El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Cepio accionó el caballo para apartarse, zafándose de Cota.
– No. Me quedo aquí -dijo.
Cota y sus cinco compañeros cabalgaron hacia el norte hasta el campamento de la caballería, mientras Cepio montaba un campamento más pequeño pero idéntico al de Malio Máximo a la orilla del río.
Los senadores llegaron justo a tiempo, porque los parlamentarios germanos se presentaron en el campamento de Aurelio a la mañana siguiente. Eran cincuenta, de edades entre cuarenta y sesenta años, pensó el aterrado Cota, que nunca había visto hombres tan grandes; no había ninguno que no midiese un metro ochenta y la mayoría tenía quince centímetros más. Traían enormes caballos, con arreos desaliñados y descuidados para los romanos, cascos cubiertos de largo pelo, las crines cayéndoles sobre los ojos y ninguno ensillado, sino con simples bridas.
– Tienen caballos como elefantes de guerra -dijo Cota.
– Sólo unos pocos -añadió Aurelio sin impresionarse-. La mayoría montan caballos galos corrientes; supongo que éstos serán los más vistosos.
– ¡Mira a ese joven! -exclamó Cota, observando a uno no mayor de treinta años que, desmontando por detrás del caballo, adoptaba una postura despectiva y tranquila, mirándole como si no tuviese la menor importancia.
– Aquiles -añadió Aurelio, impávido.
– Yo creía que los germanos sólo llevaban una capa -dijo Cota, advirtiendo los calzones de cuero del jinete.
– Dicen que en Germania si, pero los que nosotros hemos visto llevan calzones como los galos.
Llevaban calzones, pero a ninguno se le veía camisa en aquel clima caluroso. Muchos portaban pectorales de oro cubriéndoles el pecho de un pezón a otro y todos portaban en bandolera la vaina vacía de la espada. Iban cubiertos de oro -pectorales, adornos del casco, vainas de la espada, cinturones, correajes, hebillas, pulseras y collares- pero ninguno exhibía la torca celta. A Cota, los cascos le parecieron fascinantes, sin borde y en forma de puchero; algunos llevaban adornos geométricos sobre las orejas con magníficos cuernos, alas o tubos huecos con ramos de plumas tiesas, mientras que otros simulaban serpientes, cabezas de dragón, aves horrendas o leopardos de abiertas fauces.
Todos iban afeitados y llevaban el pelo rubio muy largo, en trenzas o suelto. Su tez no era tan rosada como la de los galos, notó Cota, sino algo más dorada. No había ninguno pecoso ni con el pelo rojo; eran de ojos azul claro, sin verde ni gris. Incluso el más viejo estaba en magnífica forma, sin panza y con aspecto del guerrero que no ha cedido a la molicie; cierto que los romanos no sabían que los germanos mataban a los que se echaban a perder.
Los parlamentos se efectuaron por medio de los intérpretes de Aurelio, casi todos ellos eduos y ambarres, aunque había tres germanos capturados por Carbo antes de su derrota. Lo que querían, dijeron los barones germanos, era un pacífico derecho de paso por la Galia Transalpina, porque se dirigían a Hispania. Fue Aurelio quien condujo la primera fase de las conversaciones, ataviado con su uniforme de gala: coraza de plata en forma de torso, casco ático de plata con plumas rojas y la doble faldilla de tiras de cuero llamada pteryges sobre túnica carmesí. Con arreglo a su cargo consular, llevaba una capa morada atada a los hombros de la coraza y cinturón carmesí ceñido y anudado ritualmente sobre la misma, por encima de la cintura, con la insignia de general.
Cota observaba la escena hechizado, más aterrado de lo que jamás se habría imaginado, incluso en la más profunda desesperación, porque sabía que contemplaba el ocaso de Roma. En los meses venideros turbarían su sueño aquellos señores de la guerra germanos; de tal modo que, por el día, andaba a trompicones con los ojos enrojecidos y la cabeza cargada, y, aunque por el cansancio acabara en cierto modo con su desvelo, a veces se encontraba sentado en la cama, sobresaltado, boquiabierto, porque cabalgaban con sus caballos gigantescos en alguna pesadilla menos siniestra. Los servicios de espionaje informaron que su fuerza era superior a tres cuartos de millón, y que por lo menos había trescientos mil guerreros gigantescos. Como todos los de su categoría, Cota había visto no pocos guerreros bárbaros, escordicios, iapudas, salasios y carpetanos, pero nunca nada como aquellos germanos. Todo el mundo consideraba gigantes a los galos, pero comparados con los germanos eran hombres corrientes.
