El ojo del mundo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #1
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Переводчик: Maria Dolors Gallart
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
A la puesta del sol llegaron a un pueblecito, muy similar al mercado de Sheran. El camino de Caemlyn se bifurcaba en dos ramales, en cuyos márgenes se alzaban pequeñas casas de ladrillo y tejados de paja. Las paredes estaban cubiertas de parras, prácticamente desnudas de hojas. Aquel burgo tenía una posada, un diminuto establecimiento no mayor que la Posada del Manantial, con un letrero que crujía balanceado por el viento: el Vasallo de la Reina.
Era curioso considerar pequeña la Posada del Manantial. Rand recordaba el tiempo en que se le antojaba el mayor edificio que podía existir y en que creía que cualquier otra cosa de dimensiones superiores había de ser por fuerza un palacio. Sin embargo, había visto mundo, y de repente cayó en la cuenta de que nada tendría para él la misma apariencia cuando regresara al hogar. «Si alguna vez regresas».
Vaciló delante de la posada, pero, incluso si los precios del Vasallo de la Reina no eran tan elevados como los del mercado de Sheran, no podían pagar comida y habitación.
Mat advirtió lo que retenía su mirada y dio una palmada en el bolsillo donde guardaba las bolas de colores de Thom.
—Veo bastante bien, siempre que no intente realizar números complicados. —Su visión había mejorado de modo sustancial pese a que todavía llevaba la bufanda enrollada en la frente y entornaba los ojos cuando miraba el cielo durante el día. Como Rand no decía nada, Mat continuó hablando—. No es posible que haya Amigos Siniestros en todas las posadas existentes de aquí a Caemlyn. Además, no quiero dormir debajo de un arbusto si puedo hacerlo en una cama. —No obstante, no dio ningún paso en dirección a la posada; esperaba la respuesta de Rand.
Su amigo asintió al cabo de un momento. Se sentía exhausto. Sólo de pensar en pasar la noche a la intemperie, le dolían los huesos. «Es la acumulación de esta continua carrera en constante vigilia».
—No pueden estar en todas partes —acordó.
La primera imagen del interior les hizo preguntarse si no habrían cometido una equivocación. Era un lugar limpio, pero abarrotado de gente. Todas las mesas estaban ocupadas y algunos hombres se apoyaban en las paredes debido a la falta de sillas libres. A juzgar por el modo como las camareras circulaban entre las mesas con miradas escurridizas —y también el propietario—aquélla era una aglomeración a la que no estaban habituados; había demasiados clientes para un pueblo tan pequeño. Era sencillo distinguir a la gente que no era natural de allí. No es que vistiesen de forma diferente al resto, pero mantenían los ojos centrados en la comida y la bebida. Los lugareños dirigían sus miradas a los forasteros.
Debido al murmullo de voces que poblaba la estancia, el posadero los llevó a la cocina cuando Rand le dio a entender que querían hablar con él. El ruido era casi tan ensordecedor allí como en el comedor, compuesto principalmente por un estrépito de cazuelas y platos.
El posadero se enjugó el rostro con un pañuelo.
—Supongo que vais de camino a Caemlyn a ver al falso Dragón como todos los insensatos del reino. Bien, las condiciones son seis personas por habitación y dos o tres en una cama y si ello no os conviene no dispongo de nada mejor que ofreceros.
Rand emprendió su perorata, atenazado por una sensación de mareo. Si había tantos viajeros, cualquiera de ellos podía ser un Amigo Siniestro, y no había manera de distinguirlos de los demás. Mat ejecutó una demostración de sus habilidades, limitándose a tres pelotas, y Rand sacó la flauta. Después de interpretar únicamente doce notas de El viejo oso negro, el posadero asintió con impaciencia.
—Me seréis útiles. Necesito algo que distraiga la mente de esos idiotas que sólo piensan en Logain. Ya se han producido tres altercados para dirimir si es o no el Dragón. Colocad el equipaje en el rincón y despejaré un espacio para que podáis actuar, si consigo hacerlo. Necios. El mundo está plagado de necios que no saben que deberían quedarse en sus casas. Volvió a enjugarse el rostro y salió de modo precipitado de la cocina, murmurando para sí.
