Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Venganza en Sevilla
Venganza en Sevilla - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Venganza en Sevilla

Электронная книга - «Venganza en Sevilla». Краткое содержание книги:

Sevilla 1607. Catalina Solís -la protagonista de Tierra firme- llevará a cabo su gran venganza en una de las ciudades más ricas e importantes del mundo, la Sevilla del siglo XVII. Catalina cumplirá así el juramento hecho a su padre adoptivo de hacer justicia a sus asesinos, los Curvo, dueños de una fortuna sin igual amasada con la plata robada en las Américas.
Su doble identidad -como Catalina y como Martín Ojo de Plata- y un enorme ingenio le hacen diseñar una venganza múltiple con distintas estrategias que combinan el engaño, la seducción, la fuerza, la sorpresa, el duelo, la medicina y el juego, sobre un profundo conocimiento de las costumbres de aquella sociedad…
1 ... 6 7 8 9 10 11 12 13 14 ... 59
Перейти на страницу:

– ¿Conoces su cargamento?

El mozo arrufianado se extrañó de mi curiosidad.

– Adivino por vuestras ropas de viaje que sois recién llegado -dijo, creciéndose-. ¿A qué esas preguntas?

Busqué en mi faltriquera, bajo el gabán, y le lancé por el aire un ochavo [17] que él cogió graciosamente y de buena gana. Por su respingo, tuve para mí que hasta ese día no había contado más que en coronados. [18]

– ¿Y a qué vienen las tuyas, bribón? Responde a lo que te demandé, si es que quieres más monedas.

– Dicen que traía en sus arcones cuatro millones y medio de ducados en oro y plata, perlas y piedras, y dos en añil, cochinilla y otras mercaderías.

– ¿Cómo estás tan bien instruido? -me sorprendí.

– En Sevilla, señor, todo se conoce. Bien se aprecia que sois de fuera. Parecéis gitano, berberisco o, quizá, mestizo. ¿De qué tierra viene vuesa merced, señor gentilhombre?

Aquel esportillero malnacido era un curioso impertinente mas, si no respondía, podía formar una algarabía y llamar a los alguaciles de la puerta del Arenal, no muy distante.

– De Toledo. Acabo de llegar.

Se vio en sus ojos que me había comprendido. Me tomaba ahora por judío converso. Su gesto y su tono cambiaron al punto pues su nariz olisqueó caudales.

– ¿Necesitáis un criado, señor? -se ofreció ansiosamente-. Yo conozco Sevilla como nadie. Aquí nací y aquí he vivido siempre. Mi nombre es Alonso, Alonso Méndez. Puedo ayudaros en todo cuanto preciséis y aun en más.

No me vendría mal su ayuda, me dije, mas no me parecía un sujeto de fiar y no quise comprometerme.

– ¿Y el pasaje que vino con la Armada?

Alonso, con la montera en una mano y actitud servicial, se arregló los rubios cabellos echándoselos hacia atrás y se quedó en suspenso, pensativo.

– No venía más pasaje -dijo, al fin- que el que traía la capitana y eran unos condes, se dijo que los de Riaza, y un reo anciano que llevaron a la Cárcel Real.

Si hubiera visto una aparición o un fantasma no habría sido mayor mi sobresalto pues, a tal punto me turbé, que no pude hablar palabra por un buen espacio. ¿Los condes de Riaza? ¿Diego Curvo y su joven esposa en Sevilla? ¿Por qué? Sólo quedaba Arias en Tierra Firme para poner en ejecución los negocios sucios de la familia.

– ¿Os encontráis mal, señor? -me preguntó el mozo. Yo tenía la mirada perdida en el río y no me tomé la molestia de responderle.

¿Qué se me daba a mí de lo que hicieran los Curvos a los dos lados de la mar Océana? Habíamos sellado un tratado durante el juicio a su primo Melchor de Osuna por el cual ellos se comprometían a dejarnos en paz y nosotros a guardar silencio sobre sus fullerías comerciales. Lo único que me debía importar era que mi padre estaba en Sevilla y que yo tenía que rescatarlo.

– ¿Dónde está la Cárcel Real?

– ¿Conocéis donde se une la calle Sierpes con la plaza de San Francisco? -Me escudriñó el semblante, que yo tenía como de palo y, asintiendo confiadamente, echó a correr entre las gentes como asno con azogue en los oídos [19]-¡Yo puedo llevaros, señor! ¡Seguidme!

No me iba a resultar fácil deshacerme de tan pertinaz y solícito criado. Di espuelas a mi caballo y partí en pos de él, cruzando la puerta del Arenal y siguiendo por la bulliciosa y espaciosa calle de la Mar hasta llegar a la Iglesia Mayor, la más suntuosa y rica que contemplarse pueda, en cuyas Gradas cercadas de cadenas se reunían los mercaderes para realizar los grandes negocios del Nuevo Mundo. Mas si algo me estaba sorprendiendo desde que había entrado en Sevilla no era tanto la ostentosísima riqueza de sus edificios e iglesias como la trágica pobreza en la que vivían sus gentes. O yo tenía la memoria muy flaca o mis años en Tierra Firme me habían hecho olvidar la miseria de los habitantes de España. A pesar de ser súbditos del rey más poderoso del orbe y de vivir en el más grande imperio, los españoles pasaban hambre y frío, carecían de lo necesario y sufrían de ese embrutecimiento que produce el prolongado infortunio. No era de extrañar, pues, que los más listos y valientes emigraran al Nuevo Mundo buscando una oportunidad para mejorar su situación y una vida nueva para sus familias. España era un gigante con los pies de barro y los Austrias no hacían más que empeorar la situación.