Y el peor terror de todos es que propiciaban la perdición de Roma, porque Roma no los tomaba en serio y no dirimía aquella rencilla de clases. ¿Cómo podía Roma abrigar esperanzas de vencerlos si dos generales romanos se negaban a colaborar y se insultaban mutuamente, condenando a sus respectivos soldados? Si Cepio y Malio Máximo actuaban conjuntamente, Roma pondría en el campo de batalla cerca de cien mil hombres, lo cual era una proporción aceptable si la moral era alta, el entrenamiento bueno y el mando competente.
¡Oh, pensó Cota, sufriendo un retortijón intestinal, he vislumbrado el destino de Roma! No podremos resistir a estas hordas rubias. No podremos sobrevivir.
Finalmente, Aurelio interrumpió la conversación y cada bando se apartó para conferenciar.
– Bien, algo hemos aprendido -dijo Aurelio a Cota y a los otros cinco senadores-. Ellos no se denominan germanos. De hecho, se consideran tres pueblos distintos, a los que llaman cimbros, teutones y un tercer grupo bastante heterogéneo formado por diversos pueblos más pequeños que se unieron a cimbros y teutones durante su marcha errante, que son los marcomanos, queruscos y ti gurinos, según mi intérprete germano, y cuyo origen es más celta que germano. -¿Marcha errante? -inquirió Cota-. ¿Cuánto tiempo han estado errando? -Ni ellos mismos lo saben, pero muchos años. Quizá el tiempo de una generación. Ese joven que parece un Aquiles bárbaro era un niño cuando su tribu, los cimbros, abandonó sus tierras de origen. -¿Tienen un rey? -inquirió Cota. -No, se rigen por un consejo de jefes de tribus; esos que veis son la mayoría. Sin embargo, ese que parece un Aquiles bárbaro va adquiriendo un rápido ascendiente en el consejo y sus partidarios le llaman rey. Se llama Boiorix y es, con gran diferencia, el más agresivo. A él le trae sin cuidado el solicitar el permiso para que les dejemos transitar por el sur; dice que la fuerza es derecho y se muestra partidario de interrumpir las conversaciones y seguir su camino a riesgo de lo que sea. -Peligrosamente joven para creerse rey. Estoy de acuerdo en que es un riesgo -dijo Cota-. ¿Y quién es aquél? Sin ningún prurito, señaló a un hombre de unos cuarenta años que llevaba un deslumbrante pectoral con unas cuantas libras más de oro. -Teutobodo de los teutones, jefe de sus notables. Parece que a él también le empieza a gustar el título de rey. Igual que Boiorix, piensa que la fuerza es derecho y que deben seguir hacia el sur esté o no de acuerdo Roma. Mis dos intérpretes germanos de la época de Carbo me han dicho que ahora su ánimo es muy distinto al de entonces, que han cobrado confianza en sí mismos y que nos desafían -dijo Aurelio mordiéndose el labio-. Es que han convivido con los eduos y los ambarres suficiente tiempo para aprender mucho sobre nosotros, y las cosas que han sabido de Roma han disipado sus temores. Y no sólo eso, sino que hasta ahora, si ex cluimos el primer combate con Lucio Casio, cosa fácil, por otra parte, teniendo en cuenta las secuelas, lo cierto es que nos han vencido siempre. Ahora Boiorix y Teutobodo les dicen que no hay nin gún motivo para temernos porque estemos mejor armados y entrenados; que somos como el coco infanticlass="underline" fantasía y humo. Boiorix y Teutobodo quieren la guerra y, después de acabar con Roma, pro seguir su marcha y asentarse donde gusten. Se reanudaron las conversaciones, pero ahora Aurelio presentó a los seis senadores, ataviados con sus togas y escoltados por los doce lictores con túnica carmesí y gruesos cinturones de servicio en el extranjero repujados en oro, más los fasces y el hacha. Desde luego que los germanos los habían visto, pero al serles presentados, se quedaron mirando maravillados aquellas vestiduras blancas tan poco marciales. ¿Así eran los romanos? Sólo Cota vestía la toga praetexta bordada en púrpura de magistrado curul, y a él dirigían aquellas extrañas arengas ininteligibles.