La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]
- Автор: Ларссон Стиг
- Язык: испанский
- Переводчик: Martin Lexell
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]». Краткое содержание книги:
Como ya imaginábamos, Lisbeth no está muerta, aunque no hay muchas razones para cantar victoria: con una bala en el cerebro, necesita un milagro, o el más habilidoso cirujano, para salvar la vida. Le esperan semanas de confinamiento en el mismo centro donde un paciente muy peligroso sigue acechándola: Alexander Zalachcnko, Zala. Desde la cama del hospital, y pese a su gravísimo estado, Lisbeth hace esfuerzos sobrehumanos para mantenerse alerta, porque sabe que sus impresionantes habilidades informáticas han a ser, una vez más, su mejor defensa.
Entre tanto, con una Erika Berger totalmente inmersa en las luchas de poder y las estrategias comerciales del poderoso periódico Svenska Morgon-Posten, en horas bajas tras el descenso de las ventas y de los anunciantes, Mikael se siente muy solo. Quizás Lisbeth le haya apartado de su vida, pero a medida que sus investigaciones avanzan y las oscuras razones que están tras el complot contra Salander van tomando forma, Mikael sabe que no puede dejar en manos de la Justicia y del Estado la vida y la libertad de Lisbeth. Pesan sobre ella durísimas acusaciones que hacen que la policía mantenga la orden de aislamiento, así que Kalle Blomkvist tendrá que ingeniárselas para llegar hasta ella, ayudarla, incluso a su pesar, y hacerle saber que sigue allí, a su lado, para siempre.
– ¿Casi como si se tratara de una especie de enfermedad mental?
– Es una descripción bastante acertada.
Luego cogió el metro hasta Slussen y constató que todavía era pronto para ir a Samirs gryta. Se quedó un rato en Södermalmstorg. Estaba preocupado, pero al mismo tiempo sentía que, de pronto, volvía a estar contento con la vida. Hasta que Erika Berger regresó a Millennium no se dio cuenta de hasta qué catastrófico punto la había echado de menos. Además, la recuperación del timón por parte de Erika no había llevado a ningún conflicto interno cuando Malin Eriksson volvió a su antiguo trabajo de secretaria de redacción. Todo lo contrario: Malin estaba más bien eufórica gracias al hecho de que la vida -utilizando sus propias palabras- volviera a la normalidad.
La vuelta de Erika también les hizo descubrir lo terriblemente cortos de personal que habían andado durante los tres últimos meses. Erika regresó a su puesto de Millennium con un arranque a todo gas y, con la ayuda de Malin Eriksson, consiguió hacerse con parte de la sobrecarga de trabajo organizativo que habían acumulado. También celebraron una reunión de la redacción en la que se decidió que Millennium ampliaría su plantilla y contrataría, al menos, a un nuevo colaborador o tal vez a dos. Sin embargo, no sabían de dónde iban a sacar el dinero.
Al final, Mikael salió a comprar los periódicos vespertinos y a tomar un café al Java de Hornsgatan para matar el tiempo mientras esperaba a Erika.
La fiscal Ragnhild Gustavsson, de la Fiscalía General del Estado, dejó sus gafas de leer en la mesa y contempló a los reunidos. Tenía cincuenta y ocho años, la cara arrugada -aunque de sanas y sonrosadas mejillas- y el pelo corto y canoso. Hacía veinticinco años que era fiscal y llevaba trabajando en la Fiscalía General del Estado desde principios de los años noventa.
Sólo habían pasado tres semanas desde que la llamaron de repente al despacho del fiscal general para ver a Torsten Edklinth. Ese día estaba a punto de terminar unos asuntos rutinarios y de irse seis semanas de vacaciones a su casa de campo de Husarö. En su lugar, le fue encomendada la misión de investigar a un grupo de funcionarios que actuaban bajo el nombre de «la Sección». Todos sus planes de vacaciones fueron cancelados de inmediato. Le comunicaron que dicha investigación sería su principal tarea a partir de ese mismo instante y durante un tiempo indeterminado, y prácticamente le dejaron las manos libres para que ella misma organizara el trabajo y tomara las decisiones oportunas.
– Esta va a ser una de las investigaciones criminales más llamativas de la historia sueca -le dijo el fiscal general.
Ella no pudo más que darle la razón.
Con creciente asombro, escuchó el resumen que Torsten Edklinth le hizo sobre el tema, así como sobre la investigación que éste había realizado por encargo del primer ministro. Aún no la había terminado, pero consideró que se encontraba lo suficientemente avanzada como para presentar el asunto ante un fiscal.
