Venganza en Sevilla
- Автор: Asensi Matilde
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Venganza en Sevilla». Краткое содержание книги:
Su doble identidad -como Catalina y como Martín Ojo de Plata- y un enorme ingenio le hacen diseñar una venganza múltiple con distintas estrategias que combinan el engaño, la seducción, la fuerza, la sorpresa, el duelo, la medicina y el juego, sobre un profundo conocimiento de las costumbres de aquella sociedad…
Asentí levemente con la cabeza al tiempo que las lágrimas comenzaban a rebosarme de los ojos. No me sorprendía lo que Damiana me anunciaba. Desde que le había visto en la Crujía conocía que estaba más allá que aquí.
– Aunque, señor, hay algo que sí puedo hacer por él y por voacé.
La miré sin comprenderla y sin dejar de llorar silenciosamente.
– Puedo despertarle, señor, puedo darle un cocimiento que hará que recupere la razón durante un breve tiempo, mas luego, y sin remedio, morirá.
– Y si no se lo das, ¿vivirá?
– No, señor Martín, no vivirá y, por más, se marchará de este mundo sin resolver lo que aún le ata a la Tierra.
– Sea, pues. Dale el cocimiento.
Entretanto Damiana se aplicaba en el brasero con sus hierbas y caldos, yo me senté en el borde de la cama de mi padre y le tomé una mano. No iba a poder rescatarle y devolverle al lado de madre. Había cruzado la mar Océana para salvarle y retornaría sin él. Me odiaba por ello. Hubiera deseado hallarme de nuevo en la cubierta de la Chacona yoír su vozarrón malhumorado: «¡Martín! ¡Miserable muchacho del demonio! ¿Dónde te has metido? ¿Es que no piensas trabajar? ¡Por mis barbas! ¡El barco zarpa y hacen falta tus enclenques brazos!» Sonreí al recordarlo. Le pasé una mano por el fino rostro, acariciándole, y le arreglé los cabellos sobre las almohadas. ¡Qué distinta hubiera sido mi vida si aquel padre que la fortuna me dio en el lugar del que había perdido en España no hubiera velado por mí y por mi futuro! ¿Qué haría desde ahora sin él, cómo seguiría viviendo? «¿Quién sabe…? Quizá algún día utilices tus dos personalidades, la de Catalina y la de Martín, según tu voluntad y conveniencia. Me gustaría, si tal ocurriese, estar vivo para verlo.»
– ¡Oh, padre! -gemí, apoyando mi frente en su escuálido pecho-. ¡No os muráis!
Cuando alcé la cabeza, con la cara bañada en lágrimas, Damiana estaba dejando caer entre sus labios un hilillo de líquido amarillo.
– Permitidle respirar -me pidió la cimarrona, apartándose y poniendo una mano bajo el cacillo con el que le había nutrido para que no gotease. Obediente, me levanté y me alejé.
Al punto, mi padre empezó a gemir débilmente. Quise acercarme a él, mas Damiana me paró con la mirada. Era terrible ver cómo despertaba, sufriendo de tan grandes dolores, sin poder auxiliarle ni darle cobijo entre mis brazos. Sus quejidos y suspiros se hicieron más fuertes. Me tapé el rostro con las manos por no verle luchar por la vida de aquella manera. No era yo sino madre, con su amor, quien debería estar pasando a su lado esos últimos y terribles instantes. Estaba segura de que él también lo hubiera preferido, por eso me sobresalté como si una espada me hubiera atravesado el pecho cuando exclamó con voz débiclass="underline"
– ¡Martín!
Aparté las manos y vi que había abierto los ojos y que revolvía la cabeza sobre las almohadas. Tomando aire penosamente, me llamó de nuevo:
– ¡Martín! ¡Martín! ¿Dónde te has metido?
Me allegué hasta él y le abracé con todas mis fuerzas, asombrada por aquel prodigio que Damiana acababa de obrar y feliz como nunca por verle recobrar el juicio. Él, con poca o ninguna fuerza, me devolvió el abrazo entretanto la cimarrona se retiraba discretamente al rincón del brasero y recogía sus avíos de curandera.
– No puedo ver, hijo -me dijo mi padre.
Y yo no podía hablar. Tenía un nudo en la garganta tan grande que ni el aire más fino me pasaba.
– ¡Ah, ya me vuelve la memoria! -murmuró-. Todo me vuelve de a poco a la memoria. Todo.
