Conquista salvaje
- Автор: Gasulla Luis
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
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Poseído de una obsesión alucinante inició bajo el cielo diáfano un lento trote que prontamente se convirtió en desesperada carrera. Entreveía apenas que su camino incierto, sombras o relámpagos hiriendo sus ojos dilatados y enrojecidos por el cansancio. Sus pies chocaban cada vez más contra los raigones haciéndolo caer; se levantaba tambaleante bajo los efectos de la singular borrachera para volver a caer unos metros más lejos, siempre emitiendo un sordo y entrecortado gruñido, prolongado en un breve grito de animal herido escapando a la jauría. De golpe su garganta tanto tiempo cerrada a las voces humanas dejo oír espantosos gritos que resbalaban sobre el árido suelo de la pampa sin ecos. El aire seco propagó los horribles aullidos que escapaban del pecho largamente oprimido. El leal perro que todavía seguía pegado a sus talones se detuvo de pronto, erizando los pelos del lomo como defendiéndose de un incierto peligro, mientras su amo se alejaba gritando.
Llevaría una interminable hora de correr sin rumbo, cuando al descender a una pequeño cañadón se desplomó de bruces al borde de un menuco de aguas trasparentes, sobre el que se agitaba suavemente el pasto tierno. Algunos teros chillaron asustados y pesadas avutardas remontaron el vuelo alejándose lentamente. Había comenzado a soplar el viento del oeste… Sin embargo Llanlil estaba cubierto de un sudor febril, mientras bebía con avidez en las tranquilas aguas ligeramente saladas.
A partir de entonces, perdida la conciencia del rumbo, olvidado del fin que lo impulsaba, el indio siguió andando como un autómata. Un indefinible instinto lo mantenía conservando una dirección paralela al río, y después de marchar todo el día, increíblemente impasible a la fatiga, el anochecer lo sorprendió en el paso que, siguiendo la curva del río hacia el sur y buscando su confluencia con el Mayo, lo acercaba al campo de los Lunder. Había cruzado la meseta del Alto Senguerr y los brazos menores del río, cubriendo leguas y leguas, infatigable y espantoso en su determinación. Hambriento y tembloroso, siguió andando todavía cuando ya las estrellas cubrían de nuevo el firmamento densamente azul, y como en sueños se halló en el ancho valle que encerraba al Senguerr, viendo delante la patente claridad que difundía la luna, la casa de Lunder. Allí le faltaron las fuerzas y con un grito ronco se desplomó como un fardo. Su último llamado atrajo a los perros de la casa silenciosa, que se conmovía instantes después ante el extraño suceso.
CAPÍTULO IV
1
– Mamá… ¿Vamos a ver a ese pobre indio? -preguntó Blanca dirigiéndose a Frida, concentrada en la preparación de postres y rosquillas en el horno de la gran cocina a leña. Ella levantó la cabeza, mostrando la cara rosada, y frotándose las manos enharinadas en el amplio delantal, contestó:
– Ya estás buscando la oportunidad de escaparte… ¿Por qué no me ayudas un poco? Además está helando todavía…
– ¡Oh mamá! Haz que te ayude María… ¡pero déjame ir! ¡Los hombres nunca saben qué hacer en estos casos!…
– Y tú tampoco. ¡Pero vete! De cualquier manera te irás lo mismo sin mi permiso -la regañó Frida. Su hija no esperó más y dándole un beso de pasada, salió ligera de la cocina.
– ¡Y no te olvides de ponerte los mitones! -alcanzó todavía a decirle su madre, mientras ella corría ya a su habitación.
De allí pasó directamente a la galería rumbo al galpón, en una de cuyas esquinas habían improvisado una piecita con tabiques de cueros estirados sobre vigas de madera. En su interior, acostado en un lecho de circunstancias, pero como hacía tiempo no disfrutaba, yacía Llanlil.
Al entrar Blanca al galpón encontró a su padre que mateaba cerca del fuego. Lo saludó cariñosamente.
