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Электронная книга - «Leyendas de Guatemala». Краткое содержание книги:

Su primera obra, Leyendas de Guatemala (1930), es una coleccion de cuentos y leyendas mayas.
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Pero al fin la tenía, tallada en fuego blanco, pulida con el polvo del collar de ojos y martajados caracoles. Su brillo cegaba y cuando se la puso – Máscara de Nana la Lluvia – tuvo la sensación de vaciar su ser pasajero en una gota de agua inmortal. ¡Pared geológica! ¡Sí, Nana la Lluvia! ¡Soberanía no rebelada! ¡Sí, Nana la Lluvia! ¡Superficie sin paralelo! ¡Sí, Nana la Lluvia! ¡Lava respirable! ¡Sí, Nana la Lluvia! ¡Dédalo de espejos! ¡Sí, Nana la Lluvia! ¡Tumba ritual! ¡Sí, Nana la lluvia! ¡Nivel de sueños luminosos! ¡Sí, Nana la Lluvia! ¡Máscara irremovible! ¡Sí, Nana la Lluvia! ¡Obstáculo que afila sus contornos hasta anularlos para montar la guardia de la eternidad despierta!

Paso a paso volvió a su cueva, no por sus olvidadas piedras, dioses, héroes y figurillas de animales tallados en manantiales de tiniebla, sino por su caña de hablar humo. No la encontraba. Halló el tabaco guiándose por el olor. Pero su caña… su caña… su pequeña cerbatana, no de cazar pájaros, de cazar sueños…

Dejó la máscara luminosa sobre una esterilla tendida en lo que fue su lecho de tablas de nogal y siguió buscando. Se la llevaxon los monitor esculpidos alrededor, se consolaba, ella ran paco quiso quedarse en esta tenebrosa tumba, entre estos ídolos y gi, gantas que dejaré soterrados abata que encontré un material digno de gris manos de Ambiastro.

Se golpeaba en los’ objetos. La poca costumbre de andar en la oscuridad, se dijo. Aunque más bien los objetos le saltan al paso y se golpeaban can él. Los banquitos de tres pies a darle en las espinillas. Las mesas no esperaban, mesas y bancos de trabajo, se lé tiraban encima como fieras. Esquinazos, cajonatos, patadas de mesas convertidas en bestias enfurecidas. Los tapexcos [6] llenos de trastes lo atacaban por la espalda, a matar, como si alguien los empujara, y allí la de caerle encima ollas, jarros, potes, piedras de afilar, incensarios, tortugas, caracoles, tambores de lengüetas, ocatinas, todo lo que él guardaba para ahuyentar el silencio ton las fiestas del ruido, mientras los apartes, las tinajas, los guacales, poseídos de un extraño furor, le golpeaban a más y mejor y del tedio se desprendían, entre nubes de cuero de bestias de aullido, zogas y bejucos flagelantes como culebras marcadoras.

Se refugió junto a la máscara. No realizaba bien lo que le sucedía. Seguía creyendo que era él, poco acostumbrado ya al mundo subterráneo, el que se, golpeaba en las cosas de su uso y su trabajo. Y efectivamente, al quedarse quieto cesó el ataque, pausa en la que terco como era volvió a ver de un lado a otro, cama preguntando a todos aquellos seres inanimados por su. caña de fumar. No estaba. Se conformó con llevarse a la boca un puño de tabaco y masticarlo. Pero algo extraño. Se movían la serpiente y el jaguar de su tambor de madera, aquel con que saludaba al lucero de las preciosas luces. Y si las mesas, los tapexcos, los bancos, las tinajas, los apaxtes, los guacales, se habían aquietado, ahora bajaban y subían los párpados los gigantes de piedra. La tempestad agitaba sus músculos. Cada brazo era un río. Avanzaban contra él. Levantó los astros apagados de sus manos para defender la cara del puñetazo de una de esas inmensas bestias. Maltrecha, sin respiración, el esternón hundido por el golpe de aquel puño de gigante de piedra, un segundo golpe con la mano abierta le deshizo la quijada. En la penumbra verdosa que quiere ser tiniebla y no puede,, luz y no alcanza, movíanse en orden de batalla los escuadrones de flecheros creados por él, nacidos de sus manos, de su artificio, de su magia. Primero por los flancos, después de frente, sin dar gritos de combate, apuntaron sus arcos y dispararon contra él flechas envenenadas. Un segundo grupo de guerreros, también hechos por él, esculpidos en piedra por sus manos, tras abrirse en abanico y jugar a mariposas, lo rodearon y clavaron con los aguijones de las cañas tostadas, en las tablas de la cama en que yacía tendido junto a su máscara maravillosa. No lo dudó. Se la puso. Debía salvarse. Huir. Romper el cero. Ese gran ojo redondo de la muerte que no tiene dos ojos, como las calaveras, sino un inmenso y solitario cero sobre la frente. Lo rompió, deshizo la cifra abstracta, antes de la unidad, nada, y después de la unidad, todo, y corrió hacia la salida de la cueva, guardada por ídolos también esculpidos por él en materiales de tiniebla. El ídolo de las orejas de cabro, pelo de paxte y pechos de fruta. Le tocó las tetas y lo dejó pasar. El ídolo de los veinticuatro diablos… viudo, castrado y honorable. Le saludó reverente y lo dejó pasar. La mujer verde, Maribal, tejedora de salivas estériles. Le dio la suya para preñarla y lo dejó pasar. El ídolo de los dedales de la luna caliente. Le tocó el murciélago del galillo con la punta de la lengua en un boca a boca espantoso, y lo dejó pasar. El ídolo del cenzontle negro, ombligo de floripundia. Le sopló el ombligo para avivarle el celo y lo dejó pasar…

