Conquista salvaje
- Автор: Gasulla Luis
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
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Promediaba aquella tarde singularmente calma, cuando Blanca se asomó a la galería. Los hombres no habían regresado aún y sólo un rato después vio al viejo Roque salir del galpón. Lo llamó y el anciano indio se acercó a su patroncita.
– Buenas tardes, Quila -la saludó con su honda voz musical y pausada.
– Buenas tardes, abuelo, ¿cómo sigue el enfermo?
– Y… así no más, amita, recién empieza a despertar ¡mucho golpeado! -en la voz del indio flotaba una extraña reticencia temerosa al nombrar a su paisano.
– Quila -prosiguió después de la pausa-. El es un jefe… caído, como un luán 1 en la batida, su brazo es fuerte todavía…
Blanca, aunque habituada a las usuales alegorías del anciano, no dejó de percibir sin embargo intensa majestad impresa en sus palabras. Admiradora de las almas fuertes, la grandeza la envolvía sintiéndola latente en la suya como un torrente contenido. Llevada por una inexplicable solicitud, quiso saber más detalles.
– Entonces, ¿por qué está aquí? Lejos de su tierra, de su gente… en ese terrible estado… ¿No es extraordinario?
– No sé, no sé. Las rocas vuelven a veces de las montañas y llenan la tierra como mallines -se quedaron silenciosos, sumidos cada cual en sus pensamientos. Poco después vieron al capataz que se dirigía a la entrada del galpón sin reparar en ellos. Blanca, sin titubear, se dirigió también allí y ya se encontraba a pocos metros cuando una sorda exclamación la detuvo.
– Pero ¡qué le pasa! -era la voz de Juan la que se oía.
– ¡Eh!… Loco del diablo. ¿Todavía andas buscando que termine yo de romperte la cabeza?
Dominada súbitamente por la inquietud, Blanca corrió hasta el interior del cobertizo, levantando con manos nerviosas el cuero que ocultaba la cama donde yacía el indio, en el preciso instante en que éste se erguía contra la pared del galpón, blandiendo un nudoso palo. El capataz con el talero en actitud defensiva lo enfrentaba. La presencia de Blanca truncó la acción de los dos hombres y Llanlil la miró con ojos extraviados. Blanca, sintiendo florecer en ella todo el orgullo de su naturaleza acostumbrada a ser obedecida, sostuvo la mirada. Lentamente las contraídas facciones de Llanlil fueron distendiéndose. Entonces Blanca exclamó suavemente:
– ¿Qué tiene? Nadie quiere hacerle daño -la voz de la mujer pareció arrancarlo de un sueño opresor y el garrote se deslizó de sus manos. Se quedó allí inmóvil todavía y sin embargo altivo, como si el temor hubiese sido reemplazado por la conciencia de una dignidad antigua. Detrás de Blanca, Roque murmuraba palabras ininteligibles. La hija de Lunder se volvió hacia él, diciéndole:
– Dígale a este hombre cómo ha llegado aquí, cómo lo hemos curado y que nadie quiere molestarlo.
La sonora voz del anciano parloteó un discurso en su lengua y sus graves tonalidades, semejaban por momentos los ecos de una cascada en el bosque. Sus palabras fueron contestadas brevemente por Llanlil, y a su término Roque, dirigiéndose a Blanca y al capataz, explicó:
– Dice que sabe la lengua del huinca… pero no recuerda lo que le pasó.
– Vea, señorita -interrumpió visiblemente molesto el capataz, pero Blanca le impidió continuar diciéndole:
– Después hablaremos… Ahora vamos a dejar tranquilo a este hombre. Me parece más asustado que otra cosa. Le pidió entonces a Roque que se ocupara de su paisano y haciendo una seña a Juan, salió al patio.
La breve tarde se hundía ya en las primeras sombras nocturnas. La placidez del sol había sido arrebatada por un viento no extremadamente fuerte, pero sí frío que, cruzando el valle en toda su extensión, flagelaba la gran casa de adobes. Su contacto estremeció a Blanca e instintivamente buscó con los ojos la presencia de los hombres que escuchaba acercarse, viniendo de los cuadros de álamos. Estos aparecieron luego, con Lunder a la cabeza, comentando las peripecias de la jornada.
