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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Rand se volvió y descubrió su capacidad de sentir espanto, a pesar de saberse en un sueño. Los ropajes de Ba’alzemon tenían el color de la sangre coagulada y en su semblante se entremezclaban la rabia, el odio y el triunfo.

—Ya ves, jovencito, no puedes rehuirme indefinidamente. De un modo u otro te encontraré. Lo que te protege te hace a un tiempo vulnerable. Por una vez que te escondes, a la siguiente te delatas. Ven a mí, jovenzuelo. —Tendió la mano a Rand—. Si mis sabuesos han de traerte a rastras, tal vez no se comporten con amabilidad. Te tienen envidia por lo que llegarás a ser, una vez que te hayas postrado de rodillas a mis pies. Es tu destino. Me perteneces. —La lengua requemada de Gode efectuó un enojado y ansioso remedo de sonido.

Rand trató inútilmente de humedecerse los labios.

—No —logró articular; después las palabras brotaron más fácilmente—. Me pertenezco a mí mismo, no a vos. Jamás. A mí mismo. Si vuestros Amigos Siniestros me matan, nunca dispondréis de mí.

Las llamaradas que despedía el rostro de Ba’alzemon caldearon la estancia hasta hacer vibrar el aire.

—Vivo o muerto, jovenzuelo, eres mío. La sepultura entra en el terreno de mis dominios. Es más sencillo darte muerte, pero es preferible que sigas vivo. Preferible para ti, mocoso. Los vivos disponen de poderes superiores en muchos aspectos.— Gode volvió a balbucir algo—. Aquí tienes tu gratificación.

Rand miró a Gode justo a tiempo para ver cómo su cuerpo se deshacía en polvo. Por un instante, la calcinada faz mostró una expresión de goce sublime que se tomó en horror en el momento final, como si hubiera percibido algo que no esperaba. Los aterciopelados ropajes vacíos de Gode se desmoronaron en la silla y en el suelo, entre la ceniza.

Cuando se giró de nuevo, la mano tendida de Ba’alzemon se había convertido en un puño.

—Eres mío, jovencito, vivo o muerto. El Ojo del Mundo nunca servirá a tus designios. Te marco como una posesión mía. —El puño se abrió y lanzó una bola de fuego que hizo explosión en la cara de Rand.

Rand se despertó convulso, en la oscuridad, y sintió el agua que destilaban las capas en su rostro.

De pronto advirtió que Mat se sacudía y murmuraba en sueños. Al zarandearlo, Mat recobró la conciencia, gimoteando.

—¡Mis ojos! ¡Oh, Luz, mis ojos! ¡Me ha arrancado los ojos! —Rand lo atrajo contra sí y lo meció sobre su pecho como a un niño.

—Estás bien, Mat. Estás bien. No puede hacernos daño. No se lo permitiremos. —Sentía cómo temblaba su amigo, sollozando sobre su chaqueta—. No puede hacernos daño —susurró, deseando dar crédito a aquella afirmación. «Lo que te protege te hace a un tiempo vulnerable. Estoy volviéndome loco».

Justo antes del alba el aguacero remitió. Con la primera luz, la llovizna dejó paso a un cielo nublado, que amenazaba volver a descargar su humedad sobre la tierra. A media mañana el viento se levantó e impulsó los nubarrones hacia el sur, descubriendo un sol mortecino que poco aliviaba la gelidez de las rachas que penetraban en sus ropas mojadas. A pesar de no haber vuelto a conciliar el sueño, se ataron las capas y emprendieron, tambaleantes, la marcha. Rand llevaba de la mano a Mat. Pasado un rato Mat recobró las fuerzas suficientes pata quejarse del estado en que la lluvia había dejado la cuerda de su arco. Rand, sin embargo, no le permitió detenerse para cambiarla por otra seca que guardaba en el bolsillo; todavía no era aconsejable realizar una parada.

Poco después de mediodía llegaron a otro pueblo. Rand temblaba con mayor violencia ante la visión de las confortables casas de ladrillo y del humo que se elevaba de sus chimeneas, pero, en lugar de aproximarse a ellas, condujo a Mat entre las arboledas y campos. La única persona que vio fue un campesino que faenaba con una horca en un campo cenagoso y puso buen cuidado en que él no percibiera su presencia, avanzando agazapado entre los árboles. El granjero estaba concentrado en su trabajo, pero Rand no apartó los ojos de él hasta perderlo de vista. Si alguno de los hombres de Gode seguía con vida, tal vez pensaría que él y Mat habían tomado el camino meridional al salir de Cuatro Reyes al no encontrar a nadie en el pueblo que los hubiera visto. Regresaron al camino a un buen trecho de distancia de la población y continuaron andando hasta evaporar parte de la humedad que impregnaba sus ropas.

