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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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«Extraño», una palabra muy suave. Luc lo había escrito todo, lo había organizado todo, lo había dispuesto todo, para tener un «bis» del Apocalipsis.

Zucca añadió:

– En cierto sentido, esto cambia mi diagnóstico. Ahora diría que estamos ante una especie de reincidencia. Podría ser que Luc resulte más peligroso de lo que creíamos.

Por poco me echo a reír.

– Es posible, sí.

Luces azules en el techo, faros de coche, sirena estridente. Las sensaciones, en stacatto. Miedo. Nerviosismo. Ansiedad. Náusea. Aceleré hacia la rue Changarnier, esperando sorprender a Luc en su apartamento, preparando el último acto.

Tardé solo siete minutos en llegar al paseo de Vincennes. Apagué las luces de emergencia, me escabullí por el boulevard Soult, hasta alcanzar, a la izquierda, la calle del domicilio de Luc. Sentía como si los edificios de ladrillo me oprimieran cual anillo de sangre coagulada.

Mis dedos marcaron mecánicamente el código del primer portal. Patio de cemento, fuentes circulares, césped. Otro código para el bloque; luego, el ascensor enrejado. Desenfundé mi 45 y metí una bala en el cañón. A medida que los pisos pasaban, sentía que una tinta negra, un alquitrán, circulaba dentro de mí hasta obstruirme las venas y las arterias.

Pasillo, penumbra. No enciendo las luces. La puerta está precintada. Parece que nadie ha entrado ahí desde la visita de la policía científica.

Una oreja contra la puerta. Ni un solo ruido.

Arranco la cinta amarilla. Empujón hacia arriba, empujón hacia abajo. No hay cerrojo; solo la cerradura principal, que ni siquiera tiene la llave echada. El juego de llaves maestras, directamente en mi mano. La tercera es la buena. Hago girar el resorte con la mano izquierda, manteniendo la Glock en la derecha. Chasquido. Penetro en el apartamento.

Todas mis alertas están en rojo.

Muebles baratos, parquet flotante, bibelots baratos. Aquí todo es falso. Luc Soubeyras ha fingido vivir aquí, al igual que fingió ser madero, ser cristiano, ser mi amigo.

El salón; sin novedad. Me oriento hacia el despacho. Inconscientemente, evito el dormitorio de Laure, donde se encontraron los tres cuerpos. Los cajones están vacíos. Los armarios, que guardaban los expedientes marcados con la letra «D», también. A la luz de las farolas, las fachadas de ladrillos se reflejan en los cristales. El lugar tiene un aspecto sombrío. Experimento un delirio olfativo. Siento cómo flota el olor cobrizo de la hemoglobina.

De vuelta al pasillo.

Contengo la respiración y entro en la habitación del crimen. Parquet negro, muebles blancos. Lecho desnudo, sin sábanas ni colcha, como en suspenso, en la penumbra. Y a la derecha, agrietando la pared, las huellas de sangre. Los tres cuerpos. Primero apoyados en la pared; luego, resbalando hasta el suelo. El tembleque. Imagino a Laure y a sus hijas, abrazadas, muertas de miedo. Pregunto en voz alta:

– Luc, ¿por qué? ¿por qué?

A modo de respuesta, una luz toma forma a mi izquierda, mientras mis ojos se adaptan a la penumbra. Me vuelvo y mis temblores se transforman en un helado sobresalto.

En la pared opuesta, detrás de la cama, una frase en liquen fluorescente.

Allí donde empezó todo

De golpe, dos verdades se hacen evidentes.

La primera: que Luc nunca ha dejado de darme pistas, a lo largo de toda la investigación. Esa escritura retorcida, frenética, es la del confesionario, la del árbol de Bienfaisance, la del baño de Sarrazin. Luc es el asesino, solo él, el único.

¿Qué prodigio hizo posible que me escribiera mientras estaba en coma?

¿Actuaba a través de la mano de Beltreïn?

La otra verdad es más breve pero fulgurante.

Luc me está citando, allí donde empezó todo.

Saint-Michel-de-Sèze.

El internado donde nos conocimos.

Donde unimos nuestra pasión por Dios.

En realidad, allí donde se inició nuestro duelo.

Dios contra el diablo.

119

Bulevar periférico. Piso el acelerador a fondo.

