El Hijo del Griego
- Автор: Graham Lynne
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Hijo del Griego». Краткое содержание книги:
Aun así, en cuanto pensaba en Chantry House, aparecía ella en sus recuerdos y el más mínimo olor a lavanda le hacía apretar los dientes.
Recordaba su esponjoso bizcocho de jengibre, el miedo que había intentando disimular la primera vez que había montado a caballo, Lindy nunca hablaba mal de nadie y, cuando él llegaba tarde, jamás le había reprochado nada.
Atreus se despertaba por las noches buscándola, echándola de menos, pero Lindy no estaba.
Atreus nunca se había enfadado por poner fin a una relación sentimental porque siempre había tenido una docena de mujeres haciendo cola para iniciar otra.
Siempre se había dicho que toda mujer era reemplazable.
Así lo había creído desde la adolescencia.
Sin embargo, al comenzar a salir ahora de nuevo, se encontró con que sus gustos habían cambiado. Ahora, le gustaban las mujeres que supieran apreciar el valor del silencio, que comieran sin preocuparse por las calorías, las mujeres que no tardaban una eternidad en arreglarse para salir, las mujeres que supieran escuchar y participar de la conversación con comentarios inteligentes.
Cuanto más buscaba y menos encontraba, más se enfadaba.
El viernes siguiente estuvo a punto de no ir a su casa de campo, pero, de repente, se le ocurrió la solución a sus problemas.
Dicho y hecho.
Llamó al director de la finca y le dijo que quería que echara a la inquilina de The Lodge y le indicó que le ofreciera una buena suma de dinero como aliciente para que se fuera. Creyéndolo todo arreglado, aquella misma tarde se fue para allá.
Si no hubiera mirado hacia la casa de Lindy al pasar, no se habría dado cuenta de que el BMW de Halliwell estaba aparcado en la puerta. Al verlo, frunció el ceño. Le molestaba la idea de que aquel individuo no fuera a sufrir ninguna consecuencia por sus actos.
Atreus abrió la puerta de Chantry House y se le antojó que la casa estaba demasiado oscura y callada. Por supuesto, era porque ningún perro había corrido a saludarlo con sus ladridos, sus jadeos y sus juegos.
Atreus apretó los dientes y se recordó a sí mismo que nunca le había gustado tener perros dentro de casa. A continuación, se dispuso a cenar la exquisita cena que le había preparado su chef francés.
Pero la selección de manjares no incluía tarta de frutas recubierta de sirope de jengibre.
Aquella misma tarde, Lindy se encontraba bastante contenta ante la idea de acudir con Ben a la celebración de la boda de su amigo. Así se distraería un poco… aunque no cenara.
Desde que hacía dos semanas se le había revuelto el estómago, no había vuelto a comer con normalidad. Cada vez que lo hacía, vomitaba. Debía de tener un virus gastrointestinal y su organismo estaba intentando librarse de él. Como las gastroenteritis no había más remedio que pasarlas y aguantar, no consultó con su médico.
Había cambiado las sábanas de su cama para dejársela a Ben porque le parecía una crueldad por su parte pedirle que durmiera en el sofá con lo alto que era.
Había ido a la peluquería y se había comprado un precioso vestido azul cielo para la ocasión. Ben era divertido y pensaba disfrutar de su compañía.
Estaba decidida a dejar atrás la horrible sensación de abandono que la acompañaba desde hacía unas semanas. Tal y como se habían dado las cosas, debería haberle resultado fácil olvidarse de Atreus, pues no había intentado ponerse en contacto con ella en ningún momento para hacerle cambiar de opinión sobre su ruptura.
Eso sólo podía querer decir una cosa: nunca había sido importante para él.
Con el tiempo, dejaría de echarlo de menos, dejaría de pensar en él, dejaría de llorar por él. Algún día sería capaz de decir «¿Atreus qué?» y de verdad no acordarse de él.
Ben se mostró encantado cuando Lindy le contó que lo suyo con Atreus había terminado. Tras asegurarle que el tiempo lo cura todo y que pronto se olvidaría de él, se habían ido a la boda.
