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Torres de medianoche

Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:

La Rueda del Tiempo se acerca a su culminación. Mientras el entramado de la realidad se vuelve inestable, todo indica que el Tarmon Gai'don está cerca y que Rand al’Thor tiene que enfrentarse con el Oscuro. Pero antes deberá negociar una tregua con los seanchan. Perrin, por su parte, ya ha hecho un pacto con ellos y está di spuesto a todo para salvar a su esposa de los Shaido. En Caemlyn, Elayne lucha para conseguir el Trono de León al tiemp que intenta prevenir una guerra civil, y Egwene descubre que incluso la Torre Blanca ha dejado de ser un lugar seguro.
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«¿Cómo se llamaba? —pensó Min—. Iralin, eso es. El jefe de puerto».

—¿Iralin? —llamó Rand—. ¿Qué ocurre aquí? ¿Qué has hecho?

—¿Que qué he hecho yo? —demandó el hombre—. ¡Intentar evitar que toda la ciudad asaltara los barcos en busca de la comida echada a perder! Cualquier persona que la come, enferma y muere. Pero la gente no atiende a razones. Varios grupos intentaron entrar a la fuerza en los muelles en busca de la comida, así que decidí no permitir que provocaran su propia muerte al ingerirla.

La voz del hombre nunca había sonado tan enojada como ahora. Min lo recordaba como un hombre sosegado.

—Lady Chadmar huyó una hora después de que vos os marchasteis continuó Iralin—, y los otros miembros del Consejo de Mercaderes no tardaron ni un día en hacer lo mismo. Esos malditos Marinos dicen que no se irán hasta que desembarquen la mercancía o hasta que les pague para hacer otro servicio. Así que me he dedicado a esperar que la ciudad se muera de hambre, o que coma esa comida y se muera, o que estalle otro disturbio de fuego y muerte. Eso es lo que he estado haciendo aquí. ¿Qué habéis estado haciendo vos, milord Dragón?

Rand cerró los ojos y suspiró. No se disculpó con Iralin como lo había hecho con otra gente. Quizá se había dado cuenta de que disculparse no serviría de nada.

Min asestó una mirada encolerizada a Iralin.

—Es mucho el peso que carga el lord Dragón a la espalda, mercader. No puede cuidar de todos y cada uno de…

—Está bien, Min —la interrumpió Rand. Le puso la mano en el brazo y abrió los ojos—. Es lo que me merezco. Iralin, antes de marcharme de la ciudad me dijisteis que la comida en esos barcos se había echado a perder. ¿Comprobasteis todos los barriles y sacos?

—Comprobé los suficientes —respondió el jefe de puerto, aún hostil—. Si uno abre cien sacos y encuentra lo mismo en todos ellos, se imagina cómo estará el resto. Mi mujer ha intentado discurrir un método para separar el grano malo del bueno. Si es que hay grano bueno.

Rand echó a andar hacia las naves. Iralin lo siguió, desconcertado quizá porque Rand no le hubiera gritado. Min se unió a ellos. Rand se acercó a un sobrecargado navío de los Marinos que estaba amarrado al muelle. Un grupo de Marinos descansaba a bordo.

—Querría hablar con la Navegante —anunció Rand.

—Heme aquí —respondió una mujer con canas en el liso cabello negro; lucía tatuajes en la mano derecha—. Milis din Shalada Tres Estrellas.

—Hice un trato para que se hiciera llegar comida aquí —continuó Rand.

Y ése no quiere que hagamos la entrega —respondió Milis, señalando con la cabeza a Iralin—. No nos deja descargar. Dice que, si lo hacemos, hará que sus arqueros nos disparen.

—No sería capaz de contener a la gente —se defendió Iralin—. He hecho correr el rumor por la ciudad de que los Marinos retienen la comida a la fuerza.

¿Veis lo que hemos de soportar por vos? —le dijo Milis a Rand—. Empiezo a cuestionarme el Compromiso que acordamos, Rand al’Thor.

—¿Niegas que sea el Coramoor? —preguntó Rand sin dejar de mirarla a los ojos. Parecía que la mujer tenía problemas para desviarlos en otra dirección.

—No —dijo al final la Navegante—. No, supongo que no. Querréis subir a bordo del Cresta Blanca, supongo.

—Si se me permite.

—¡Arriba, pues!

Tras colocar la plancha, Rand subió a bordo con paso resuelto, seguido de Min, Naeff y las dos Doncellas. Tras un instante de vacilación, lo siguieron Iralin y el capitán con algunos de sus soldados.