Una hora después de dejar atrás el burgo, un granjero los invitó a subir a su carro cargado de heno. La inquietud que le producía el estado de Mat había inducido a Rand a abandonar otras precauciones. Su amigo se protegía los ojos del sol con la mano; a pesar de la débil luz que éste emanaba, y aun así entornaba los párpados y se quejaba de forma continua de la potencia de su brillo. Cuando Rand oyó el traqueteo del carro ya era demasiado tarde para ocultarse. La calzada empapada amortiguaba los sonidos y el vehículo, con un tiro de dos caballos, se encontraba tan sólo a cincuenta metros de ellos, desde donde los observaba ya su conductor.

Para su sorpresa, aminoró el paso y se ofreció a llevarlos. Rand vaciló, pero era demasiado tarde para pasar inadvertidos y aquel hombre grabaría acaso con más fuerza su recuerdo si rechazaban su propuesta. Ayudó a Mat a sentarse junto al campesino y luego subió a la parte trasera.

Alpert Mull era un hombre imperturbable con rostro y manos cuadrados, ajados y estriados por el duro trabajo y la preocupación, que deseaba tener a alguien con quien hablar. Sus vacas se habían quedado sin leche, sus gallinas habían dejado de poner y no había pastos dignos para recibir tal nombre. Por primera vez en su vida había tenido que comprar heno, y el «viejo Bain» sólo se había avenido a venderle medio carro. No estaba seguro de si podría segar heno en sus tierras aquel año.

—La reina, que la Luz la ilumine, debería hacer algo —murmuró, rozándose la frente con respeto, pero con mente ausente.

Apenas dirigió la mirada a Rand y a Mat, pero, cuando los dejó junto al angosto sendero que conducía a su granja, titubeó, y luego declaró, medio para sí:

—No sé de qué huís ni deseo saberlo. Tengo mujer e hijos. ¿Comprendéis? Mi familia. Son éstos malos tiempos para socorrer a los forasteros.

Mat trató de hundir la mano bajo la capa, pero Rand lo contuvo agarrándole la muñeca. Permaneció inmóvil en el camino, observando al hombre en silencio.

—Si fuera una buena persona —prosiguió Mull—, ofrecería a un par de muchachos calados hasta los huesos un sitio donde secarse y calentarse delante de un fuego. Pero son tiempos duros y los extraños… No sé de qué huís ni deseo saberlo. ¿Comprendéis? Mi familia. —De improviso sacó dos largas bufandas de lana oscura del bolsillo de su chaqueta—. No es mucho, pero tened. Son de mis hijos. Ellos tienen más. Vosotros no me conocéis, ¿entendido? Es mala época ésta.

—No os hemos visto nunca —convino Rand mientras tomaba las bufandas—. Sois una buena persona. La mejor que hemos encontrado desde hace días.

El semblante del granjero mostró sorpresa y luego agradecimiento. Tras retomar las riendas, hizo girar los caballos hacia el estrecho sendero. Antes de que hubiera terminado de dar la vuelta Rand guiaba ya a Mat por el camino de Caemlyn.

El viento arreció con la llegada del crepúsculo. Mat, quejumbroso, comenzó a preguntar cuándo iban a detenerse, pero Rand continuó caminando, tirando de él, en busca de un cobijo más deseable que un seto. Con las ropas todavía húmedas y el viento, cuya gelidez aumentaba a cada minuto, ponía en duda su capacidad de salir con vida si dormía de nuevo a la intemperie. El día tocó a su fin sin que hubiera descubierto ningún lugar adecuado. El viento, cada vez más frío, hacía ondear sus capas. Entonces, entre la oscuridad reinante, divisó luces: un pueblo.

Introdujo la mano en el bolsillo para palpar las monedas que tenía. Había dinero de sobra para costearse una comida y una habitación para los dos. Si se quedaban al raso, con aquel viento y la ropa empapada, era factible que quien se topara con ellos al día siguiente no hallara más que dos cadáveres. Lo que habían de hacer era proseguir con la táctica de llamar lo menos posible la atención. No era aconsejable tocar la flauta y, además, Mat no podía actuar en aquel estado de ceguera. Agarró de nuevo la mano de su compañero y se encaminó hacia la anhelada población.

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