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La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]

Электронная книга - «La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]». Краткое содержание книги:

Los lectores que llegaron con el corazón en un puño al final de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina quizás prefieran no seguir leyendo estas líneas y descubrir por sí mismos cómo sigue la sene y, sobre todo, qué le sucede a Lisbeth Salander.
Como ya imaginábamos, Lisbeth no está muerta, aunque no hay muchas razones para cantar victoria: con una bala en el cerebro, necesita un milagro, o el más habilidoso cirujano, para salvar la vida. Le esperan semanas de confinamiento en el mismo centro donde un paciente muy peligroso sigue acechándola: Alexander Zalachcnko, Zala. Desde la cama del hospital, y pese a su gravísimo estado, Lisbeth hace esfuerzos sobrehumanos para mantenerse alerta, porque sabe que sus impresionantes habilidades informáticas han a ser, una vez más, su mejor defensa.
Entre tanto, con una Erika Berger totalmente inmersa en las luchas de poder y las estrategias comerciales del poderoso periódico Svenska Morgon-Posten, en horas bajas tras el descenso de las ventas y de los anunciantes, Mikael se siente muy solo. Quizás Lisbeth le haya apartado de su vida, pero a medida que sus investigaciones avanzan y las oscuras razones que están tras el complot contra Salander van tomando forma, Mikael sabe que no puede dejar en manos de la Justicia y del Estado la vida y la libertad de Lisbeth. Pesan sobre ella durísimas acusaciones que hacen que la policía mantenga la orden de aislamiento, así que Kalle Blomkvist tendrá que ingeniárselas para llegar hasta ella, ayudarla, incluso a su pesar, y hacerle saber que sigue allí, a su lado, para siempre.
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– En el peor de los casos, les queda una copia del informe de 1991.

Clinton y Sandberg hicieron un gesto afirmativo; habían llegado a la misma conclusión.

– La cuestión es cuánto provecho le pueden sacar -dijo Sandberg-. Ese informe compromete a Björck y a Teleborian. Björck está muerto. Atacarán duramente a Teleborian, aunque él puede afirmar que simplemente realizó un examen psiquiátrico forense normal y corriente. Será su palabra contra la de ellos, y, por descontado, Teleborian se desentenderá de todas esas acusaciones.

– ¿Cómo debemos actuar si publican el informe? -preguntó Nyström.

– Creo que tenemos las de ganar -dijo Clinton-. Si el informe provoca algún revuelo, se centrarán en la Säpo, no en la Sección. Y cuando los periodistas empiecen a hacer preguntas, la Säpo sacará el informe de sus archivos…

– Y no será el mismo informe -dijo Sandberg.

– Shenke ha metido el otro en el archivo; o sea, el modificado, la versión que ha leído el fiscal Ekström. Y se le ha dado un número de registro. De ese modo podremos sembrar, con bastante rapidez, una gran cantidad de desinformación en los medios de comunicación… Porque nosotros tenemos el original, el que pilló Bjurman, y Millennium sólo tiene una copia. Incluso podríamos difundir alguna información que insinuara que Blomkvist ha falsificado el informe.

– Bien. ¿Qué más podría saber Millennium?

– No pueden saber nada de la Sección. Es imposible. Así que se centrarán en la Säpo, lo que hará que Blomkvist parezca un tipo obsesionado con las conspiraciones y la Säpo sostendrá que está chalado.

– Es bastante conocido -dijo Clinton lentamente-. Después del caso Wennerström goza de una alta credibilidad.

Nyström asintió.

– ¿Habría alguna manera de reducir esa credibilidad? -preguntó Jonas Sandberg.

Nyström y Clinton intercambiaron miradas. Luego los dos asintieron. Clinton volvió a mirar a Nyström.

– ¿Crees que podrías conseguir… digamos unos cincuenta gramos de cocaína?

– Tal vez de los yugoslavos.

– Vale. Inténtalo. Pero urge. El juicio empieza dentro de dos días.

– No entiendo… -dijo Jonas Sandberg.

– Es un truco tan viejo como el oficio. Pero sigue siendo enormemente eficaz.

– ¿Morgongåva? -preguntó Torsten Edklinth, frunciendo el ceño. Estaba en casa, sentado en el sofá con la bata puesta y leyendo la autobiografía de Salander por tercera vez, cuando lo llamó Monica Figuerola. Como eran más de las doce de la noche, dio por sentado que no se trataba de nada bueno.

– Morgongåva -repitió Monica Figuerola-. Sandberg y Lars Faulsson subieron hasta allí a eso de las siete de la tarde. Curt Svensson, del equipo de Bublanski, los estuvo siguiendo todo el camino, tarea facilitada por el hecho de que tenemos instalada una emisora en el coche de Sandberg. Aparcaron cerca de la vieja estación de trenes, dieron un paseo por los alrededores y luego volvieron al coche y regresaron a Estocolmo.

– Entiendo. ¿Se encontraron con alguien o…?

