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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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En la siguiente misiva, Malio Máximo decía:

Como supremo comandante del campo, os repito mi orden de trasladaros con el ejército al otro lado del río sin más dilación. Os ruego consideréis esta segunda orden como la última. Si persistierais en desafiarme, procederé contra vos por la vía legal en Roma bajo la acusación de alta traición y vuestra altanera actitud será la prueba.

Cepio le contestó con no menor animosidad:

No admito que seáis el comandante supremo de campo. Sí, iniciad los procedimientos contra mí por traición. Yo iniciaré procedimientos por traición contra vos. Como los dos sabemos quién ganará, os exijo que me cedáis inmediatamente el mando.

Malio Máximo contestó aún con mayor altivez y así continuaron las cosas hasta mediados de septiembre, en que llegaron seis senadores de Roma, destrozados por la rapidez y la incomodidad del viaje. Rutilio Rufo, el cónsul en Roma, había logrado enviar aquella embajada, pero Escauro y Metelo el Numídico se las habían arreglado para boicotearla negándose a que se incorporase a ella ningún senador con categoría consular o verdadera influencia política. El más importante de los seis senadores era un simple pretor de moderado linaje, nada menos que Marco Aurelio Cota, cuñado del propio Rutilio Rufo. Pocas horas después de llegar la embajada al campamento de Malio Máximo, Cota se daba cuenta de la gravedad de la situación.

Por ello se puso manos a la obra con gran energía y pasión, virtudes habitualmente ausentes en su persona, centrando su acción en Cepio. Pero Cepio no cedía. Tras una visita al campamento de la caballería, treinta millas al norte, volvió al ataque con redoblada decisión, porque el legado Aurelio le había llevado a escondidas hasta un promontorio desde el que pudo contemplar la amplitud frontal del avance germano.

– Teníais que estar en el campamento de Cneo Malio -dijo Cota palideciendo.

– Si quisiésemos plantear batalla, si -respondió Aurelio sin perder la calma, pues él ya llevaba días observando el avance germano y se había acostumbrado-. Pero Cneo Malio piensa que podremos repetir los anteriores éxitos, que siempre han sido diplomáticos. Siempre que los germanos han combatido ha sido porque los hemos obligado. No tengo la menor intención de iniciar nada y estoy seguro que, así, ellos tampoco tomarán la iniciativa. Tengo conmigo un equipo de muy buenos intérpretes y hace días que los alecciono sobre lo que quiero decir cuando los germanos envíen a sus jefes para parlamentar, y estoy convencido de que lo harán cuando vean que hay un enorme ejército romano esperándolos.

– ¡Pero eso ya deben de saberlo! -replicó Cota.

– Lo dudo -respondió Aurelio, impasible-. Ellos no se mueven con arreglo a la técnica militar. Aunque hayan oído hablar de los escuchas, hasta ahora no se han preocupado en emplearlos. Se limitan a avanzar y a afrontar las cosas tal como se presentan; eso es lo que nos parece a Cneo Malio y a mí.

– Primo, tengo que regresar lo antes posible al campamento de Cneo Malio -dijo Cota, dando media vuelta al caballo-. Tenemos que conseguir como sea que ese estirado estúpido de Cepio cruce el río, o si no, que desaparezca.

– Estoy de acuerdo -dijo Aurelio-. No obstante, Marco Aurelio de los Cota, si es factible me gustaría que volvieseis aquí en cuanto os envíe recado de que una delegación germana ha venido a parlamentar. ¡Con vuestros cinco colegas! A los germanos les impresionará que el Senado haya enviado a seis representantes desde Roma para tratar con ellos -añadió sonriendo irónico-. ¡No vamos a decirles que los ha enviado para tratar con nuestros necios generales!

El estirado y estúpido Quinto Servilio Cepio estaba -inexplicablemente- de mejor humor y se hallaba más dispuesto a escuchar a Cota cuando éste cruzó el Rhodanus al día siguiente.

– ¿A qué se debe esta súbita alegría, Quinto Servilio? -inquirió Cota, sorprendido.

– Acabo de recibir carta de Esmirna -contestó Cepio-. Una carta que esperaba hacía meses -añadió, aunque sin decir cuál era el contenido que provocaba su contento-. De acuerdo -prosiguió-, mañana cruzaré a la otra orilla -señaló sobre el mapa con su varilla de marfil rematada por un águila de oro, que usaba para mostrar el alto grado de su imperium-. Cruzaré por aquí.