La cocinera y sus ayudantes no se dieron por enterados de su presencia. Mat no paraba de ajustarse la bufanda alrededor de la cabeza, levantándola para parpadear al sentir la luz y bajarla de nuevo. Rand no estaba seguro de si vería lo bastante bien como para realizar algo más complicado que hacer girar tres pelotas de forma simultánea. En lo que a él respectaba…
Tenía náuseas crecientes. Se desplomó en un taburete, con la cabeza apoyada en las manos. No era cálida aquella cocina. Sintió escalofrío. El aire estaba impregnado de vapor; los escalofríos se volvieron más violentos y le hicieron castañetear los dientes. Se arropó con los brazos, pero fue inútil. Tenía la impresión de que se le helaban los huesos.
Advirtió vagamente a Mat, que le preguntaba algo mientras le zarandeaba los hombros, y a alguien que salió corriendo de la habitación profiriendo maldiciones. Después el posadero estaba junto a él, con la cocinera, que fruncía el entrecejo a su lado, y Mat discutía a voz en grito con ellos. No discernía qué decían; las palabras sonaban como un zumbido y no se creía capaz de hilvanar ningún pensamiento.
De improviso Mat lo tomó del brazo y tiró de él para que se levantara. Todas sus cosas, alforjas, mantas, la capa anudada de Thom y los instrumentos, colgaban de la espalda de Mat junto con el arco. El posadero los observaba al tiempo que se secaba la cara ansiosamente. Zigzagueando, sostenido por Mat, Rand dejó que su amigo lo condujera a la puerta trasera.
—Lo siento, Mat —logró articular. No podía detener el castañeteo de sus dientes—. Debe de haber sido la lluvia. Otra noche fuera nos hará daño. —El crepúsculo ensombrecía el cielo, en el que ya se percibían algunas estrellas.
—Ni hablar de dormir al raso —replicó Mat. Trataba de infundir ánimo a su voz, pero Rand percibió un destello de inquietud en ella—. Tenía miedo de que la gente se enterara de que había alguien enfermo en su posada. Le he dicho que, si nos echaba, te llevaría al comedor. Eso le dejaría vacías la mitad de las habitaciones en menos de diez minutos y, por más que critique a los insensatos, eso no le conviene.
—¿Entonces d… dónde?
—Aquí —respondió Mat, y abrió la puerta del establo con un ruidoso chirrido de goznes.
La oscuridad era más intensa en el interior que en la calle y el aire olía a heno, grano y caballos, sumados al potente hedor a estiércol. Cuando Mat lo hubo depositado en el suelo cubierto de paja, plegó las rodillas contra el pecho, aquejado por convulsiones que le sacudían todo el cuerpo. Todo su vigor parecía dedicado a las convulsiones. Oyó cómo Mat tropezaba y soltaba una imprecación y volvía a tropezar; luego un tintineo metálico. De pronto se hizo la luz. Mat mantenía en lo alto una vieja linterna abollada.
El establo estaba tan abarrotado como la posada. Todos los pesebres estaban ocupados por caballos, algunos de los cuales erguían la cabeza y parpadeaban ante el súbito contacto con la luz. Mat echó una ojeada a la escalera que conducía al pajar; luego miró a Rand, agazapado en el suelo, y sacudió la cabeza.
—Nunca conseguiría subirte allí —murmuró Mat. Después de colgar la linterna de un clavo, trepó por la escalera y comenzó a arrojar fajos de heno. Luego bajó deprisa y arregló un lecho en el fondo de la caballeriza, sobre el cual tendió a Rand. Mat lo tapó con las dos capas, pero Rand las apartó casi de inmediato.
—Tengo calor —musitó. Tenía la vaga conciencia de que sentía frío momentos antes, pero ahora le parecía encontrarse dentro de un horno—. Calor. —Notó la mano de Mat pegada a su frente.
—Vuelvo ahora mismo —prometió Mat antes de desaparecer.
Se revolvió en el heno durante un tiempo que no alcanzó calcular, hasta que Mat regresó con un plato repleto en una mano, un cántaro en la otra y dos tazas blancas asidas con los dedos.