– No. Eso es lo raro. Se bajaron del coche, dieron una vuelta y, acto seguido, volvieron al coche y regresaron a Estocolmo.

– Ajá. ¿Y por qué me llamas a las doce y media de la noche para contarme eso?

– Tardamos un rato en comprenderlo. Pasaron por delante del edificio en el que se encuentra Hallvigs Reklamtryckery. He hablado con Mikael Blomkvist; es allí donde imprimen Millennium.

– ¡Joder! -dijo Edklinth.

Comprendió en el acto lo que eso implicaba.

– Como lo acompañaba Falun, supongo que pensaban hacer una visita a la imprenta, pero interrumpieron la expedición -dijo Monica Figuerola.

– ¿Por qué?

– Porque Mikael Blomkvist le ha pedido a Dragan Armanskij que vigile la imprenta hasta que se distribuya la revista. Probablemente descubrieran el coche de Milton Security. He pensado que te gustaría saberlo de inmediato.

– Tienes razón. Eso significa que han empezado a sospechar que hay moros en la costa…

– O, como poco, que se les activaron las alarmas cuando descubrieron el coche. Sandberg dejó a Faulsson en el centro y luego volvió al edificio de Artillerigatan. Sabemos que Fredrik Clinton está allí. Georg Nyström llegó más o menos al mismo tiempo. La cuestión es saber cómo van a actuar.

– El juicio empieza el martes… ¿Puedes llamar a Blomkvist y decirle que aumente las medidas de seguridad en Millennium? Por si acaso.

– Ya tienen una seguridad bastante buena. Y su manera de echar cortinas de humo alrededor de sus teléfonos pinchados es de profesionales. La verdad es que Blomkvist se ha vuelto tan paranoico que ha desarrollado unos métodos para desviar la atención de los que también podríamos sacar provecho nosotros.

– De acuerdo. Pero llámalo de todos modos.

Monica Figuerola colgó su móvil y lo dejó encima de la mesilla de noche. Levantó la mirada y contempló a Mikael Blomkvist, que estaba tumbado desnudo con la cabeza apoyada a los pies de la cama.

– Que te llame para decirte que aumentes las medidas de seguridad de Millennium -le dijo.

– Gracias por la idea -respondió algo seco.

– Te lo digo en serio. Si empiezan a sospechar que hay moros en la costa, corremos el riesgo de que empiecen a actuar de forma improvisada. Y entonces puede que recurran al robo.

– Henry Cortez duerme allí esta noche. Y tenemos una alarma conectada con Milton Security, que está a tres minutos de Millennium.

Permaneció callado un segundo.

– Paranoico… -murmuró.

Capítulo 24 Lunes, 11 de julio

Eran las seis de la mañana cuando Susanne Linder llamó al T10 azul de Mikael Blomkvist desde Milton Security.

– ¿Tú nunca duermes o qué? -preguntó Mikael medio dormido.

Miró de reojo a Monica Figuerola, que ya se encontraba de pie y que ya se había puesto unos pantalones cortos de deporte pero no la camiseta.

– Sí. Pero me despertó el que estaba de guardia. La alarma silenciosa que instalamos en tu casa se activó a las tres de la mañana.

– ¿Sí?

– Así que tuve que ir hasta allí para echar un vistazo. Es un poco complicado de explicar. ¿Puedes pasarte por Milton Security esta mañana? Es bastante urgente.

– Esto es muy serio -dijo Dragan Armanskij.

Eran poco más de las ocho cuando se sentaron ante un televisor de una sala de reuniones de Milton Security. Allí estaban Armanskij, Mikael Blomkvist y Susanne Linder. Armanskij también había convocado a Johan Fräklund -sesenta y dos años, ex inspector de la policía criminal de Solna y actual jefe de la unidad operativa de Milton Security- y al también ex inspector Sonny Bohman, de cuarenta y ocho años, que había seguido el caso Salander desde el principio. Todos reflexionaban sobre la grabación de la cámara de vigilancia que Susanne Linder les acababa de enseñar.

– Lo que hemos visto ha sido a Jonas Sandberg abriendo la puerta de la casa de Mikael Blomkvist a las 03.17 de la madrugada. Y tenía llaves… ¿Os acordáis de que ese cerrajero llamado Faulsson hizo un molde de las llaves de reserva de Blomkvist cuando entró con Göran Mårtensson en la casa hace ya algunas semanas?

Armanskij asintió con cara adusta.

– Sandberg permanece en la casa durante más de ocho minutos. Durante ese tiempo hace lo siguiente: en primer lugar, coge de la cocina una pequeña bolsa de plástico donde mete algo. Luego, con un destornillador, quita la parte trasera de uno de los altavoces que tienes en el salón, Mikael. Y coloca la bolsa ahí.

– Mmm -dijo Mikael Blomkvist.

– El hecho de que vaya a buscar la bolsa a la cocina resulta significativo.

– Es una bolsa de Konsum en la que tenía unos panecillos -dijo Mikael-. Suelo guardarlas para meter en ellas el queso y cosas así.

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