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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—Razón de más para tomar Desembarco del Rey tan pronto como podamos. Salladhor Saan me dijo…

—¡Salladhor Saan sólo piensa en el oro! —estalló Stannis—. Sólo sueña con el tesoro que cree que hay bajo la Fortaleza Roja, no quiero ni oír hablar de ese hombre. El día que necesite consejo militar de un bandido lyseno, colgaré la corona y vestiré el negro. —El rey apretó el puño—. ¿Para qué estás aquí, contrabandista? ¿Para servirme o para irritarme con tus argumentaciones?

—Estoy a vuestro servicio —replicó Davos.

—Entonces, préstame atención. El teniente de Ser Cortnay es primo de los Fossoway. Es Lord Meadows, un muchacho de veinte años, sin experiencia. Si a Penrose le sucediera algo, Bastión de Tormentas quedaría bajo el mando de este mozalbete, y sus primos creen que aceptaría mis términos y rendiría el castillo.

—Recuerdo a otro mozalbete que estuvo al mando de Bastión de Tormentas. No tendría mucho más de veinte años…

—Lord Meadows no es tan testarudo y cabezota como era yo.

—Testarudo, cobarde, ¿qué más da? Me ha parecido que Ser Cortnay estaba sano y robusto.

—También mi hermano el día antes de morir. La noche es oscura y alberga cosas aterradoras, Davos.

Davos Seaworth sintió que se le erizaba el vello de la nuca.

—No os entiendo, mi señor.

—No hace falta que me entiendas, sólo que me sirvas. Ser Cortnay morirá hoy mismo. Melisandre lo ha visto en las llamas del futuro. Su muerte y cómo va a morir. Ni que decir tiene que no será en combate. —Stannis alzó la jarra y Devan se la volvió a llenar de agua—. Sus llamas no mienten nunca. También vio el destino de Renly. Fue en Rocadragón, y se lo dijo a Selyse. Lord Velaryon y ese amigo vuestro, Salladhor Saan, quieren que envíe mi flota contra Joffrey, pero Melisandre me dijo que si venía a Bastión de Tormentas conseguiría la mayor parte del ejército de mi hermano. Y así ha sido.

—P-pero… —balbuceó Davos—, Lord Renly sólo vino aquí porque vos habíais puesto el castillo bajo asedio. Antes iba hacia Desembarco del Rey, contra los Lannister, pretendía…

—«Antes», «pretendía»… ¿y eso qué importa? —Stannis se acomodó en el taburete y frunció el ceño—. Hizo lo que hizo. Vino aquí con sus estandartes y sus melocotones, hacia su perdición… Y a mí me resultó conveniente. Melisandre vio otra cosa en las llamas. Una mañana en la que Renly cabalgaba en el sur, con su armadura verde, para acabar con mi ejército ante los muros de Desembarco del Rey. Si me hubiera encontrado allí con mi hermano, yo podría haber muerto en su lugar.

—O tal vez habríais unido vuestras fuerzas para acabar con los Lannister —protestó Davos—. ¿Por qué no? Si la mujer ha visto dos futuros, pues… no es posible que los dos sean ciertos.

—Ahí te equivocas, Caballero de la Cebolla —replicó el rey Stannis apuntándole con un dedo—. Hay luces que proyectan más de una sombra. Mira las hogueras en la noche y lo comprobarás. Las llamas danzan y se mueven, nunca se están quietas. Las sombras crecen y menguan, cada hombre proyecta una docena. Unas son más tenues; otras, más oscuras. Pues bien, los hombres también proyectan sombras hacia el futuro. Una sombra o muchas. Melisandre las ve todas.

»Ya sé que no sientes afecto por ella, Davos. Lo veo, no estoy ciego. A mis señores tampoco les gusta. Estermont cree que el corazón llameante es una mala elección, y no deja de pedirme que luchemos bajo el estandarte del venado coronado, como antaño. Ser Guyard dice que una mujer no debería ser mi portaestandarte. Otros murmuran que no tendría que estar en mi consejo de guerra, que debería enviarla de vuelta a Asshai, que es un pecado que comparta mi tienda por las noches. Sí, todos murmuran… mientras ella me sirve.