Le abracé más fuerte.
– ¿Dónde estamos, hijo? -preguntó.
– En Sevilla, padre, en la Cárcel Real de Sevilla.
Las lágrimas me rodaban copiosamente por el rostro y no podía hablar. Él quiso alzar una mano para rozarme el cabello mas no halló las fuerzas y la dejó caer, mustia, sobre el lecho.
– Ya decía yo que este olor no era el de mis costas -suspiró-. Estoy ciego, hijo, y muy cierto de que voy a morir en breve, de cuenta que apenas me queda tiempo para narrarte las cosas importantes que debes conocer. Cuánto lamento no poder verte, Martín, aunque quizá todo esto no sea más que un sueño y ni tú estás aquí ni yo estoy despierto.
– No hable vuestra merced -le supliqué-. Todo es real. Yo estoy aquí, en Sevilla, con vos. Dejadme contaros que madre os añora y que todos os están esperando en Tierra Firme.
Sonrió.
– ¿María está viva?
Me quedé en suspenso. Mi padre deliraba. Él había sido hecho preso antes del ataque pirata a Santa Marta. No tenía por qué dudar de que madre se encontrase bien. Guardé silencio por no errar.
– ¡Dime, hijo, si María sobrevivió al asalto de Jakob Lundch! -se enfadó, mostrando el genio vivo de sus mejores tiempos.
Ahora era yo quien estaba perdida y no sabía si soñaba.
– ¿A qué os referís, padre? -murmuré.
– ¡A lo que hizo ese pirata flamenco por orden de los Curvos!
Noté que se desvanecía entre mis brazos como si fuera de humo y le dejé caer suavemente sobre la cama.
– No se inquiete vuestra merced, padre. Madre está bien. Sobrevivió y ahora se halla en Cartagena, en casa de vuestro compadre Juan de Cuba, esperándoos.
– Yo no volveré a Tierra Firme, hijo mío. Dile a madre que siempre ha sido, y siempre será, la dueña y señora de mi corazón y de mis pensamientos. Tú deberás encargarte de ella, Martín. Tengo hecho testamento en un notario de Cartagena, el mismo a través del cual te prohijé. No puedo recordar su nombre.
– No os esforcéis, padre, todo se dispondrá a vuestro gusto.
– ¿Qué pasó con la tienda, la mancebía y la nao? -preguntó ahogadamente.
– Ardieron, padre. Jakob Lundch no dejó piedra sobre piedra. Lo incendió todo después de saquear la ciudad.
– ¿Y los hombres? ¿Y las mancebas?
En verdad no estaba segura de que aquellos preciosos instantes de vida tuviera que pasarlos sufriendo.
– Vivos también. Todos se salvaron.
– Mientes, muchacho -afirmó, y giró tristemente la cabeza hacia el otro lado.
– ¡Padre! -exclamé, estremecida-. ¿Por qué no me creéis? ¡Vuestra merced no puede saber lo que ocurrió! ¡Os llevaron preso antes del ataque!
Estaría ciego, mas sus ojos fulguraron cuando volvió a posarlos en mí. ¡Cuán grande era su enojo!
– Hice un viaje muy largo desde Cartagena hasta aquí con la Armada de Tierra Firme -musitó.
– Lo sé, padre, lo sé.
– Y Diego Curvo iba en la misma nave que yo.
Enmudecí. Cuando Alonsillo me dijo que los condes de Riaza habían desembarcado de la capitana junto a un reo anciano, algo dentro de mí me había advertido de la sinrazón del asunto. Ya me temí entonces alguna desgracia, mas, por la prisa que tenía de hallar a mi padre, no quise darle importancia.
– El muy hideputa -gruñó fatigosamente- aprovechaba los largos ratos de tedio en la mar para visitarme en la sentina, donde me tenían con grillos y cadenas. Se divertía golpeándome con una vara en las costillas y, después, se refocilaba como los puercos en lo que él llamaba la justicia de los Curvos.
– ¿La justicia de los Curvos? -Yo sólo había oído hablar de la justicia del rey.
– No nos perdonaron lo de Melchor de Osuna, hijo, y no por lealtad a su miserable primo, al que han hecho castigar con dureza aquí, en España, sino porque gentes acaudaladas, distinguidas y de renombre como ellos no pueden permitir que chusma infame como nosotros, villanos ruines y de baja condición, les tengamos puesta la mano en la horcajadura.