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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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– ¿Sabes danzar? -repitió Isabel ya a su lado.

– No… -titubeó envuelto en el aroma del perfume que acompañaba a aquella encantadora figura.

– No quiso aprender -intervino el hidalgo, procurando romper el hechizo, consciente de las miradas que de reojo les dirigían algunos de los criados ataviados con libreas coloradas que esperaban a los invitados.

Isabel contestó a don Sancho con una ligera inclinación de cabeza y una leve sonrisa. Sólo un paso separaba su rostro del de Hernando.

– Es una lástima -musitó la mujer-. Seguro que a muchas damas les complacería que las sacaras a bailar esta noche.

Se hizo un silencio espeso, casi palpable, que don Sancho rompió de repente.

– ¡Don Ponce! -exclamó el hidalgo. Isabel se volvió, azorada-. Me había parecido verle -se excusó don Sancho ante la expresión con que le interrogó ella al no ver a su esposo.

– Disculpadme -dijo Isabel, escondiendo su turbación tras cierta brusquedad-. Aún tengo cosas que hacer antes de que lleguen los invitados.

– ¿Qué pretendes mirando así a una dama? -le regañó en un susurro don Sancho cuando Isabel se hubo alejado de ambos-. ¡Es la esposa del oidor!

Hernando se limitó a abrir las manos. ¿Qué pretendía?, se preguntó a su vez. Lo ignoraba, sólo sabía que, por primera vez en años, se había sentido hechizado.

Hernando y don Sancho, junto al oidor e Isabel, superaron el besamanos y las presentaciones de cerca de un centenar de personas que aceptaron encantadas la invitación del rico e importante juez granadino: compañeros de don Ponce, canónigos catedralicios, inquisidores, sacerdotes y frailes, el corregidor de Granada y varios veinticuatros del cabildo municipal, caballeros de diversas órdenes, nobles, hidalgos y escribanos. Hernando recibió tantas felicitaciones y agradecimientos como personas circularon por delante de él. Don Sancho permanecía a su lado, intentando infructuosamente terciar en las conversaciones, hasta que el morisco, consciente de su desesperación, trató de darle oportunidad:

– Os presento a don Sancho de Córdoba, primo del duque de Monterreal -le dijo a quien le anunciaron como el párroco de la iglesia de San José.

El cura saludó al hidalgo con una inclinación de cabeza y ahí terminó su interés en él.

– Me siento dichoso -afirmó, dirigiéndose a Hernando- por conocer a quien salvó a doña Isabel del martirio a manos de los herejes. Sé de vuestras hazañas con don Alfonso de Córdoba y muchos otros cristianos. -Hernando trató de ocultar su sorpresa. Desde su llegada a Granada, muchos habían sido los rumores de liberaciones que se sumaron a las dos únicas actuaciones que verdaderamente se podía atribuir-. Doña Isabel -continuó el sacerdote llamando la atención de la mujer- es una de mis feligresas más piadosas, podría decir que la que más, y todos nos sentimos felices de que salvarais su alma para el Señor.

Hernando miró a su anfitriona, que aceptaba los halagos con humildad.

– He hablado con algunos de los canónigos de la catedral -prosiguió el sacerdote- y nos gustaría proponeros cierto asunto. Estoy seguro de que el deán, que según tengo entendido compartirá mesa con vos, os hablará de ello.

Después de escuchar al párroco de San José, Hernando permaneció distraído mientras los demás personajes discurrían por delante de él. ¿De qué asunto se trataría? ¿Qué podían querer de él los miembros del cabildo catedralicio?

No tardó en enterarse. Efectivamente, fue invitado a ocupar un lugar de honor en la larga mesa principal, instalada en uno de los corredores emparrados del jardín principal, entre don Ponce y el corregidor de la ciudad; enfrente se sentaban Juan de Fonseca, deán de la catedral, y dos veinticuatros de Granada que ostentaban los títulos de marqués y conde. Más allá, el resto de los invitados, acomodados por orden de preeminencia. En el corredor del otro lado del estanque se dispuso una mesa gemela en la que Hernando distinguió a don Sancho, que departía animadamente con los demás comensales. Además de aquellas dos, se repartieron otras muchas por los jardines y huertos abancalados del carmen que descendían por la ladera. En unas cenaban los hombres, la mayoría vestidos de negro riguroso según las normas tridentinas, y en otras las mujeres, compitiendo entre sí en boato y belleza. En la glorieta que cerraba el jardín principal, un grupo de música compuesto por un sacabuche, una corneta y una chirimía, dos flautas, un timbal y una vihuela, amenizaba la noche fresca, clara y estrellada.