—¿Cómo os sirve? —preguntó Davos, aunque temía la respuesta.

—Como necesito. —El rey clavó los ojos en él—. ¿Y tú?

—Yo… —Davos se humedeció los labios—. Estoy a vuestras órdenes. Decidme, ¿qué queréis que haga?

—Nada que no hayas hecho antes. Situar un bote bajo el castillo, sin que nadie lo vea, en lo más oscuro de la noche. ¿Serás capaz?

—Sí. ¿Esta noche?

El rey asintió con gesto seco.

—Que sea un bote pequeño. No la Betha negra. Nadie debe saberlo.

Davos hubiera querido protestar. Era un caballero, ya no era un contrabandista, y jamás había sido un asesino. Pero, cuando abrió la boca, no le salieron las palabras. Aquel era Stannis, su señor, siempre justo, al que le debía todo lo que era. Y también tenía que pensar en sus hijos.

«Dioses misericordiosos, ¿qué le ha hecho esa mujer?»

—Estás muy callado —observó Stannis.

«Y callado debería seguir», pensó Davos.

—Mi señor —dijo en cambio—, tenéis que apoderaros del castillo, ahora lo comprendo, pero tiene que haber otras maneras. Más limpias. Decidle a Ser Cortnay que puede quedarse con el bastardo, y tal vez se rinda.

—Necesito al chico, Davos. Es imprescindible. Melisandre también lo vio a él en las llamas.

Davos buscó otras respuestas, desesperado.

—En Bastión de Tormentas no hay caballero que pueda igualar a Ser Guyard, a Lord Caron ni a cualquiera de los cientos que os sirven. Eso del combate singular… ¿no será que Ser Cortnay busca una manera de rendirse con honor? ¿Aunque le cueste la vida?

La sombra de la duda pasó por el rostro del rey como una nube rápida.

—Más bien busca alguna manera de engañarnos. No habrá combate de campeones. Ser Cortnay estaba muerto aun antes de tirarme el guante. Las llamas no mienten, Davos.

«Pero me pedís que haga realidad lo que dicen», pensó. Hacía tiempo que Davos Seaworth no sentía una tristeza semejante.

Y así fue como, una vez más, se encontró cruzando la Bahía de los Naufragios en lo más oscuro de la noche, al timón de un bote pequeño con velas negras. El cielo era el mismo, igual que el mar. El mismo olor a sal impregnaba el aire, y el agua lamía el casco tal como la recordaba. En torno al castillo brillaban un millar de fuegos de campamento, como estrellas parpadeantes que hubieran llovido sobre la tierra, igual que sucediera dieciséis años antes con las hogueras de los Tyrell y los Redwyne. Pero todo lo demás había cambiado.

«La otra vez lo que traía a Bastión de Tormentas era la vida, vida en forma de cebollas. Esta vez es la muerte, en forma de Melisandre de Asshai.» Dieciséis años antes las velas habían crujido y restallado con cada cambio del viento, hasta que las arrió y siguió avanzando con los remos acolchados. Aun así había tenido el corazón en la garganta. Pero los hombres de las galeras Redwyne habían bajado la guardia hacía tiempo, y consiguió pasar a través del cordón que formaban con la suavidad de una seda negra. En esta ocasión, los únicos barcos que se divisaban eran los de Stannis, y el único peligro podía proceder de los vigilantes en los muros del castillo. Y pese a todo, Davos estaba tenso como la cuerda de un arco.

Melisandre iba sentada en el banco, acurrucada, perdida entre los pliegues de la capa color rojo oscuro que la cubría de la cabeza a los pies; su rostro no era más que un atisbo blanco bajo la capucha. A Davos le gustaba el agua. Dormía mejor cuando sentía bajo él una cubierta que se mecía, y el suspiro del viento contra los aparejos era para él un sonido más dulce que el que ningún bardo pudiera arrancar de su arpa. Pero aquella noche ni siquiera el mar lo reconfortaba.

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