El que se olvidó pronto del asunto fue él, que estaba más interesado en trabar relaciones con los presentes en la celebración.
Lindy, por su parte, se moría por estar con sus amigas Elinor y con Alissa, pues estaba convencida de que sólo una mujer entendería por lo que estaba pasando.
Las tenía que llamar para contárselo.
Decidido a pasar el fin de semana tan bien como siempre, Atreus salió a montar a caballo a la mañana siguiente.
Cuando volvía, vio que el coche de Halliwell seguía aparcado en el mismo lugar que la tarde anterior.
Eso sólo podía significar una cosa.
Ben había pasado la noche allí.
Con Lindy.
Al instante, Atreus sintió que una rabia primigenia lo azotaba como una tormenta. Fue una sensación tan potente, que azuzó a su montura para acercarse sin pensar siquiera en lo que estaba haciendo.
El enfado y la frustración que llevaba días sintiendo habían encontrado, por fin, un objetivo.
Lindy había dormido mal en el sofá, pero, cuando llamaron al timbre, los perros se pusieron como locos, así que no tuvo más remedio que levantarse. Al hacerlo, sintió náuseas, pero se aguantó.
– ¿Se puede saber quién es a estas horas? -aulló Ben desde arriba.
– No tengo ni idea -contestó Lindy.
– Ahora que lo pienso, a lo mejor es para mí -recapacitó Ben-. Geoffrey Stillwood me dijo que vendría a buscarme para invitarme a cazar -recordó-. ¡Nunca he cazado, pero estoy dispuesto a intentarlo si me invita el suegro de mi jefe!
Lindy hizo una mueca de disgusto. No le hacía ninguna gracia que la gente se tomara la caza como un deporte cuando, en realidad, no era más que un asesinato de seres inocentes. Incómoda, se ató el cinturón de la bata y abrió la puerta.
Se quedó anonadada al ver a Dino, el caballo de Atreus, pastando en la hierba. El propietario del animal se erguía ante ella perfectamente ataviado para salir a montar.
Estaba impresionante.
Hasta su peor enemigo tendría que haberlo admitido así.
– No has tardado mucho en sustituirme en la cama, ¿eh? -le espetó mientras Samson y Sausage corrían hacia él para darle la bienvenida.
– Déjame a mí, yo me hago cargo -intervino Ben, haciendo a Lindy a un lado y saliendo al umbral.
– ¿Ah, sí? -se mofó Atreus-. No suelo pelearme por rameras.
– No va a haber ninguna pelea -le aseguró Lindy indignada.
Pero Ben tenía otras intenciones y así lo demostró cuando atacó a Atreus y le dio un derechazo en la mandíbula.
– Que sea la última vez que le hablas así a Lindy, ¿me oyes? -le dijo mientras Atreus se recuperaba y le dirigía un golpe tan certero que el rubio se cayó al suelo de espaldas.
Treinta segundos después, mientras Ben se incorporaba quejándose de dolor y Atreus se disponía a seguir la pelea, Lindy se interpuso entre ellos.
– ¡Parad ahora mismo! -les ordenó.
– Tú no te metas -contestó Atreus, tomándola de la cintura y retirándola a un lado.
– ¡No te atrevas a decirme lo que tengo que hacer! -protestó ella furiosa en el mismo instante en el que un teléfono móvil se ponía a sonar.
Atreus se echó atrás dispuesto a lanzar otro golpe, pero Ben levantó la mano mientras contestaba el teléfono para indicarle que le diera un momento.
– ¿Geoff? Sí, ¿qué tal? Buenos días… no, ya estaba despierto, no te preocupes. Sí, sí… muy bien… claro, encantado. ¿A qué hora? Ahora mismo voy -dijo al auricular-. ¿Dónde hay una tienda de cosas de campo? -le preguntó a Lindy en cuanto colgó el teléfono.
Sorprendida, Lindy le dio la información. Ben corrió escaleras arriba a recoger sus cosas. Evidentemente, se había olvidado de defenderla ante Atreus. Era mucho más importante que uno de los terratenientes del lugar lo hubiera invitado a una cacería.