Desde la Iglesia Mayor, torciendo a la siniestra, el mozo rubio y yo marchamos recto hasta la plaza de San Francisco, de grande elegancia por sus pórticos y su señorial suelo empedrado, lugar en el que se hallaban la Audiencia, el Ayuntamiento de la ciudad y, por más, se realizaban las ejecuciones públicas y las fiestas de toros y cañas. Decenas de mendigos harapientos y ateridos pedían limosna por el amor de Dios bajo los soportales y a la redonda de una graciosa fuente culminada por una figura de bronce que dominaba la plaza desde un costado.

El mozo se detuvo al fin frente a un enorme edificio que lucía varios escudos de armas y, en lo alto, una grande estatua de la Justicia con una espada en ristre en una mano y un peso enfilado en la otra. Mucho me admiró la cuantiosa e incesante afluencia de gentes que entraban y salían por su puerta principal.

Detuve mi cabalgadura y desmonté, pensando en dejarla al cuidado de Alonso, mas éste tomó las riendas de mi mano y se alejó unos pasos para entregarlas a unos mozos malcarados que parecían tener por oficio el cuidado de las monturas, especialmente las de aquellos que visitaban la cárcel. Al punto lo tuve junto a mí, dispuesto a seguirme, y descubrí que me sacaba más de una cabeza y que era bien formado y robusto, aunque atufaba ásperamente a ajos crudos.

– ¿Queréis entrar, señor? -me preguntó, mirando el tráfago de gentes que abrumaban la puerta.

– Debo hacerlo.

– Entonces, dejad que os ayude. ¿Buscáis a un reo?

Asentí, encaminándome hacia el edificio. Alonso me alcanzó.

– Decidme su nombre.

– No tengo por qué -razoné secamente-. No te conozco de nada y no preciso de tus servicios. Tengo para mí que te pagué bien en el Arenal. No me sigas.

– ¡No sabéis lo que hacéis, señor! -me gritó-. La Cárcel Real es un infierno y no encontraréis a vuestro amigo si alguien como yo no os ayuda.

Me volví y le miré fijamente.

– ¿Acaso la conoces por haberla habitado, Alonso?

El bellaco enrojeció.

– ¿Qué mejor ayuda podríais desear? -repuso-. La Cárcel Real es un lugar de tan grande confusión que saldréis de ella robado, timado y tan desnudo como el día que vinisteis al mundo y, por más, sin haber encontrado al que buscáis.

El pensamiento de acabar desnuda en el interior de una cárcel de hombres fue lo que me decidió a consentir, aunque no sabía si un antiguo vecino de tan asqueroso lugar era la compañía que en verdad precisaba para hallar a mi padre.

– Decidme el nombre de vuestro amigo -insistió.

– No es un amigo. Es mi padre. Se llama Esteban Nevares, hidalgo de linaje, y llegó a Sevilla la pasada semana en la capitana de la Armada de Tierra Firme.

Casi pude oír el ruido que hacían las cavilaciones dentro de la testa rubia de Alonso. A pesar de ello, nada dijo. Se conformó con volver a examinarme el rostro buscando los restos de aquel judío de Toledo que ahora se asemejaba más, y mejor, a un joven mestizo de las Indias Occidentales.

– Sea -resopló-. Seguidme, señor. Encontraré a vuestro padre.

Si había algún lugar inmundo sobre la Tierra donde todos los crímenes, las miserias y las desgracias se reunieran bajo un mismo techo, ése era la Cárcel Real de Sevilla. Abriéndonos paso a codazos entre la muchedumbre, cruzamos la entrada y llegamos hasta una puerta junto a la que se hallaba, placenteramente sentado, un portero a quien parecían importarle un ardite las gentes que salían o entraban.

вернуться

[17] Moneda de cobre cuyo valor era de dos maravedíes.

вернуться

[18] Moneda de vellón equivalente a la sexta parte de un maravedí. Era la moneda habitual de la gente humilde. Sancho Panza cuenta en coronados en el Quijote, llamándolos cornados.

вернуться

[19] En aquella época era común echar un poco de mercurio en las orejas de las caballerías para que corrieran más.

~ 10 ~ Предыдущая страница Следующая страница var width = window.innerWidth || document.documentElement.clientWidth || document.body.clientWidth; if (width > 768) { (function(w, d, n, s, t) { w[n] = w[n] || []; w[n].push(function() { Ya.Context.AdvManager.render({ blockId: "R-A-430869-4", renderTo: "yandex_rtb_R-A-430869-4", async: true }); }); t = d.getElementsByTagName("script")[0]; s = d.createElement("script"); s.type = "text/javascript"; s.src = "//an.yandex.ru/system/context.js"; s.async = true; t.parentNode.insertBefore(s, t); })(this, this.document, "yandexContextAsyncCallbacks"); } var width = window.innerWidth || document.documentElement.clientWidth || document.body.clientWidth; if (width
1 ... 6 7 8 9 10 11 12 13 14 ... 59
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)