– ¿Y no sería más prudente cruzarlo al sur de Arausio? -inquirió Cota.

– ¡Ni mucho menos! -respondió Cepio-. Cruzándolo al norte estaré más cerca de los germanos.

Cumpliendo su palabra, Cepio levantó el campamento al amanecer del día siguiente y se dirigió a un vado que había a unas veinte millas al norte de la fortaleza de Malio Maximo, a unas diez millas escasas del lugar en que estaba acampada la caballería de Aurelio.

Cota y sus cinco colegas del Senado se dirigieron a caballo al norte para estar en el campamento de Aurelio cuando llegasen los jefes germanos para parlamentar. Por el camino se encontraron con Cepio en la orilla oriental, cuando ya había vadeado el Rhodanus casi todo el ejército. Pero lo que vieron sus ojos hizo que se les cayera el alma a los pies, porque era evidente que Cepio se disponía a montar un campamento fortificado en aquel lugar.

– ¡Oh, Quinto Servilio, aquí no podéis quedaros! -exclamó Cota mientras detenían los caballos sobre un otero desde el que se dominaba el emplazamiento, donde ya los hombres se apresuraban a excavar trincheras y a apilar tierra para hacer taludes.

– ¿Por qué no? -replicó Cepio, enarcando las cejas.

– Porque veinte millas río abajo ya hay un campamento lo bastante grande para alojar a vuestras legiones y a las diez que ya albergan… ¡Allí es donde tenéis que estar, Quinto Servilio! No aquí, demasiado lejos de Aurelio, que está mas al norte, y de Cneo Malio, que está al sur, y no podríais ayudar a ninguno de los dos. ¡Por favor, Quinto Servilio, os lo suplico! Plantad un campamento provisional para esta noche y dirigíos por la mañana hacia el sur para reuniros con Cneo Malio -dijo Cota, dando a su súplica el mayor tono perentorio posible.

– Dije que cruzaría el río -respondió Cepio-, pero no me comprometí a hacer nada más una vez cruzado. Tengo siete legiones entrenadas al máximo, con soldados experimentados. Y no sólo eso, sino que son propietarios, ¡auténticos soldados romanos! ¿Creéis seriamente que voy a consentir el compartir un campamento con la escoria de Roma y del agro latino, compartirlo con braceros y labriegos que no saben leer ni escribir? ¡Marco Cota, antes prefiero morir!

– Y puede que así sea -replicó secamente Cota.

– Ni yo ni mi ejército -prosiguió Cepio, obcecado-. Estoy veinte millas al norte de Cneo Malio y su repugnante chusma, lo que significa que encontraré primero a los germanos. ¡Y los venceré, Marco Cota! ¡Ni un millón de bárbaros son capaces de vencer a siete legiones de auténticos soldados romanos! ¿Pensáis que voy a consentir que ese mercader de Malio se lleve un ápice del mérito? ¡No! ¡Quinto Servilio Cepio tendrá su segundo triunfo en las calles de Roma como vencedor único! Y Malio, que contemple el desfile.

Cota se inclinó sobre la silla del caballo, alargó la mano y agarró a Cepio del brazo.

– Quinto Servilio -dijo con la mayor severidad y seriedad con que había hablado en su vida-, ¡os ruego que unáis vuestras fuerzas a las de Cneo Malio! ¿Qué cuenta más para vos, Roma victoriosa o el triunfo de la nobleza de Roma? ¿Importa quién venza con tal de que venza Roma? ¡Esto no es una escaramuza fronteriza contra unos escordiscos ni una campaña sin importancia contra los lusitanos! ¡Vamos a necesitar el ejército más grande y mejor que jamás hayamos puesto en pie y vuestra contribución es vital! Los hombres de Cneo Malio no han tenido para entrenarse el tiempo que han tenido los vuestros, y vuestra presencia entre ellos los animará, les dará ejemplo. ¡Porque yo os digo muy en serio que habrá batalla! Algo me lo dice. Indistintamente de cómo los germanos hayan actuado en el pasado, esta vez va a ser distinto. Han probado nuestra sangre y les ha gustado; han probado nuestro temple y nos han visto débiles. ¡Está en juego Roma, Quinto Servilio, no su nobleza! Pero si persistís en permanecer aislado del otro ejército, os lo digo sin ambages, el futuro de la nobleza de Roma peligrará. Tenéis en vuestras manos el futuro de Roma y el de vuestra clase. ¡Os ruego que hagáis lo que es debido por las dos! Id mañana al campamento de Cneo Malio y uníos a sus fuerzas.

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