El ojo del mundo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #1
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Переводчик: Maria Dolors Gallart
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
—No sin provocar el ruido suficiente para atraer a Hake y al otro. Sabía que no debíamos detenernos aquí.
Antes de que Rand pudiera agregar algo, Hake se abrió camino desde la sala, seguido del corpachón de Strom. Jak se colocó de un salto delante de la puerta trasera.
—¿Vais a cenar toda la noche? —rugió Hake—. No os he alimentado para que hagáis el gandul por aquí.
Rand miró a su amigo. No tuvieron más remedio que recoger sus cosas bajo la atenta vigilancia de Hake, Strom y Jak.
En el comedor, los gritos solicitando malabarismos y nombres de melodías se convirtieron en clamor tan pronto como aparecieron Rand y Mat. El hombre de la capa de terciopelo, Howal Gode, continuaba aparentando no prestar atención a las personas que se encontraban a su alrededor, a pesar de lo cual permanecía sentado en el borde de la silla. Al verlos a ellos dos se arrellanó de nuevo y su rostro recobró la sonrisa de satisfacción.
Rand realizó la primera función en el estrado. Comenzó con Sacando agua del pozo, con mente ausente. Nadie dio señales de advertir las notas que habían sonado de modo incorrecto. Intentó pensar en la forma en que iban a escapar al tiempo que trataba de evitar la mirada de Gode. Si iba en pos de ellos, era mejor que no notara que lo habían descubierto. Respecto a la huida…
Nunca había pensado en la encerrona que constituía una posada. Hake, Strom y Jak no tenían necesidad de observarlos de cerca, dado que los espectadores habrían dado de inmediato la señal de alerta si él o Mat hubieran abandonado el escenario. Mientras la sala estuviera llena de gente, Hake no podría hacer que Strom y Jak se abalanzasen sobre ellos, pero en aquella situación tampoco era factible huir sin que Hake se enterara. Deberían conformarse con estar alerta y aguardar a que se les presentara una ocasión.
Cuando se hubieron turnado con Mat, Rand gruñó para sus adentros. Mat miraba fieramente a Hake, Strom y Jak, sin cerciorarse de si éstos lo advertían, cuando no tenía ocupadas las manos con las pelotas, las introducía siempre bajo su capa. Si Hake vislumbrara aquel rubí, era posible que no esperase hasta que se hallaran a solas. Y si los hombres reunidos allí lo veían, cabía la posibilidad de que la mitad de ellos se confabularan con Hake.
Lo peor de todo era que Mat observaba al mercader de Puente Blanco —¿al Amigo Siniestro?— con una dureza que doblaba la dedicada a los demás, y que Gode reparó en ello. Era imposible que no lo hubiera percibido. No obstante, este hecho no disminuyó en nada su aplomo. Su sonrisa se tornó más abierta y movió la cabeza en dirección a Mat como si saludara a un viejo conocido; luego miró a Rand y enarcó inquisitivamente una ceja. Rand prefería no saber qué pregunta le formulaba aquel gesto. Intentó no mirarlo, pero era consciente de que ya era demasiado tarde. «Demasiado tarde. Demasiado tarde de nuevo».
Sólo había un detalle, al parecer, que desbarataba el equilibrio del individuo vestido de terciopelo: la espada de Rand. Se la había dejado puesta. Dos o tres hombres se levantaron para inquirir si se consideraba tan mal artista como para actuar con protección, pero ninguno de ellos percibió la garza de la empuñadura. Gode sí fijó la mirada en ella. Sus pálidas manos se cerraron en un puño mientras observaba largamente el arma con el rostro ceñudo. Su sonrisa tardó en aparecer y, cuando lo hizo, no parecía tan segura como antes.
«Algo bueno, al menos», pensó Rand. «Si cree que me encuentro a la altura de la marca de la garza, tal vez nos deje en paz. Entonces sólo tendremos que preocuparnos por Hake y sus gallos de pelea». Aquella reflexión apenas resultaba tranquilizadora y, con o sin espada, Gode no paraba de mirar. Y de sonreír.
A Rand se le antojó un año la duración de aquella noche. Todos aquellos ojos fijos en éclass="underline" Hake, Jak y Strom cual buitres que observaban un cordero atrapado en una ciénaga, Gode aguardando con una asechanza aún mayor… Comenzó a pensar que todos los presentes lo miraban con algún designio inconfesable. Los agrios humores de vino y la pestilencia de la suciedad y de los cuerpos sudorosos le producían vértigo y la algarabía de las voces lo herían hasta dejarle borrosa la visión. Incluso el sonido de su propia flauta sonaba como un chirrido en sus oídos. El estrépito de los truenos parecía emanar de su propio cerebro. La fatiga lo atenazaba como una garra de hierro.