Milis los condujo al centro de la cubierta, donde una trampilla y una escala llevaban a la bodega del barco. Rand bajó en primer lugar; al tener sólo una mano, lo hizo con movimientos torpes. Min fue la siguiente.

En la bodega, la luz entraba entre las ranuras de cubierta e iluminaba montones y montones de sacos de grano. El aire se notaba cargado y olía a polvo.

—Estaríamos encantados de deshacernos de esta carga —dijo con suavidad Milis, que había sido la tercera en bajar—. Está matando a las ratas.

—Quién hubiera dicho que eso no os agradaría —comentó Min.

—Un barco sin ratas es como un océano sin tormentas —respondió la Navegante—. Nos quejamos de ambas, pero mi tripulación murmura cada vez que encuentra un roedor muerto.

Cerca había varios sacos abiertos y tumbados, con el oscuro contenido desparramado por el suelo. Iralin había explicado que intentaban separar el grano bueno del malo, pero Min no veía grano bueno. Tan sólo grano arrugado y descolorido.

Rand se quedó mirando los sacos abiertos, mientras Iralin bajaba a la bodega. El capitán Durnham y sus hombres fueron los últimos en bajar.

—Ya no hay nada que aguante mucho tiempo —dijo Iralin—. No es sólo el grano. La gente trajo consigo lo que había almacenado en sus granjas durante el invierno. También se pudrió. Vamos a morir, y ya está dicho todo. No vamos a llegar a la maldita Última Batalla. Nosotros…

—Paz, Iralin —lo interrumpió con suavidad Rand—. Las cosas no están tan mal como piensas.

Rand se acercó a un saco y tiró del cordón que lo cerraba. El saco cayo de lado y derramó en el suelo de la bodega granos dorados de cebada. No había ni una sola mancha de color negro. Daba la impresión de que esa cebada se hubiera recolectado hacía poco, todos y cada uno de los granos hinchados y llenos.

Milis reprimió un grito ahogado.

—¿Qué habéis hecho? —le preguntó a Rand.

—Nada. Sólo abristeis los sacos equivocados, eso es todo. El resto está en buenas condiciones.

—¿Que eso es todo? —repitió Iralin—. O sea, ¿ahora resulta que abrimos todos los sacos malos sin dar con uno solo que estuviera bien? Eso es ridículo.

—No es ridículo, sólo improbable —argumentó Rand, que posó la mano en el hombro del jefe de puerto—. Lo hiciste bien, Iralin. Siento haberte dejado en este aprieto. Te nombro miembro del Consejo de Mercaderes.

Iralin se quedó boquiabierto.

A su lado, el capitán Durnham abrió otro saco.

—Este está bien —dijo tras comprobarlo.

—Y éste —confirmó uno de sus hombres.

—Aquí hay patatas —dijo otro soldado junto a un barril—. Me parecen tan buenas como cualesquiera que haya comido antes. En realidad, tienen mejor pinta. No se han secado como cabría esperar de restos sobrantes del invierno pasado.

—Corred la voz —les dijo Rand a los soldados—. Reunid a vuestros hombres para empezar a distribuir las provisiones desde uno de los almacenes. Quiero este grano bien protegido con una guardia nutrida. Iralin actuó con gran acierto al prever que la gente podía asaltar los muelles. No entreguéis nada sin cocinar. Eso haría que la gente lo acaparara y traficara con ello. Necesitaremos calderos y lumbres para cocinar una parte. El resto, llevadlo a los almacenes. ¡Daos prisa!

—¡Sí, señor! —respondió el capitán Durnham.

—La gente que he reunido de momento os ayudará —dijo Rand—. No robarán el grano. Podéis confiar en ellos. Que descarguen los barcos y quemen el grano malo. Tendría que haber miles de sacos que aún estén en buenas condiciones. —Rand miró a Min—. Vamos, he de organizar a las Aes Sedai para las Curaciones.

Rand vaciló un instante al reparar en que Iralin seguía sin salir de su asombro.

—Lord Iralin, te nombro administrador de la ciudad por el momento. Durnham será tu comandante. Pronto dispondrás de suficientes tropas Para restablecer el orden.

—¿Administrador de la ciudad? —repitió Iralin—. ¿Podéis hacer eso? Rand le sonrió.

Alguien ha de desempeñar esa tarea. Y date prisa con el trabajo, Porque hay mucho que hacer. Sólo puedo quedarme el tiempo justo para estabilizar las cosas. Un día o así.

Rand se dio media vuelta para subir por la escalera de mano.

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