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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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—¡Qué magnífico bibliotecario hubieses sido, Guillermo! —dijo Jorge, con tono de admiración y disgusto al mismo tiempo—. De modo que lo sabes todo. Acércate. Creo que hay un escabel al otro lado de la mesa. Siéntate. Aquí tienes tu premio.

Guillermo se sentó y apoyó la lámpara, que yo le había pasado, sobre la mesa, iluminando desde abajo el rostro de Jorge. El viejo cogió un volumen que tenía delante y se lo entregó. Reconocí la encuadernación: era el mismo que en el hospital había tomado por un manuscrito árabe.

—Lee, pues, hojéalo, Guillermo —dijo Jorge—. Has ganado.

Guillermo miró el libro, pero no lo tocó. Extrajo del sayo un par de guantes; no los suyos, abiertos en la punta de los dedos, sino los que llevaba puestos Severino cuando lo encontramos muerto. Lentamente, abrió el volumen, gastado y frágil. Me acerqué y me incliné por encima de sus hombros. Con su oído finísimo, Jorge escuchó el ruido que hice.

—¿Estás también tú aquí, muchacho? También te lo mostraré a ti… después.

Guillermo hojeó rápidamente las primeras páginas.

—Según el catálogo, es un manuscrito árabe sobre los dichos de algún loco. ¿De qué se trata?

—Oh, estúpidas leyendas de los infieles. Según ellos los locos son capaces de decir cosas tan ingeniosas que provocan incluso el asombro de sus sacerdotes y el entusiasmo de sus califas…

—El segundo manuscrito está en sirio, pero según el catálogo es la traducción de un libelo egipcio sobre la alquimia, ¿Por qué figura en este volumen?

—Es una obra egipcia del tercer siglo de nuestra era. Está en la misma línea que la obra siguiente, aunque no es tan peligrosa. ¿Quién prestaría oídos a los delirios de un alquimista africano? Atribuye la creación del mundo a la risa divina… —Alzó el rostro y recitó, con su prodigiosa memoria de lector que desde hacía ya cuarenta años repetía para sí lo que había leído cuando aún gozaba del don de la vista—. «Apenas Dios rió, nacieron siete dioses que gobernaron el mundo; apenas se echó a reír, apareció la luz; con la segunda carcajada apareció el agua; y al séptimo día de su risa apareció el alma…» Locuras. Como también el texto que viene después, obra de uno de los innumerables idiotas que se pusieron a glosar la Coena… Pero no son estos textos los que te interesan.

En efecto, Guillermo había pasado rápidamente las páginas hasta llegar al texto griego. Advertí de inmediato que los folios eran de otro material, más blando, y que el primero estaba casi desgarrado, con una parte del margen comida, cubierto de manchas pálidas, como las que el tiempo y la humedad suelen producir en otros libros. Guillermo leyó las primeras líneas, primero en griego y después traduciéndolas al latín, y luego siguió en esta última lengua, para que también yo pudiera enterarme de cómo empezaba el libro fatídico.

En el primer libro hemos tratado de la tragedia y de cómo, suscitando piedad y miedo, ésta produce la purificación de esos sentimientos. Como habíamos prometido, ahora trataremos de la comedia (así como de la sátira y del mimo) y de cómo, suscitando el placer de lo ridículo, ésta logra la purificación de esa pasión. Sobre cuán digna de consideración sea esta pasión, ya hemos tratado en el libro sobre el alma, por cuanto el hombre es —de todos los animales— el único capaz de reír. De modo que definiremos el tipo de acciones que la comedia imita, y después examinaremos los modos en que la comedia suscita la risa, que son los hechos y la elocución. Mostraremos cómo el ridículo de los hechos nace de la asimilación de lo mejor a lo peor, y viceversa, del sorprender a través del engaño, de lo imposible y de la violación de las leyes de la naturaleza, de lo inoportuno y lo inconsecuente, de la desvalorización de los personajes, del uso de las pantomimas grotescas y vulgares, de lo inarmónico, de la selección de las cosas menos dignas. Mostraremos después cómo el ridículo de la elocución nace de los equívocos entre palabras similares para cosas distintas y distintas para cosas similares, de la locuacidad y la reiteración, de los juegos de palabras, de los diminutivos, de los errores de pronunciación y de los barbarismos…

