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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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Sin embargo, la presencia de Hernando no varió los hábitos de don Ponce, que se volcaba en su trabajo como si en él encontrase el reconocimiento que no obtenía junto a la protegida de un grande de España y que con sólo un movimiento de su mano, una sonrisa o una palabra, eclipsaba al pequeño juez. Don Sancho, por su parte, solicitó permiso a la anfitriona para perderse por Granada en busca de la compañía de parientes y conocidos. Hernando, pues, pasaba los días en el carmen, junto a Isabel y sus hijos.

Con el permiso del oidor, durante las primeras jornadas Hernando usó el escritorio que éste tenía en la planta baja para escribir al duque e informarle del resultado de sus averiguaciones.

«Cabría establecer una alcaicería en Ugíjar», propuso después de advertir del perezoso carácter de las gentes y de los problemas con que se topó en sus paseos por las Alpujarras. «De esta forma, los lugareños no tendrían que malvender sus sedas en Granada, como al parecer hoy se ven obligados a hacer. Con ello se ahorrarían los gastos del viaje hasta la ciudad, y tampoco afectaría a los numerosos telares de Granada, puesto que se surten de la seda de otros muchos lugares además de la de las Alpujarras…»

Unas risas infantiles le distrajeron de su trabajo. Hernando se levantó del sencillo escritorio de madera labrada del oidor y se acercó a una puerta de doble hoja, entreabierta para que entrase la brisa procedente del jardín principal del carmen: un pedazo de tierra largo y estrecho que se abría en uno de los costados del edificio al nivel de la planta baja. En su centro, ocupando toda su extensión, había un estanque alimentado por numerosas fuentes dispuestas a intervalos en sus lados. El jardín estaba cubierto por emparrados sostenidos por arcos que en aquella época primaveral estaban tupidos, así que encerraban un fresco y agradable túnel que finalizaba en una glorieta. Junto a las bases de los emparrados estaban dispuestos bancos de obra desde los que contemplar los numerosos chorros de agua que se alzaban en el aire antes de caer al estanque.

Hernando se apoyó contra una de las hojas de la puerta. En uno de los bancos estaba sentada Isabel con un bordado en su regazo. Miraba sonriente las correrías de sus hijos, que intentaban escapar de los cuidados del aya. Un rayo de sol que se filtraba a través del emparrado iluminaba su figura en la umbría del frondoso túnel. Hernando la contempló, vestida con su acostumbrado traje negro: su cabello pajizo, el mismo que llamó su atención años atrás y la salvó de la esclavitud, hacía destacar unas facciones dulces y agradables, unos labios carnosos, el cuello largo bajo su pelo recogido y unos pechos generosos que pugnaban con el vestido que los oprimía; cintura estrecha y caderas grandes, el cuerpo voluptuoso de una joven madre de tres hijos. El sol se reflejó en su mano cuando Isabel la extendió para indicarle a Gonzalico que no se acercase tanto al estanque. Hernando siguió el movimiento de aquella mano blanca y delicada y se quedó prendado de ella. Luego observó al niño, pero éste volvía a correr delante del aya, sin hacer caso a su madre. Un inquietante cosquilleo recorrió la espalda de Hernando cuando se volvió hacia Isabeclass="underline" sus ojos castaños se mantenían fijos en él. Su respiración se aceleró al percibir cómo los senos de Isabel se agitaban bajo el «cartón de pecho» que los aprisionaba. ¿Qué estaba sucediendo? Turbado, aguantó su mirada unos instantes, seguro de que desviaría la atención a los niños o al bordado, pero ella no cedió. En el momento en que empezaba a sentir cómo el cosquilleo descendía hasta su entrepierna, abandonó con brusquedad el lugar, buscó a uno de los criados y le ordenó que embridase a Volador.

Una semana más tarde, don Ponce y su esposa organizaron una fiesta en honor de su invitado. Durante esos siete días, mientras trabajaba por las mañanas, Hernando, de espaldas a las puertas, trató de concentrarse en el informe del duque y hacer caso omiso de las risas que parecían llamarle desde el jardín.

