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Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:

El único indicio del vasto incendio que asolaba los bosques milenarios lo ofrecía el sangriento resplandor que flotaba detrás de las montañas, coronándolas con una singular claridad. El reflejo, vivo y radiante sobre el cielo inmediato, se amortiguaba luego diluyéndose de nube en nube. Sobre las pampas centrales semejaba todavía un prolongado crepúsculo bermejo. Más allá el fuego se denunciaba apenas en un leve centelleo, igual al indeciso crecer del día. Desde las costas del golfo Grande, podía vislumbrarse el horizonte cortado por los cerros desiguales, en el que resplandecía un aura pálidamente rosada diluida por el gris violento del humo que ascendía pesadamente al cielo. Pero pasando las mesetas del Senguerr las señales del desastre se multiplicaban; lenguas de fuego sobrepasaban las alturas que guardaban el gran lago Escondido y el humo formaba un techo sombrío sobre la región de las pampas, donde el sol, perdido en un cielo de cenizas, fatigaba su curso. Grandes bandadas de avutardas huían al sur y al este, aumentando con sus gritos discordantes el desconcierto del éxodo. Gallardas bandurrias volando sumamente bajo, casi rozando las anchas hojas de la nalca1, las seguían, y en un plano más elevado los solitarios cisnes se unían en el vuelo. Garzas rosadas en inseparables parejas batían con ritmo sus alas incansables. Igual a un guerrero altivo y desdeñoso que desafiara la hecatombe, un águila blanca, deidad sagrada de los indios, planeaba en ceñidos círculos sobre el dilatado incendio, manteniéndose a una gran altura como una atalaya del cielo.
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– ¡Eh, Pavlosky! ¿Sigue lloviendo todavía? -preguntó Bernabé, varias horas después, asomando la cara fuera del toldo.

– Por suerte no… pero del sol ni muestras… -contestó éste, sin abandonar la proximidad de la hoguera.

– Y los paisanos ¿andan por ahí?

– No he visto a ninguno, ¡sólo hay perros! ¡Maldito sea, está lleno de perros hambrientos!

– Bueno, ya termina tu turno y te vas a dormir…

– ¿Dormir? Con tantos piojos no voy a poder dormir en un mes. Los siento hasta en la boca…

La queja del polaco fue recibida con grandes carcajadas por sus compañeros, que se levantaban ya de sus jergones, rascándose vigorosamente.

– ¡Caracoles! Ahí lo tenemos al viejo con su facha de general, y ahora con acompañamiento.

Encabezando a un grupo heterogéneo de hombres, mujeres y chicuelos de todas las edades y vestimentas, desde burdas chaquetas de guanaco, hasta panas rotos y viejos uniformes de la Guardia Nacional, que el gobierno les repartiera en sus expediciones, llegaba Manuel Quilcán a saludar a sus huéspedes. En la obscuridad de la mañana taciturna, el cortejo marchaba en, silencio detrás de su jefe. Saludó éste a los hombres desplegados a la puerta del toldo y su saludo fue coreado por sus acompañantes como una salmodia quejumbrosa. Lejos estaban de la arrogancia orgullosa de sus antecesores. Arrollados y diezmados por los vicios y la miseria, eran solamente un rebaño resignado que llegaba hasta el blanco con un fatalismo ciego, más por respeto o por temor, que por interés alguno. De buena gana hubieran ido a esconderse lejos, pues únicamente desgracias presagiaban aquellos enérgicos hombres cargados de armas. Quilcán trabajó mucho para convencerlos de la inutilidad de querer eludir la presencia detestada, y ahora esperaba conocer los motivos de aquel viaje. Habló entonces y sus palabras fueron dirigidas a Bernabé, a quien conocía como segundo de Sandoval.

– ¿Han dormido bien? ¿Todos buenos? ¿Y el jefe Sandoval también bueno? -la jerarquía de mando otorgada a Sandoval era el más familiar de los tratamientos para Quilcán. El había sido cacique desde joven y dar y recibir órdenes eran la esencia de su vida de antiguo guerrero.

– Hemos dormido bien, jefe Quilcán; todos buenos… mi patrón Sandoval me manda a verte.

– ¡Ah!

– Así es, cacique, y traigo muchos regalos para todos, ropas, comida y ginebra de primera…

– ¿Ginebra? Nada bueno trae la ginebra -murmuró Quilcán- muchos inviernos han pasado por mi toldo y nunca he tomado el agua de fuego… ahora mi gente se envenena la sangre.

Su altiva queja fue interrumpida por una algarada general a sus espaldas. La elocuente exhibición de una gran damajuana de vino que Pavlosky levantaba en alto, había roto la reconcentrada circunspección de los indígenas, más hábilmente que cualquier discurso. Los indios con ademanes y voces reclamaban el licor, fuego líquido en que quemaban su ancestral melancolía.

Quilcán gritó y llamó en vano; nadie lo escuchaba y entonces volviéndose a Bernabé que miraba sonriente el espectáculo, dijo:

– Ya ves, nada atienden… ¿Qué quieren ustedes de mi gente?