Al principio, Ragnhild Gustavsson intentó hacerse una idea general del material que Torsten Edklinth le había entregado. Cuando empezó a quedarle clara la magnitud de los delitos y de los crímenes, se dio cuenta de que todo lo que hiciera y todas las decisiones que tomara se analizarían con lupa en los futuros libros de historia del país. Desde entonces, había dedicado cada minuto disponible a intentar adquirir una visión general de la más bien incomprensible lista de crímenes y delitos que le había tocado investigar. El caso era único en la historia jurídica sueca y, como se trataba de investigar a un grupo delictivo cuyas operaciones se habían prolongado durante al menos treinta años, comprendió que resultaría necesario establecer una organización de trabajo especial. Se acordó de los investigadores estatales antimafia de Italia, que se vieron obligados a trabajar de manera casi clandestina para sobrevivir durante los años setenta y ochenta. Entendió por qué Edklinth había tenido que trabajar en secreto: no sabía en quién podía confiar.
La primera medida que tomó fue llamar a tres colaboradores de la Fiscalía General del Estado. Eligió a personas a las que conocía desde hacía muchos años. Luego contrató a un prestigioso historiador que trabajaba en el Consejo Nacional para la Prevención de la Delincuencia con el fin de que la asesorara en temas que concernían a la aparición de la policía de seguridad y su evolución a lo largo de los años. Por último, nombró formalmente a Monica Figuerola jefa de la investigación policial.
De este modo, la investigación sobre la Sección adquirió una forma constitucionalmente válida: ya podía ser considerada como cualquier otra investigación policial, aunque se hubiera decretado el más absoluto secreto de sumario.
Durante las dos últimas semanas, la fiscal Gustavsson había convocado a un gran número de personas a una serie de interrogatorios oficiales pero muy discretos. Por allí pasaron, aparte de Edklinth y Figuerola, el inspector Bublanski, Sonja Modig, Curt Svensson y Jerker Holmberg. Luego llamó a Mikael Blomkvist, Malin Eriksson, Henry Cortez, Christer Malm, Annika Giannini, Dragan Armanskij, Susanne Linder y Holger Palmgren. A excepción de los representantes de Millennium, quienes, por principio, no contestaron a ninguna pregunta que pudiera llevar a identificar a sus fuentes, todos dieron de muy buena gana cumplida cuenta de lo que sabían, al tiempo que aportaron la documentación de que disponían.
A Ragnhild Gustavsson no le hizo ni pizca de gracia el hecho de que le presentaran un calendario, establecido por Millennium, por el que se veía obligada a detener a un número concreto de personas en una fecha determinada. Ella consideraba que habría necesitado unos cuantos meses más de preparación antes de llegar a esa fase de la investigación, pero en este caso no tenía elección. Mikael Blomkvist, de la revista Millennium, fue intransigente. Él no estaba sometido a ningún decreto o reglamento estatal y tenía la intención de publicar el reportaje el tercer día del juicio contra Lisbeth Salander. De forma que Ragnhild Gustavsson se vio obligada a adaptarse y a actuar al mismo tiempo para que no desaparecieran ni las personas sospechosas ni las posibles pruebas. Sin embargo, Blomkvist recibió el curioso apoyo de Edklinth y Figuerola, y, al cabo de un tiempo, la fiscal empezó a ser consciente de que el modelo de Blomkvist ofrecía ciertas ventajas. Como fiscal se beneficiaría de un apoyo mediático bien orquestado que le iría muy bien para continuar con el proceso. Además, todo sería tan rápido que no habría tiempo para que la delicada investigación se filtrara por los pasillos de la administración y acabara en manos de la Sección.
– Para Blomkvist se trata, en primer lugar, de desagraviar a Lisbeth Salander y de que se haga justicia con ella. Noquear a la Sección no es más que una consecuencia de lo primero -constató Monica Figuerola.
El juicio contra Lisbeth Salander comenzaría el miércoles, dos días más tarde, y la reunión de ese lunes tenía como objetivo hacer un repaso general del material disponible y repartir las tareas.
Trece personas participaron en ella. Desde la Fiscalía General del Estado, Ragnhild Gustavsson se había llevado a dos de sus colaboradores más cercanos. En representación de protección constitucional participaron la jefa de la investigación policial, Monica Figuerola, y sus colaboradores Stefan Bladh y Anders Berglund. El jefe de protección constitucional, Torsten Edklinth, asistió en calidad de observador.
Sin embargo, Ragnhild Gustavsson había decidido que un asunto de este calibre -cuestión de credibilidad- no podía limitarse a la DGP /Seg. Por eso había convocado al inspector Jan Bublanski y a su equipo, compuesto por Sonja Modig, Jerker Holmberg y Curt Svensson, de la policía abierta, pues llevaban trabajando en el caso Salander desde Pascua y estaban familiarizados con la historia. Y también había llamado a la fiscal Agneta Jervas y al inspector Marcus Erlander de Gotemburgo; la investigación sobre la Sección tenía una relación directa con la investigación sobre el asesinato de Alexander Zalachenko.