Venganza en Sevilla
- Автор: Asensi Matilde
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Venganza en Sevilla». Краткое содержание книги:
Su doble identidad -como Catalina y como Martín Ojo de Plata- y un enorme ingenio le hacen diseñar una venganza múltiple con distintas estrategias que combinan el engaño, la seducción, la fuerza, la sorpresa, el duelo, la medicina y el juego, sobre un profundo conocimiento de las costumbres de aquella sociedad…
– A esta primera puerta se la conoce como la Puerta de Oro -me explicó Alonso-, porque mucho oro ha de pagar el reo al alcalde y a los porteros si quiere alojarse en la casa pública, donde recibe un trato de privilegio y dispone de aposentos con todas las comodidades.
Subimos unas escaleras y, al cabo, llegamos hasta unas rejas de hierro tan abiertas como la Puerta de Oro y con otro portero en todo semejante al anterior. Siete u ocho presos pobres se apoyaban en ella, como esperando algo.
– A esta puerta se la conoce como la Puerta de Cobre -volvió a explicarme Alonso-, porque a los que entran por ella les basta con disponer de dineros de cobre y vellón.
Uno de los presos que descansaba en la reja miró a mi flamante criado y le reconoció:
– ¡Eh, Alonsillo! ¡Demonio de mozo! ¿Qué has hecho esta vez?
Alonso sonrió y los dos se fundieron en un abrazo de bravos, jactancioso y teatral.
– Estoy de visita, hermano, y he menester tu ayuda. Mi amo -y me señaló con el dedo- está buscando a uno de los reos nuevos, uno que llegó la pasada semana y que responde por Esteban Nevares.
– No digas más, muchacho -dijo el preso con el tono pomposo de un ministro de la corte. Luego, se volvió hacia el interior del corredor y gritó a voz en pecho-: ¡Hola! ¡A Esteban Nevares!
En lo que se tarda en dar un trago de vino, una voz tras otra empezaron a repetir el grito de llamada hasta escucharse como si llegara desde las entrañas de la Tierra. Al cabo, la Cárcel Real de pleno, en la mayor confusión y griterío del mundo, coreaba el nombre de mi padre hasta resultar imposible oír lo que Alonso intentaba decirme al oído:
– ¡Déle vuesa merced tres o cuatro coronados a mi hermano!
– ¿Qué dices?
– ¡Que le dé vuesa merced cuatro o cinco coronados a mi hermano Ramón de Vargas!
Asentí, saqué las monedas y las puse en la mano callosa y mugrienta del tal Ramón, que las miró con avarienta alegría.
La algarabía se acalló de a poco y del nuevo sosiego surgieron otras voces, cada una más cercana que la anterior:
– ¡Galera Nueva y Crujía! ¡Hola!
– ¡Galera Nueva y Crujía! ¡Hola!
– ¡Galera Nueva y Crujía! ¡Hola! -gritó, por fin, el baladrero más cercano.
Ramón de Vargas, que había hecho desaparecer las monedas en una bolsilla que ocultó en su seno, sonrió satisfecho.
– Ya sabes dónde está -le dijo a Alonso y éste asintió-. Pasa, que sabes llegar tú solo.
Alonso, en vez de entrar por la Puerta de Cobre donde trabajaba su amigo, giró talones a la siniestra y se encaminó hacia otra reja abierta de par en par que daba también a unos corredores.
– Ésta es la Puerta de Plata, señor, y es así conocida porque los presos que aquí se afligen deben pagar mucha plata si es que quieren vivir sin grillos.
Entramos por el corredor. Allí todo era muy grande, conforme al tamaño del edificio que había visto desde fuera. Lo que propiamente resultaba ser la prisión no consistía tanto en celdas o calabozos como en ranchos, o lo que es lo mismo, lugares donde se hacinaban trescientos o cuatrocientos presos separados sólo por mantas viejas que colgaban de luengas cuerdas. Cada uno de esos ranchos, me explicó Alonso, tenía su propio nombre, que venía dado por los delitos y el jaez de los reos que en ellos se juntaban y, así, en aquella galería, estaba el rancho de los Bravos seguido por el llamado Tragedia y, al fondo, el que llamaban Venta, porque en él pagaban a escote los presos nuevos.
– En los entresuelos -me explicaba Alonso mientras seguíamos caminando entre la confusa multitud en la que resultaba imposible distinguir los que eran inquilinos de los que sólo estaban de visita- hay otros cuatro ranchos: Pestilencia, Miserable, Ginebra y Lima Sorda.
