Encrucijada en el crepúsculo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #10
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
Más sueños.
Ascendía trabajosamente por una vereda estrecha y pedregosa por la cara de un imponente acantilado. Las nubes la rodeaban, ocultando el suelo abajo y la cumbre arriba, pero aun así sabía que ambos se encontraban muy lejos. Tenía que plantar los pies con mucho cuidado. La senda era una inestable repisa apenas lo bastante ancha para mantenerse de pie sobre ella, con un hombro pegado contra la cara del risco, y estaba sembrada de piedras grandes como puños que podían voltearse bajo un paso mal dado y lanzarla por el borde al vacío. Casi se parecía a los sueños de las ruedas de molino y de tirar de carros, pero Egwene sabía que era un sueño real.
De repente, la repisa se vino abajo con el chasquido de piedra quebrándose, y Egwene se pegó frenéticamente a la cara del risco, tanteando para encontrar dónde asirse. Sus dedos se deslizaron en una pequeña grieta y su caída se frenó con un violento tirón que casi le dislocó los brazos. Con los pies colgando en las nubes escuchó cómo el fragmento de la repisa desprendido se golpeaba contra el risco hasta que el sonido se perdió sin que la piedra hubiese llegado al fondo. Entrevió la forma borrosa de la repisa rota a su izquierda. Estaba casi a tres metros de distancia; para las posibilidades que tenía de llegar a ella, tanto daba que hubiese estado a casi tres kilómetros. En la dirección contraria, la niebla ocultaba lo que quiera que quedara del sendero, pero Egwene creía que debía de estar aún más alejado. No tenía fuerza en los brazos. No podía auparse, sólo quedarse allí, colgada de las puntas de los dedos, hasta que se cayera. El borde de la grieta parecía tan afilado como un cuchillo bajo sus dedos.
De pronto, entre las nubes apareció una mujer descendiendo por la escarpada cara del risco con la agilidad de quien baja una escalera. Llevaba una espada sujeta a la espalda. Su rostro titilaba, sin que se hiciera preciso en ningún momento, pero la espada parecía sólida como la roca. La mujer llegó a la altura de Egwene y le tendió una mano.
—Podemos llegar a la cumbre juntas —dijo con un familiar acento que arrastraba las palabras.
Egwene apartó el sueño como si fuese una víbora. Sintió cómo se sacudía su cuerpo, se oyó gemir en sueños, pero durante un instante no pudo hacer nada. Había soñado con seanchan antes, con una seanchan vinculada a ella de algún modo, pero ésta era una seanchan que la salvaría. ¡No! Le habían puesto una cadena, la habían hecho damane. ¡Antes moriría que dejar que la salvara una seanchan! Transcurrió un buen rato antes de que fuera capaz de instarse a tranquilizar su cuerpo dormido. O quizá sólo le pareció que había pasado mucho tiempo. Una seanchan, no; ¡eso jamás!
Poco a poco, los sueños volvieron.
Trepaba por otro sendero de un risco envuelto en nubes, pero ésta era una repisa ancha de roca blanca suavemente pavimentada y no había piedras sueltas. El propio risco era blanco como tiza y tan suave como si estuviese pulido. Subió deprisa y enseguida se dio cuenta de que la repisa ascendía en espiral. El risco era realmente una aguja pétrea. Tan pronto como concibió esa idea, se encontró arriba, sobre un disco liso y pulido envuelto en niebla. No era totalmente liso, en realidad. Un pedestal se erguía justo en el centro del aquel círculo y servía de soporte a una lámpara de aceite, de cristal transparente. La llama de la lámpara ardía brillante y firme, sin titilar. También era blanca.
De repente un par de aves salieron de la niebla, dos cuervos tan negros como la noche. Sobrevolaron velozmente la aguja, golpearon la lámpara y siguieron vuelo sin hacer la menor pausa. La lámpara se tambaleó sobre el pedestal, lanzando gotas de aceite. Algunas de esas gotas se incendiaron en el aire y desaparecieron. Otras cayeron alrededor de la columna, todas sustentando una minúscula y titilante llama blanca. Y la lámpara siguió dando tumbos, a punto de caerse.
Egwene se despertó con una sacudida en medio de la oscuridad. Lo sabía. Por primera vez sabía con exactitud lo que significaba un sueño. Mas ¿por qué soñar con una seanchan que la salvaba y después con los seanchan atacando la Torre Blanca? Un ataque que sacudía a las Aes Sedai en sus cimientos y que amenazaba a la propia Torre. Por supuesto, sólo era una posibilidad. No obstante, los sucesos en los sueños verdaderos eran más probables que otros.
Creía que estaba considerando las cosas con tranquilidad, pero al sentir el áspero roce de las solapas de la entrada estuvo a punto de abrazar la Fuente Verdadera. Se apresuró a realizar ejercicios de novicia para recobrar el controclass="underline" el agua fluyendo sobre piedras suaves; el viento soplando entre la hierba. Luz, sí que se había asustado. Tuvo que realizar dos para conseguir recuperar cierta calma. Abrió la boca para preguntar quién era.
—¿Dormida? —musitó quedamente la voz de Halima. Su voz sonaba insinuante, casi excitada—. Bueno, no me importaría disfrutar de una buena noche de sueño.
Egwene permaneció muy quieta mientras oía a la otra mujer quitarse la ropa para acostarse. Si descubría que estaba despierta tendría que hablar con ella y, en ese momento, sería embarazoso. Estaba bastante segura de que Halima había encontrado compañía, aunque no para toda la noche. La mujer podía hacer lo que quisiera, por supuesto, pero aun así Egwene se sentía decepcionada. Deseando haber seguido dormida, se sumergió de nuevo en el sueño y esta vez no se paró a mitad de camino, sino que se quedó completamente dormida.
Chesa apareció muy temprano para llevarle el desayuno en una bandeja y la ayudó a vestirse. De hecho, era de madrugada y apenas apuntaban las primeras luces, de modo que hubo que encender la lámpara para poder ver algo. Las ascuas del brasero se habían apagado a lo largo de la noche, naturalmente, y el frío en la atmósfera tenía algo de gris. Quizás iba a nevar. Halima se puso su muda y su vestido de seda al tiempo que bromeaba sobre cómo le gustaría tener una doncella, en tanto que Chesa abrochaba las hileras de botones que cerraban la espalda del de Egwene. La fornida mujer mostraba un gesto serio, sin hacer el menor caso a Halima. Egwene guardó silencio. No le dijo nada a Halima porque no era su criada y no tenía derecho a marcarle unas normas.
Justo cuando Chesa acababa de abrocharle y daba una palmadita a Egwene en el brazo, Nisao entró en la tienda, dejando pasar un soplo de aire frío. Por el fugaz atisbo del exterior antes de que las solapas se cerraran tras ella, Egwene comprobó que fuera estaba gris. Realmente parecía que estuviera por nevar.
—He de hablar a solas con la madre —dijo Nisao, que mantenía ajustada su capa como si ya sintiera la nieve. Un tono tan firme no era habitual en la menuda mujer.
Egwene hizo un gesto con la cabeza a Chesa.
—No dejéis que se os enfríe el desayuno —dijo ésta antes de hacer una reverencia y salir.
Halima se paró y miró a Nisao y a Egwene; después recogió su capa de donde la había dejado tirada al pie del catre.