– Ya lo está viendo… Que se diviertan un poco.

– De balde no caminan tanto los blancos.

– Queremos gente para trabajar… Vamos a alambrar muchas leguas… hasta los valles de la cordillera…

– ¿Más todavía?… Antes mi tierra era una sola carrera de guanacos ligeros.

– Cuidado, Quilcán… La tierra es del gobierno grande y la reparte al que la trabaja -le reconvino Bernabé, adoptando un tono severo.

– Y a nosotros nos deja las piedras y el viento. ¿Es también el gobierno grande el que lo manda?

– Usted debe saberlo -se soslayó el interpelado, disimulando un fastidio-. Bueno; hoy es fiesta, cacique, y deje a su gente que se divierta…

La fiesta se hizo general pese a la fina llovizna que calaba inexorablemente y a la baja temperatura. Los indios se reunieron en un dilatado círculo, en cuyo centro se ubicaron los más ancianos controlando los víveres, que por turno eran entregados a la voracidad de los festejantes. Así al principio, pero cuando el alcohol empezó a dejar sentir sus efectos, aquello se convirtió en un pataleo desenfrenado.

Un primitivo instrumento de caña agujereada, la trutruca, dejaba escapar con regularidad una nota aguda y en falsete, que acompañada por el ronco golpear del tambor de cuero de guanaco, producía una melopea deprimente y embrutecedora. La bárbara música terminó por sumir a todos en un enervamiento agotador. Bajo la lluvia las cobrizas figuras danzaban ahora con catalépticos quiebros del cuerpo, acentuando los movimientos con roncos alaridos. La dantesca orgía, vigilada por los cuatro atentos diablos blancos, emponchados y al abrigo de la lluvia, siguió interminable toda la mañana y la tarde. Solamente los hombres intervenían en la danza. Las mujeres marcaban el compás rodeadas de chiquillos y de perros.

Se espesaba ya el penumbroso día cuando un jinete entró en la toldería en sostenido galope.

– ¿Quién será? -preguntó inquieto Bernabé, a uno de los suyos.

– No tengo la menor idea -contestó el otro.

– Bueno mira, anda a verlo entonces y traémelo antes que hable con Manuel Quilcán -ordenó Bernabé sin abandonar su gesto preocupado.

Al rato volvió el emisario. Venía solo. Al verlo Bernabé se lo quedó mirando interrogador.

– Tiene malas pulgas el tío ese… -rezongó a manera de excusa el hombre.

– ¿Pero quién diablos es?

– Ruda, un gallego amigo de Quilcán…

– Ah… lo conozco- ¿Sospechará algo? ¿Qué dice?…

– Nada que yo sepa -contestó el interrogado-. Solamente que vendrá a verlo cuando…

– ¿ Cuando qué?…

– Bueno… dijo que “cuando le venga bien”…

– Compadre el hombre. Está levantando mucho el gallito -sentenció rencoroso Bernabé-: Cuida esto, voy a ver dónde anda la visita -terminó con sorna.

Se alejó con dificultad entre los indios borrachos, apartando los perros a puntapiés y frente al toldo del cacique se detuvo observando al recién llegado que pugnaba por traer al anciano a su cabal sentido; pero el indio, saturado de vino, se mostraba insensible a cualquier llamado. Aquella vez Quilcán, claudicando hasta con su repudio al alcohol, se había emborrachado lastimosamente.

– Escuche ¡maldito sea! -le gritaba Ruda-, ¡pero si es una cuba este buen viejo!…

– Buenas… -interrumpió Bernabé acercándose.

– ¡Es…! ¿Usted anda en este embrollo?

– Despacio, compañero… ¿Qué está diciendo?

– ¡Bah! no me dirá que los indios se emborrachan con agua… Y ustedes no les traen el alcohol de balde… -subrayó Ruda.

– Vea, compañero, no se ponga pesado… nada tiene que hacer en esto. Don Mateo nos da órdenes y nosotros las cumplimos. La gente se divierte un poco: ¿qué mal hay en eso? ¡Bastante falta les hace! Por otra parte es la única forma de convencerlos de que se vengan unos cuantos con nosotros…

– ¿Para qué, si puede saberse? -preguntó extrañado Ruda. No dejaba de inquietarle la repentina solicitud de Sandoval por los indígenas. ¿Qué se traía encubierto? Bernabé era sin duda el que atacó al que estaba en casa de Lunder y maldito si le interesaba el bienestar de los paisanos. Pero él estaba solo -los indios ni se daban cuenta de su presencia y de los compinches de Sandoval no cabía esperar nada bueno. Resolvió callar lo que pensaba. Oyó a Bernabé entonces:

– Queremos peones para alambrar los nuevos campos concedidos. Necesitamos mucha gente.

– Ah, sí… está bueno. Sin embargo ellos como peones no sirven gran cosa…

– Cuestión de saber llevarlos -recalcó el otro, sonriendo fugazmente.

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