– ¡Pardiez! ¿Cuántos reos tiene esta prisión?
– De mil a mil ochocientos según el momento del año.
Y, ¿qué decir de la presencia de mujeres? No menos de trescientas o cuatrocientas mancebas de vida distraída zanganeaban por allí, llevando jarras de vino y asistiendo a las partidas de naipes como entretenidas de sus galanes. El lugar era sucio y lúgubre, y olía muy mal, a pozo de excrementos y a animales muertos, y, en alguna ocasión, se me revolvieron las tripas y me dieron bascas. Sentí temor de andar por allí, entre aquellas gentes de tan mala calidad, y me acobardaron los gritos, los golpes, las peleas, las voces malsonantes y amenazadoras, el barullo brutal. Sólo la necesidad de encontrar a mi padre, ya tan cercano, y de abrazarle y sacarle de allí me permitió seguir dando un paso después de otro.
Comenzamos a descender por una nueva escalera que daba a un patio cuadrado, de unos treinta pasos de anchura por otros treinta de largor, en el centro del cual había una fuente donde algunos se divertían echándose agua unos a otros. A la redonda del patio había unos catorce o quince calabozos, en uno de los cuales, me dijo Alonso, se daba el tormento. Había, asimismo, cuatro tabernas en las que se vendía vino, carne y bacalao, y algunas tiendas de fruta y aceite, todas ellas propiedad del alcalde y del sotoalcalde, que las arrendaban por catorce o quince reales al día.
Alonso se fue hacia la siniestra y entró en un corredor oscuro.
– Ésta es la Galera Nueva, señor. Aquí, en uno de sus ranchos, se encuentra vuestro padre.
¡Asqueroso albergue de aire apestado! ¡Allí, en aquella miseria hedionda en la que abundaban los peores facinerosos, bergantes, desalmados, blasfemos, perjuros, violadores y criminales habían encerrado a mi señor padre, al hombre más digno, honrado y bueno de todo lo conocido de la Tierra! Cuatro cirios allí y otros tantos allá y acullá iluminaban las tinieblas.
– ¿Quién va? -gritó alguien.
– ¡Alonso Méndez, a quien conoces! -respondió mi criado-. Voy a la Crujía, a ver a uno.
– Pasa, pues -gruñó la voz.
– Andad con tiento en este corredor, señor -murmuró mi criado-. Aquí, en la Galera Nueva, están los hombres que han cometido los delitos más grandes. Nosotros vamos al rancho llamado Crujía, donde están los galeotes, mas aquí se encuentran también los ranchos conocidos como Blasfemo, Compaña, Goz, Feria, Gula y Laberinto.
– ¿Y quiénes los habitan? -susurré.
– No queráis saberlo. La hez de la humanidad, señor, su escoria más corrompida. Poned la mano en vuestras armas bajo el gabán y no las soltéis.
¿Mi padre estaba allí? En mi alma pujaban la rabia y el odio. Sonaban dentro de mi cabeza las palabras que me dijo mi compadre Sando, allá en el lejano palenque: «Salva a tu padre, Martín. La justicia del rey no es buena. Es mala.» ¡Qué grande razón tenía! Y eso que él no había visto la Cárcel Real, donde se ponía en ejecución la susodicha justicia del rey.
– Aquí debe de hallarse vuestro padre, señor -me dijo Alonso, apartando la manta que cubría una entrada.
No se veía nada. Todo eran sombras, sombras y hedor a sangre seca y a inmundicias humanas. Los gemidos de las gentes que allí se encontraban eran lo único que delataba su presencia. Mi criado se alejó y me dejó sola, a oscuras, tan agarrotada que no podía ni abrir la boca para llamar a mi padre, mas regresó al punto con una vela encendida.
– Me ha costado el ochavo que me disteis en el puerto -declaró.
– Te lo pagaré de nuevo -dije, arrancándosela de las manos y allegándome al preso que tenía más cerca. El hombre, tumbado sobre el suelo, se quejó, soltó una blasfemia y se llevó los brazos a los ojos para protegerse de la luz. No le cabían más picaduras de pulgas y de chinches en el cuerpo. El segundo roncaba y no se apercibió de mi presencia. El tercero despellejaba ansiosamente una rata gorda y gris entretanto se la iba comiendo cruda y se enfadó mucho cuando la luz reveló lo que hacía. Empezó a gritar e intentó disimular la rata en sus espaldas, creyendo que yo venía en voluntad de quitársela.