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Электронная книга - «El Palacio de la Medianoche». Краткое содержание книги:

El Palacio de la Medianoche. Ambientada en la Calcuta de los a?os treinta, El Palacio de la Medianoche comienza una noche oscura en la que un teniente ingl?s lucha por salvar las vidas de dos ni?os de una amenaza impensable. A pesar de las insoportables lluvias del monz?n y el terror que lo asedia en cada esquina, el joven brit?nico logra ponerlos a salvo, pero no sin perder su propia vida… A?os m?s tarde, cuando los dos ni?os, Ben y Sheere, est?n en v?spera de celebrar su decimosexto cumplea?os, la amenaza reaparece en sus vidas y esta vez no los dejar? escapar tan f?cilmente. Con la ayuda de sus valientes amigos, los dos hermanos deber?n desafiar el terror que los acecha en las sombras de la noche y enfrentarse al enigma m?s aterrador de la historia de la ciudad de los palacios.
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El rostro hostil de la anciana se descompuso por un instante. El hecho no pasó inadvertido a ninguno de los muchachos. Aryami señaló a Ben y su semblante palideció a la tenue luz de los faroles del jardín.

– ¿Tú eres Ben? -preguntó en voz baja. El muchacho asintió, ocultando su extrañe-za y sosteniendo la mirada impenetrable de la anciana.

No había ira en sus ojos, tan sólo tristeza e inquietud. Aryami tomó del brazo a su nieta y bajó los ojos.

– Debemos irnos -dijo-. Despídete de tus amigos.

Los miembros de la Chowbar Society asintieron en señal de adiós y Sheere sonrió tímidamente mientras se alejaba asida del brazo de Aryami Bosé, perdiéndose de nuevo en las calles oscuras de la ciudad. Ian se acercó a Ben y observó a su amigo, pensativo y con la vista fija en las figuras casi invisibles de Sheere y Aryami alejándose en la noche.

– Por un momento me ha parecido que esa mujer tenía miedo -dijo Ian.

Ben asintió sin pestañear.

– ¿Quién no tiene miedo en una noche como ésta? -preguntó.

– Creo que lo mejor es que nos vayamos todos a dormir por hoy -Indicó Bankim desde el umbral de la puerta.

– ¿Es una sugerencia o una orden? -preguntó Isobel.

– Ya sabéis que mis sugerencias son órdenes para vosotros -afirmó Bankim, seña-lando hacia el interior del edificio-. Adentro.

– Tirano -murmuró Siraj por lo bajo-. Disfruta de los días que te quedan.

– Los reenganchados son los peores -añadió Roshan.

Bankim asistió risueño al desfile de los siete muchachos hacia el interior del edificio, ajeno a sus murmullos de protesta. Ben fue el último en cruzar la puerta e intercambió una mirada de complicidad con Bankim.

– Por mucho que se quejen -dijo Ben-, dentro de cinco días echarán de menos tu servicio de policía.

– Tú también lo echarás de menos, Ben -rió Bankim.

– Yo ya lo hago- murmuró Ben para sí mismo al enfilar las escaleras que ascendían a los dormitorios del primer piso, consciente de que en menos de una semana ya no volvería a contar aquellos veinticuatro peldaños que conocía tan bien.

En algún momento de la madrugada Ben despertó en la tenue penumbra azulada que flotaba en el dormitorio y creyó sentir una bocanada de aire helado sobre su rostro, un aliento invisible proveniente de alguien oculto en la oscuridad. Un haz de luz evanescente parpadeaba lentamente desde el estrecho ventanal anguloso y proyectaba mil sombras danzantes sobre los muros y la techumbre de la sala. Ben alargó la mano hasta la modesta mesilla de noche que flanqueaba su lecho y acercó la esfera de su reloj a la luz nocturna de la Luna. Las agujas cruzaban el ecuador de la madrugada, las tres de la mañana.

Suspiró al sospechar que los últimos resabios de sueño se desvanecían de su mente como gotas de rocío al sol de la mañana e intuyó que Ian le había prestado su fantasma

del insomnio por una noche. Cerró los párpados de nuevo y conjuró las imágenes de la fiesta que había acabado hacía apenas unas horas, confiando en su poder balsámico y adormecedor. Justo en ese momento oyó por primera vez aquel sonido y se incorporó para escuchar la extraña vibración que parecía silbar entre las hojas del jardín del patio.

Apartó las sábanas y caminó lentamente hasta el ventanal. Podía apreciar desde allí el leve tintineo de los faroles apagados en las ramas de los árboles y el eco lejano de lo que se le antojaron voces infantiles riendo y hablando al unísono, cientos de ellas. Apoyó la frente sobre el cristal de la ventana y adivinó a través del espectro de su propio vaho la silueta de una figura esbelta e inmóvil en el centro del patio, envuelta en una túnica negra que miraba directamente hacia él. Sobresaltado, se retiró un paso atrás y ante sus ojos el cristal de la ventana se astilló lentamente a partir de una fisura que nació en el centro de la lámina transparente y se extendió al igual que una hiedra, una telaraña de grietas tejida por cientos de garras invisibles. Sintió cómo los cabellos de la nuca se le erizaban y su respiración se aceleraba.