Al ver a su hija la saludó alegremente, yendo a su encuentro a grandes pasos, las barbas flotando al viento con patriarcal bonhomía; pero al aproximarse la observó tan demudada que exclamó sorprendido:
– ¡Pero hija! ¿Qué te pasa?…
– ¡Oh papá… ese hombre… ¡ha despertado al fin y parece tan asustado de algo o de alguien que por poco más ataca a Juan, creyéndose él el atacado!
– ¿Es cierto? -preguntó Lunder, volviéndose al capataz.
– Así es, patrón -respondió Juan, siempre cachazudo y sin la menor alteración en su voz impersonal.
– ¡Yo le voy a enseñar! -gritó Lunder encaminándose al galpón-. ¡Lo único que faltaba!
– ¡Papá, por favor!… -lo atajó Blanca poniéndose delante-. Ese pobre hombre está aterrorizado y sale de su desmayo con alguna horrible impresión en su cerebro…
– ¿Qué estás diciendo? -interrumpió impaciente Lunder. Los hombres de la casa se habían reunido entretanto y los rodeaban. Una voz se elevó en el grupo, exclamando:
– Ahora sí que estoy seguro, pues…
– ¿Seguro de qué? A ver, Blanca… ¿qué sabes de todo esto? -mientras hablaba se desasió suavemente de los brazos de su hija, que aún lo sujetaba-. Déjame y habla…
– Oh, sólo presentimientos, pero algo me dice que los hombres de Sandoval son los responsables del estado del indio… pero oigamos a Antonio que recién habló…
– ¡A ver vos! ¿Qué sabes de este indio? -interrogó Lunder al fornido peón que lanzara la exclamación.
– Este… vea… yo francamente, patrón -se excusó el interpelado.
– Déjate de retaceos y habla de una vez -lo conminó Lunder con autoridad.
– Bueno, del indio no sé nada… pero ayer le pregunté a Bernabé dónde había conseguido el caballo y los fardos y él me contó que los había comprado a un indio cazador y… ahora ése…
– Ya veo -interrumpió Lunder-. Ustedes están cavilando por cuenta propia… pueden irse y vos Blanca vení conmigo. Vamos a casa.
Cuando se acercaban a la casa, Lunder le dijo a su hija:
– Ahora no me cabe duda ¡esos canallas! Y para peor este hombre aquí con los problemas que ya tengo con Sandoval…
– Pero, papá ¿en qué puede Sandoval dañarnos con sus proyectos?
– En muchas formas, m'hija. Si alambra los campos, me priva de los valles de la cordillera para invernar… Y necesito de ellos para aumentar y conservar los caballos, para aclimatarlos y mejorar una raza capaz de soportar todos los rigores del clima. Esta tierra en la que pocos tienen fe, será en su tiempo la esperanza más grande de los hombres; es inmensamente rica, ¡qué diablos! Por nada la compañía reclama leguas y leguas, ¡ella quiere quedarse con todo! Me irán, poco a poco, arrebatando a la gente de trabajo, y lo mismo harán con los demás colonos del norte.
Desacreditarán nuestros esfuerzos, porque la lana viene pronto y se trabaja menos… ¿comprendes ahora…? Y buscan contactos, porque ¡claro!, con la fuerza de su parte poco les importa la ley; ellos van a imponer y aplicar a su antojo la que más les convenga. Quieren obligarnos a depender de la compañía y si lo consiguen harán lo que quieran desde la costa hasta la montaña… Todos los pobladores estamos alarmados. Desde que el gobierno arregló la cuestión de los límites, ellos se sienten seguros y obtienen concesiones enormes, pretextando su afán de colonizar… Entregas hay de doscientas leguas cuadradas en poder de particulares. Admito que ninguno, ni yo mismo, somos abnegados o desinteresados misioneros, pero tampoco todos somos forajidos, sino gente de paz y de trabajo dentro de la ley… -hizo una pausa, mientras veía encenderse las primeras estrellas.
1 Guanaco.