Noche de puercoespines. En cada espina, una gota luminosa de la máscara que Ambiastro llevaba sobre la cara. Los ídolos lo dejaron pasar, pero ya iba muerto, rodeado de flores amarillas por todas partes.

Los sacerdotes del eclipse, decían:

¡El que agrega criaturas de artificio a la creación, debe saber que esas criaturas se rebelan, lo sepultan y ellas quedan!

Por la ciudad de los caballeros de piedra pasa el entierro de Ambiastro. No se sabe si ríe o si llora, la máscara de cristal de roca que le oculta la cara. Lo llevan sobre tablas de nogal fragante, los gigantes, los ídolos y los héroes de piedra nacidos de sus manos, hieráticos, atormentados, arrogantes, y le sigue un pueblo de figuras de barro amasadas con el llanto de Nana la Lluvia.

Leyenda de la campana difunta

Entre la gente española venida a Indias, muy, muy entrado el siglo XVII -navegación en redondo… Sevilla… San Lúcar… Virgen de Regla… Islas de Barlovento…- llegaron uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete asturianos, siete según el habla popular y tres al decir de los cronistas que a la letra añaden: homes de Oviedo con entendimiento en la tiniebla de los metales, trazaron, no con tinta, sino con bronce líquido y sonoro, en catedrales, conventos, ermitas y beaterios, la historia de las campanas de una ciudad siempre nueva, dado que sus fundadores, hidalgos y capitanes, perseguidos por los terremotos, se la iban llevando en procesión de casas, una casa tras otra de valle en valle, en procesión de iglesias, una iglesia tras otra de valle en valle, en procesión de palacios, un palacio tras otro de valle en valle, que tal parecía aquel ir dejando viviendas, templos y mansiones señoriales, destruidas en un valle y levantadas en otro.

Legajos pagajosos y salobres, mordidos por sellos y contrasellos, desenrollaron ante las autoridades eclesiásticas y civiles los fundidores asturianos, folios con magullamientos de viaje que daban testimonio de su arte y maestría en la fundición de campanas, sin contar las cartas de presentación de canónigos corales y alcaldes ovitenses ni aquel pergamino de hueso de agua que traía aún fresca, ahogada en arenilla, la firma de don Sancho Alvarez de las Austrias, Conde de Nava y Noroña, al pie de recomendaciones en que hacía constar de su puño y letra «yo mismo los escogí entre los mejores y antes de partir les abrí mis brazos y mis cajas fuertes».

Aquella mañana de junio -un junio de bandejas de frutas- hubo prisas, olvidos, idas y venidas, murmullos, manejos, en el convento de las clarisas, como si el bis-bis de la llovizna que caía fuera, prolongara su rumor en las galerías abovedadas del convento. Acartonadas en sus tocas, cuellos, petos y puños de lino almidonado, monjas y novicias hablaban, todas a una, de las joyas que les traerían sus familias para enriquecer el crisol de la campana encargada a los fundidores llegados de Oviedo, sonora y preciosa, digna del templo de Santa Clara de las Clarisas Celestes, que no acababa de salir de las manos de los alarifes.

La piedra, como vivo canto, porosa, sin secarse, recortada con tijeras de gracia en los cornisamentos y capiteles; fragante la madera de los artesonados del techo, buque celestial que navegaba en la luz de las altísimas ventanas; desafiante la cúpula; cabalístico el frente plateresco, sensual y fugitivo, y de prodigio la osadía arquitectónica de los cuatro arcos sostenidos en una sola columna.

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