Miró a su alrededor. Todos sus compañeros yacían inmóviles y sumidos en un profundo sueño. Las voces distantes de los niños se escucharon de nuevo y Ben advirtió que una neblina gelatinosa se filtraba entre las fisuras del cristal, igual que una bocanada de humo azul atravesaría un paño de seda. Se acercó de nuevo hasta la ventana y trató de divisar el patio. La figura permanecía allí, pero esta vez extendió un brazo y le señaló, mientras sus dedos largos y afilados se escindían en llamas. Permaneció allí cautivado durante varios segundos, incapaz de apartar los ojos de aquella visión. Cuando la figura le dio la espalda y empezó a alejarse hacia la oscuridad, Ben reaccionó y se apresuró a salir del dormitorio.

El pasillo estaba desierto y apenas iluminado por un farol de gas de la antigua instalación del St. Patricks que había sobrevivido a las obras de remodelación de los últimos años. Corrió a las escaleras y descendió a toda prisa, cruzó las salas de comedores y salió al patio por la puerta lateral de las cocinas del orfanato justo a tiempo para ver có-mo aquella figura se perdía en el callejón oscuro que rodeaba la parte trasera del edificio, enterrada en una espesa niebla que parecía ascender de las rejillas del alcantarillado. Se apresuró hacia la niebla y se sumergió en ella.

El muchacho recorrió un centenar de metros a través de aquel túnel de vapor frío y flotante hasta llegar al amplio descampado que se extendía al norte del St. Patricks, una tierra baldía que servía de campo de chatarra y ciudadela de chabolas y escombros para los habitantes más desheredados del Norte de Calcuta. Sorteó los charcos cenagosos que plagaban el camino entre el retorcido laberinto de chozas de adobe incendiadas y deshabitadas y se internó en aquel lugar contra el que Thomas Carter siempre les había prevenido. Las voces de los niños provenían de algún lugar oculto entre las ruinas de aquella marisma de pobreza y suciedad.

Ben enfiló sus pasos hacia un estrecho corredor que se abría entre dos barracas derruidas y se detuvo en seco al comprobar que había encontrado lo que buscaba. Ante sus ojos se abría una planicie infinita y desierta de antiguas chabolas arrasadas y, en el centro de aquel escenario, la niebla azul parecía brotar como el aliento de un dragón invisible en la noche. El sonido de los niños brotaba a su vez del mismo punto, pero Ben ya no oía risas ni canciones infantiles, sino los terribles alaridos de pánico y terror de cientos de niños atrapados. Sintió que un viento frío le estrellaba con fuerza contra los muros de la chabola y que, de entre la niebla palpitante, surgía el estruendo furioso de una gran máquina de acero que hacía temblar el suelo bajo sus pies.

Cerró los ojos y miró de nuevo, creyendo ser víctima de una alucinación. De entre las tinieblas, emergía un tren de metal candente envuelto en llamas. Pudo contemplar los rostros de agonía de decenas de niños atrapados en su interior y la lluvia de fragmentos de fuego que salían desprendidos en todas direcciones formando una cascada de brasas. Sus ojos siguieron el recorrido del tren hasta la máquina, una majestuosa escultura de ace-ro que parecía fundirse lentamente, como una figura de cera lanzada a una hoguera. En la cabina, inmóvil entre las llamas, le contemplaba la figura que había visto en el patio, mos-trándole ahora los brazos abiertos en señal de bienvenida.

Sintió el calor de las llamas sobre su rostro y se llevó las manos a los oídos para enmascarar el enloquecedor aullido de los niños. El tren de fuego atravesó la llanura desolada y Ben comprobó con horror que se dirigía a toda velocidad hacia el edificio del St. Patricks, con la furia y la rabia de un proyectil incendiario. Corrió tras él, sorteando la lluvia de chispas y lágrimas de hierro fundido que caían a su alrededor, pero sus pies eran incapaces de igualar la velocidad creciente con que el tren se precipitaba sobre el orfanato, mientras teñía el cielo de escarlata a su paso. Se detuvo sin aliento y gritó con todas sus fuerzas para alertar a quienes dormían apaciblemente en el edificio, ajenos a la tragedia que se cernía sobre ellos. Desesperado, vio cómo el tren reducía la distancia que le separaba del St. Patricks por momentos y comprendió que, en cuestión de segundos, la máquina pulverizaría el edificio y lanzaría por los aires a sus habitantes. Cayó de rodillas y gritó por última vez contemplando con impotencia cómo el tren penetraba en el patio trasero del St. Patricks y se dirigía sin remedio al gran muro de la fachada posterior del edificio.

Ben se preparó para lo peor, pero no podía imaginar lo que sus ojos iban a presenciar en apenas unas décimas de segundo. La máquina enloquecida y envuelta en un tornado de llamas se estrelló contra el muro desvelando un fantasma de fuegos fatuos y todo el tren se hundió a través de la pared de adoquines rojos como una serpiente de vapor, desintegrándose en el aire y llevándose consigo el terrible aullido de los niños y el ensor-decedor rugido de la máquina.

Dos segundos después, la oscuridad nocturna volvía a ser absoluta y la silueta incólume del orfanato se recortaba en las luces lejanas de la ciudad blanca y el Maidán centenares de metros al Sur. La niebla se introdujo en los resquicios de la pared y al poco no quedaba a la vista evidencia alguna del espectáculo que acababa de presenciar. Ben se acercó lentamente hasta el muro y posó la palma de su mano sobre la superficie intacta. Una sacudida eléctrica le recorrió el brazo y le lanzó al suelo, y Ben pudo ver cómo la huella negra y humeante de su mano había quedado grabada en la pared.

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