– Buenos días, papá; ¿cómo se encuentra el forastero? ¡Es increíble que haya andado en tales condiciones, descalzo y herido!…
– ¡Oh! Esa gente es capaz de todo y el que tenemos aquí es un ejemplar de gran físico… a pesar de que está bastante aporreado… -concluyó Lunder significativamente.
– Piensas que lo han golpeado, ¿no es cierto? -inquirió Blanca, apoyando una mano sobre el brazo de su padre.
– M'hija, el porrazo de la frente es sin error un culatazo brutal… ¡Lo que no me explico es la herida en la pierna! ¿Te fijaste cuando lo trajimos y le lavamos el golpe, que parecía como si le hubieran clavado dientes en el hueso?… No acierto a comprender cómo…
– Anoche también yo pensé en eso y ahora me pregunto: ¿no es la marca que dejarían los dientes de una trampa para zorros?… -dijo Blanca aguardando el efecto de sus palabras.
– ¡Pero claro que sí! Hija mía, a veces pienso que eres más diestra que yo en cosas del campo… Sin embargo quedan muchos puntos obscuros todavía. ¿No andarán Bernabé y el polaco metidos en esta? -expresó Lunder pensativo.
– Padre… ¿recuerdas los fardos y el caballo que traían de tiro? -preguntó Blanca, siguiendo el hilo de un pensamiento revelador. En las últimas cuarenta y ocho horas estaban ocurriendo cosas aparentemente inconexas, pero que ella relacionaba instintivamente. En aquellos parajes era difícil concebir sucesos tan excepcionales sin reunirlos en un solo motivo. También a Lunder le rondaba la misma idea, pues sin demostrar sorpresa por la pregunta de su hija, le contestó:
– Los vi únicamente de lejos, pero juraría que el caballo, el recado y hasta la forma de atar los fardos eran indios. ¿Quieres que te diga qué ha sucedido?… A este pobre diablo lo atacaron ellos, vaya a saber dónde, y lo dejaron por muerto. ¡Ni se imaginan que lo tienen tan cerca!
– ¿Y qué piensas hacer, papá? -quiso saber Blanca levantando el cuero que oficiaba de entrada al cuarto del enfermo.
Llanlil dormía pesadamente un sueño profundo. Las penurias de la empecinada travesía se marcaban en su rostro desencajado, que parecía estar cubierto de un velo de dolor, tal como si en el sueño rememorara las peripecias sufridas… las huellas del viento cortándole la cara, la sed y el frío agrietando la carne de los labios…
El ancho pecho levantaba las colchas siguiendo el ritmo de su agitada respiración. Por momentos le recorría todo el cuerpo un tremendo y espantoso temblor y sus manos crispadas se aferraban a los costados del lecho, intentando, en su brumosa pesadilla, esquivar un golpe imaginario. En esas circunstancias gemía dolorosamente. Su figura noble y abatida, tronchada como un altivo tronco montañés, rodando y rodando hacia el obscuro abismo, quebrándose en cada arista granítica, desgajado, roto y mutilándose en la caída como un guerrero atropellado por la caballada salvaje, entre alaridos espantosos, causaba pavor y compasión, mezclado a un indefinido sentimiento de admiración. A nadie en aquella casa se le escapaba la fortaleza que era necesario poseer para vencer la soledad y el frío de las mesetas, así; casi semidesnudo, sin provisiones ni medios para obtener alimentos.
Blanca examinaba curiosa y complacida la ruda fisonomía del indio. Sus ojos claros y vivaces, fijos en los cerrados del enfermo, parecían querer adivinar el secreto que encerraban. Lentamente se volvió hacia su padre murmurando:
– Debiéramos dejar a alguien cerca para que lo cuide… tiene aspecto de haber sufrido mucho ¿no te parece?
– Así es. Bueno, ¡vamonos! Hay que trabajar, amiguita…
Salieron. Lunder se apoyaba maquinalmente en el hombro juvenil de Blanca y su enérgica presencia hacía resaltar la hermosura de aquella rara flor de las pampas.