Al final la necesidad de levantarse con el alba indujo a los clientes a salir a la calle. Un campesino sólo había de responder ante sí mismo, pero los mercaderes no se mostraban nada comprensivos con las resacas de los carreteros a quienes pagaban su sueldo. La estancia fue vaciándose lentamente a altas horas, cuando incluso aquellos que disponían de habitaciones arriba se encaminaron con paso incierto hacia sus lechos.
Gode fue el último cliente. Mientras Rand, bostezando, buscaba la funda de la flauta, Gode se levantó y se colgó la capa del brazo. Las criadas, murmuraban entre ellas acerca del vino derramado y la loza rota.
Hake cerraba con llave la puerta principal. Gode apartó a Hake hacia un rincón y habló unos instantes con él. El posadero llamó a una de las mujeres para que lo condujera a un dormitorio. El hombre de capa aterciopelada sonrió a Mat y a Rand como si los conociera, antes de desaparecer por las escaleras.
Hake los observaba, flanqueado por Jak y Strom.
Rand terminó apresuradamente de colgarse objetos al hombro, agarrándolos desordenadamente con la mano izquierda para poder dirigir la diestra a la espada. No la acercó, pero necesitaba saber que podía hacerlo. Reprimió un bostezo, puesto que no deseaba revelarles su estado de fatiga.
Mat cargó de forma desmañada su arco y sus otras pertenencias, manteniendo la mano bajo la capa, mientras miraba acercarse a Hake y sus secuaces.
Hake llevaba una lámpara de aceite y, para sorpresa de Rand, esbozó una breve reverencia, con la que señaló una puerta lateral.
—Vuestros jergones están allí. —Únicamente una leve distorsión de la curva de sus labios malogró su actuación.
Mat alzó la barbilla hacia Jak y Strom.
—¿Necesitáis a esos dos para enseñarnos dónde están las camas?
—Soy un hombre que posee propiedades —repuso Hake, alisándose la falda de su mugriento delantal— y los propietarios han de obrar con suma cautela. —Un trueno hizo vibrar las ventanas, tras lo cual el posadero ojeó intencionadamente el techo y les dedicó una ambigua sonrisa—. ¿Queréis ver vuestros lechos o no?
Rand se preguntó qué ocurriría si contestaban que deseaban partir. «Si realmente tuvieras más práctica en utilizar la espada que los ejercicios que Lan te enseñó…»
—Id vos delante —indicó, tratando de conferir firmeza a su voz—. No me gusta tener a nadie a mis espaldas.
Strom rió con disimulo, pero Hake asintió plácidamente y se volvió hacia la puerta, seguido por los dos fornidos hombres que caminaban pavoneándose. Respirando profundamente, Rand dirigió una desesperanzada mirada a la puerta de la cocina. Si Hake ya había cerrado la salida de atrás, echar a correr ahora no sería más que el inicio de lo que pretendía evitar. Avanzó sobriamente detrás del posadero.
Se detuvo vacilante en el umbral. Ahora comprendía por qué Hake llevaba una lámpara. La puerta daba a una cámara oscura como boca de lobo. Sólo la llama que alzaba Hake, dibujando los contornos de Jak y Strom, le infundió el coraje para proseguir. Si se volvían, se percataría de ello. «¿Y qué íbamos a hacer?» El suelo crujía bajo sus botas.
La entrada finalizaba en una tosca puerta sin pintar. No había visto si habían pasado junto a otras. Hake y sus matones continuaron caminando y él se apresuró a seguirlos, antes de que tuvieran ocasión de preparar una encerrona, pero Hake se limitó a levantar la lámpara y a señalar la habitación.
—Aquí está.
Un viejo almacén, la había denominado él, y a juzgar por su aspecto no había sido utilizado desde hacía tiempo. La mitad del suelo estaba cubierta de barriles destrozados y cajones rotos; el techo tenía más de una gotera y la ventana, un cristal roto por el que penetraba la lluvia. Los estantes estaban ocupados por un sinfín de trastos no identificables y el polvo tapizaba prácticamente la totalidad del recinto. La presencia de los prometidos jergones fue una sorpresa.