cortnay. Su Alteza no pretende hacer mal alguno al muchacho. Si no queréis confiar en el rey, confiad en mí. Como todos saben, su madre es mi sobrina Delena. Sabéis que soy un hombre de honor…

—Sé que sois un hombre ambicioso —lo interrumpió Ser Cortnay—. Un hombre que cambia de rey y de dioses con la misma facilidad con la que yo me cambio de botas. Igual que todos esos renegados que estoy viendo.

Un clamor de voces airadas se alzó en la comitiva del rey. «No anda desencaminado», pensó Davos. Hacía pocos días que los Fossoway, Guyard Morrigen, Lord Caron, Lord Varner, Lord Errol y Lord Estermont eran leales a Renly. Se habían sentado en su pabellón, lo habían ayudado a trazar planes de batalla, y habían maquinado para derrotar a Stannis. Y Lord Florent estaba con ellos. Sí, era tío de la reina Selyse, pero eso no había impedido que el señor de Aguasclaras hincara la rodilla ante Renly cuando parecía una estrella en ascenso.

Bryce Caron se adelantó unos pasos a caballo, con la capa arco iris agitada por los vientos de la bahía.

—Aquí nadie es un renegado, ser. He jurado lealtad a Bastión de Tormentas, y el rey Stannis es su legítimo señor… y nuestro rey por todo derecho. Es el último de la Casa Baratheon, heredero de Robert y de Renly.

—Si es como decís, ¿por qué no veo entre vosotros al Caballero de las Flores? ¿Dónde está Mathis Rowan? ¿Y Randyll Tarly? ¿Y Lady Oakheart? ¿Por qué los que más amaban a Renly no os acompañan? Y decidme, sobre todo, ¿dónde está Brienne de Tarth?

—¿Ésa? —Ser Guyard soltó una risotada ronca—. Escapó. Y más le vale, porque fue ella la que asesinó al rey.

—Mentira —replicó Ser Cortnay—. Conocí a Brienne cuando no era más que una chiquilla que jugaba a los pies de su padre en el Castillo del Crepúsculo, y la conocí aún mejor cuando el Lucero de la Tarde la envió aquí, a Bastión de Tormentas. Se enamoró de Renly Baratheon nada más verlo, hasta un ciego se habría dado cuenta.

—Desde luego —declaró Lord Florent en tono frívolo—, y tampoco sería la primera doncella enloquecida que mata al hombre que la ha despreciado. Aunque en mi opinión la que mató al rey fue Lady Stark. Había viajado desde Aguasdulces para implorar una alianza, y Renly se negó. Sin duda lo consideraba un peligro para su hijo, así que lo eliminó.

—Fue Brienne —insistió Lord Caron—. Ser Emmon Cuy lo juró antes de morir. Os doy mi palabra, Ser Cortnay.

—¿Y eso de qué me vale? —La voz de Ser Cortnay estaba cargada de desprecio—. Ya veo que lleváis vuestra capa de muchos colores. La que Renly os entregó cuando jurasteis protegerlo. Si él está muerto, ¿por qué vos no? —Se volvió hacia Guyard Morrigen—. Lo mismo podría preguntaros a vos, ser. Guyard el Verde, ¿no? ¿De la Guardia Arcoiris? ¿Que juró dar la vida por su rey? Si yo tuviera una capa así, me daría vergüenza lucirla.

Morrigen apretó los dientes.

—Dad gracias de que esto sea una tregua para conferenciar, Penrose. De lo contrario os cortaría la lengua por lo que habéis dicho.

—¿Y la tiraríais a la misma hoguera en la que echasteis vuestra hombría?

—¡Basta! —intervino Stannis—. Fue voluntad del Señor de la Luz que mi hermano muriera por traidor. No importa qué mano utilizara como instrumento.

—No os importará a vos —dijo Ser Cortnay—. Bien, Lord Stannis, ya he oído vuestra propuesta. Ésta es la mía. —Se quitó el guante y lo lanzó contra el rostro del rey—. Combate singular. Espada, lanza o el arma que elijáis. Y si os da miedo arriesgar esa espada mágica y esa regia piel contra un viejo como yo, nombrad un campeón, y yo haré lo mismo. —Lanzó una mirada mordaz a Guyard Morrigen y Bryce Caron—. Cualquiera de esos cachorros valdrá.

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