Puedo llegar a Pau en seis o siete horas.

Plantarme en el internado cerca de las tres de la mañana. Autopista A6; luego la A10, dirección Burdeos.

Pongo en marcha mi velocímetro interno, lo fijo a doscientos kilómetros por hora. La carretera está desierta, abismo negro solo interrumpido por las líneas pintadas sobre el asfalto, que mi velocidad engulle.

Empalmo pitillo tras pitillo, sin permitirme pensar. Voy a toda velocidad hacia mi último enfrentamiento; eso es todo. Sin embargo, las visiones aparecen al margen de mi espíritu. Las marcas de sangre en la pared del dormitorio, dibujando las siluetas de las víctimas. El cuerpo de Manon, destrozado entre las chapas de mi propio coche. Sarrazin, en su bañera llena de vísceras. Esos fantasmas flotan conmigo en el coche: mis únicos compañeros.

Once de la noche

Me asalta el cansancio. Enciendo la radio, para seguir atento. France Info. Ya no se habla del triple asesinato de la rue Changarnier. Extraño sentimiento, el vértigo. Soy el único en el mundo que posee la clave del enigma.

Medianoche

Abro la ventanilla para que el viento me dé en la cara. No hay nada que hacer. Mis párpados se cierran solos, mis miembros se anquilosan. El sueño, con su peso de estrella muerta, se abate sobre mí. Entro en un área de descanso.

Apago el contacto y me duermo inmediatamente.

Cuando despierto, el reloj del salpicadero indica las tres menos cuarto. He dormido casi tres horas. Arranco y encuentro una gasolinera. Lleno el depósito. Un café. He hecho seiscientos kilómetros en cuatro horas. Estoy cerca de Burdeos. Después del puente de Arcins, solo me faltarán doscientos kilómetros hasta Pau. Al alba estaré en Saint-Michel-de-Sèze.

¿Verdaderamente me espera Luc allí? Un destello y vuelvo a vernos con catorce años, al pie de las estatuas de los apóstoles. Los mejores amigos del mundo, unidos por la fe y la pasión. Arrojo el vaso de cartón a la papelera; el café sabe a vómito. Retomo el camino.

Recorro los últimos doscientos kilómetros a velocidad media, con los ojos abiertos como platos. Cerca de las seis, la salida de Pau aparece a la derecha. Tomo primero la dirección de Tarbes por la A64-E80; luego la D940 hacia Lourdes, directo al sur.

De pronto, reconozco la carretera.

Quince kilómetros todavía y surge la colina familiar. Nada ha cambiado. El monasterio que sobresale en la cumbre. Su campanario en forma de lápiz de madera. Los edificios modernos, diseminados por la ladera. Si la cita es aquí, intuyo dónde, exactamente.

Subo por la carretera de curvas, bordeo el complejo y me detengo en el aparcamiento de la abadía. Me dirijo a pie hacia el portal del muro del recinto. Varios cientos de metros más abajo, al pie de la colina, el internado duerme. Atmósfera lunar. No siento el frío. Estoy tan frío yo mismo que el viento helado no produce en mí ningún efecto.

Escalo la reja y subo por el camino de piedra hasta el claustro. No tomo ninguna precaución. Otro muro. No hay problema, conozco el camino. Sigo por la derecha hasta encontrar la primera tronera, situada a un metro y medio del suelo. Me deslizo de costado y caigo al otro lado, sobre el césped húmedo de escarcha.

Esta vez me quedo a cubierto, a la sombra del muro. Durante más de cinco minutos, observo el monasterio. No se mueve ni una hoja. Me pongo en marcha. Oigo cómo cruje la hierba helada bajo mis pies. Las bocanadas de vaho que salen de mis labios. Los latidos de mi corazón, concentración de vida aislada sobre esta colina, entre el cielo y la tierra.

¿Está también él aquí?

¿Estamos los dos conteniendo el aliento?

En la esquina del claustro me detengo. Desenfundo nuevamente mi arma. Ni un ruido, ni un movimiento. Atravieso la galería y accedo al patio interior. Un cuadrado de hierba azulada, envuelto en silencio. A uno y otro lado, los arcos del claustro, sombríos. Y delante mismo, las estatuas. San Matías con su hachuela; Santiago el Mayor con su bordón de peregrino; san Juan, llevando su cáliz.

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