Establecer una feria franca anual para que los alpujarreños pudieran vender sus mercaderías… Habilitar un puerto… Plantar morales y viñas… Permitir que los lugareños pudieran vender las tierras adjudicadas… Organizar la justicia en la zona… Reprimiendo el instinto que le movía a volverse hacia el jardín para ver a Isabel, desarrolló todas y cada una de las ideas que se le ocurrieron a fin de promover el comercio en la zona y así posibilitar un aumento de las rentas reales. Pero lo cierto es que trabajaba con lentitud, se sentía cansado. No dormía bien. Durante las noches, cada ruido que escuchaba desde el dormitorio de doña Isabel retumbaba en su habitación. Sin quererlo, sin poder evitarlo, se encontró aguzando el oído, conteniendo la respiración para escuchar los murmullos al otro lado de la pared; hasta creyó oír el roce de las sábanas y el crujir de la madera de la cama, seguramente adoselada, cuando Isabel cambiaba de postura. Porque tenía que ser ella; en momento alguno de sus tortuosas noches pudo imaginar que cualquiera de aquellos sonidos provinieran del juez. A veces pensaba en Fátima y se le encogía el estómago, como la primera vez que tras su muerte había acudido a la mancebía, pero al cabo de unos instantes volvía a descubrirse pendiente de la habitación contigua. Sin embargo, durante el día, a la luz del sol, se esforzaba por evitar a Isabel, entre avergonzado e incómodo.

La misma mañana del día de la fiesta logró poner punto final a su informe, en el que en carta aparte comunicaba al duque su estancia en casa de don Ponce de Hervás y de su esposa Isabel. Como no disponía de sello, pidió al oidor que lo lacrase con el suyo y, aprovechando una expedición que según don Ponce iba a partir hacia Madrid, despachó a uno de los criados con el encargo.

La fiesta estaba prevista para el atardecer. Hernando y don Sancho, a cargo del oidor, fueron provistos de ropas nuevas acordes con el boato que éste quería dar al acontecimiento. Parados en la entrada del carmen, como les rogó don Ponce, el hidalgo y Hernando esperaban a los invitados para ser presentados a ellos. Don Sancho no podía ocultar su nerviosismo.

– Tendrías que haber aprendido a danzar -le dijo, contemplándose con vanidad.

– ¡Campanela! -se burló Hernando dando un saltito en el aire.

– El arte de la danza… -empezó a replicar el hidalgo.

Unos comedidos aplausos interrumpieron sus palabras.

– ¿También sabes danzar? -se escuchó de voz de una mujer.

Hernando se volvió. Isabel dejó de palmear y se dirigió hacia ellos erguida y altiva. Andaba a pasitos debido a los chapines de suela de corcho adornada con incrustaciones de plata y de una altura de cuatro dedos, que se entreveían bajo su falda. La mujer había trocado el negro habitual por un traje de raso verde oscuro de dos piezas, acuchillado y picado con telas en diferentes tonalidades del mismo color. La pieza superior, que se iniciaba en una lechuguilla que le tapaba el cuello hasta las orejas, tenía forma de cono invertido, cuya punta se montaba sobre la falda verdugada que se abría en campana desde la cintura. El cono escondía un «cartón de pecho» que presionaba sobre sus senos, quizá más de lo usual, ocultando la generosidad natural que se intuía otros días. Sus pómulos resaltaban, coloreados con papel tintado en rojo, y sus ojos aparecían brillantes y delineados con una mezcla de antimonio disuelta en alcohol. Un magnífico collar de perlas realzaba el conjunto. Don Sancho desvió la mirada de Isabel, regañándose con una casi imperceptible negación al percatarse de que su atención superaba los límites de la cortesía. Luego intentó advertir a Hernando llevando la mano a su antebrazo, pero ni siquiera consiguió que éste cerrara la boca: observaba embobado a la mujer que caminaba hacia ellos.

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