Mientras daban cuenta de las perdices y capones rellenos que les sirvieron como primer plato, Hernando tuvo que satisfacer la curiosidad de los huéspedes de don Ponce, y fue asediado a preguntas acerca del cautiverio y fuga del duque don Alfonso de Córdoba y alguna que otra, más comedida y prudente, sobre la esposa del oidor.

– Tengo entendido -terció uno de los veinticuatros mientras mordisqueaba el ala de una perdiz- que, además de al duque y a doña Isabel, ayudasteis a más cristianos.

La pregunta quedó flotando en el aire justo en el momento en que la vihuela tocaba en solitario y uno de los músicos la acompañaba con una canción sentimental. Hernando escuchó el triste rasgueo del instrumento, parecido al de los laúdes que amenizaban las fiestas moriscas.

– ¿Os acordáis de quiénes eran? -preguntó el corregidor, volviéndose hacia él.

– Sí, pero no en todos los casos -mintió. Había preparado la respuesta al enterarse de los rumores sobre sus imaginarios favores a más cristianos.

El veinticuatro dejó de mordisquear el ala y se produjo un incómodo silencio.

– ¿Quiénes? -le apremió el deán catedralicio.

– Preferiría no decirlo. -En ese momento, incluso don Ponce, empeñado en la pechuga de un capón, se volvió hacia él. ¿Por qué?, parecía preguntar con sus ojos. Hernando carraspeó antes de explicarse-: Algunos tuvieron que dejar atrás a familiares y amigos. Los vi llorar mientras huían; amor y pánico enfrentados en sus conciencias mientras luchaban por la supervivencia. Hubo uno que, cuando estaba ya libre y escondido, renunció a escapar, prefiriendo volver y ser ejecutado junto a sus hijos. -Varios de los comensales que escuchaban asintieron con expresión seria, los labios apretados, alguno con los ojos cerrados-. No debo descubrir sus identidades -insistió-. De nada sirve ya. Las guerras… las guerras llevan a los hombres a olvidar sus principios y actuar según sus instintos.

Sus palabras originaron más asentimientos y un silencio que permitió escuchar los últimos lamentos de la vihuela, que se prolongaron en la noche hasta que los comensales recuperaron su ánimo.

– Hacéis bien en callar -intervino entonces el deán Fonseca-. La humildad es una gran virtud en las personas, y el miedo a la muerte o la tortura, excusable en quienes cedieron. Sin embargo, confío que vuestro silencio no se extienda a los herejes que tanta sangre cristiana derramaron y tantos sacrilegios y profanaciones cometieron. -Hernando clavó sus ojos azules en el deán-. El arzobispado de Granada está llevando a cabo una investigación sobre los mártires de las Alpujarras. Disponemos de datos y decenas de declaraciones de las miles de viudas que perdieron a sus esposos e hijos en las sucesivas matanzas, pero entendemos que los conocimientos de alguien como vos, un buen cristiano que vivió la tragedia desde la posición de los moriscos, mezclado con ellos, constituirían una fuente imprescindible e inconmensurable. Necesitamos que nos ayudéis en el estudio de los mártires. ¿Qué sucedió? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Quién lo ordenó y quiénes lo ejecutaron?

– Pero… -titubeó Hernando.

– Granada tiene que acreditar a esos mártires ante Roma -le interrumpió el corregidor-. Llevamos casi cien años, desde el mismo momento en que la ciudad fue reconquistada por los Reyes Católicos, buscando los restos de su patrón, san Cecilio, pero todos los esfuerzos son inútiles. Esta ciudad necesita equipararse a las demás sedes cristianas de los reinos: Santiago, Toledo, Tarragona… Granada ha sido la última ciudad en ser arrebatada a los moros y carece de antecedentes cristianos, como el apóstol Santiago o san Ildefonso. Son precisamente esos valerosos cristianos los que hacen grandes a sus ciudades. Sin santos, sin mártires, sin historia cristiana, una ciudad no es nada.

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