Guillermo traducía con dificultad, buscando las palabras justas, deteniéndose a cada momento. Y al hacerlo sonreía, como si fuese reconociendo cosas que esperaba encontrar. Leyó en voz alta la primera página y después no siguió, como si no le interesase saber más. Hojeó rápidamente las otras páginas, hasta que de pronto encontró resistencia, porque en la parte superior del margen lateral, y a lo largo del borde, los folios estaban pegados unos con otros, como sucede cuando al humedecerse y deteriorarse la materia con que están hechos se convierte en una cola viscosa. Jorge percibió que el crujido de los folios se habían interrumpido, e incitó a Guillermo:

—Vamos, lee, hojéalo. Es tuyo, te lo has merecido.

Guillermo rió; parecía bastante divertido:

—¡Entonces no es cierto que me consideras tan perspicaz, Jorge! Tú no lo ves, pero llevo guantes. Con este estorbo en los dedos no puedo separar un folio de otro. Tendría que quitármelos, humedecerme los dedos en la lengua, como hice esta mañana cuando leía en el scriptorium y de golpe comprendí también este misterio, y debería seguir hojeando el libro así hasta que mi boca hubiera recibido la cantidad adecuada de veneno. Me refiero al veneno que un día, hace mucho tiempo, robaste del laboratorio de Severino, quizá porque ya entonces estabas preocupado tras haber oído a alguien en el scriptorium manifestar su interés por el finis Africae o por el libro perdido de Aristóteles, o por ambos a la vez. Creo que tuviste guardado el frasco mucho tiempo, reservándote su uso para cuando advirtieses algún peligro. Y lo advertiste hace unos días, cuando Venancio se acercó demasiado al tema de este libro, y Berengario, por frivolidad, por jactancia, para impresionar a Adelmo, resultó menos discreto de lo que creías. Entonces viniste y preparaste tu trampa. Justo a tiempo, porque noches más tarde Venancio llegó hasta aquí, sustrajo el libro, lo hojeó con ansiedad, con voracidad casi física. No tardó en sentirse mal, y corrió a buscar ayuda en la cocina. Allí murió. ¿Me equivoco?

—No. Prosigue.

—El resto es sencillo. Berengario encuentra el cuerpo de Venancio en la cocina; teme que eso dé origen a una investigación, porque en el fondo Venancio estaba aquella noche en el Edificio como consecuencia de la revelación que él, Berengario, había hecho a Adelmo. No sabe qué hacer. Carga el cuerpo sobre sus hombros y lo arroja a la tinaja donde está la sangre, pensando que todos creerían que se había ahogado.

—¿Y cómo sabes que fue eso lo que sucedió?

—También tú lo sabes: vi cómo reaccionaste cuando encontraron un paño sucio de sangre en la celda de Berengario. Era el paño que el imprudente había usado para limpiarse las manos después de haber metido a Venancio en la sangre. Pero como había desaparecido, Berengario sólo podía haberlo hecho con el libro que a esas alturas también había despertado su curiosidad. Y esperabas que lo encontrasen en alguna parte, no ensangrentado, sino envenenado. El resto está claro. Severino encuentra el libro, porque Berengario había ido antes al hospital para poder leerlo al abrigo de ojos indiscretos. Instigado por ti, Malaquías mata a Severino, y a su vez muere cuando regresa aquí para averiguar por qué pesaba una prohibición tan estricta sobre el objeto que lo había obligado a convertirse en un asesino. Y así se explican todas estas muertes… ¡Qué idiota!

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