Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– ¿Con otro hombre? -preguntó Theo, girando los ojos-. ¿Tenía otra relación? Pero si ni siquiera es guapa, la canadiense.
– ¿Es eso lo que te preocupa ahora?
– Entonces ¿por qué no me han arrestado?
– No lo sé -reconoció Nita-. Tal vez ya estás bajo arresto. Pero he solicitado hablar contigo, y me lo han permitido. Necesito enterarme de todo, por mi bien y por el tuyo. Y enterarme por ti, no por los interrogatorios y los juicios. Necesito que me lo cuentes tú.
– ¿Has sido tú la que ha solicitado hablar conmigo? ¿No te lo han pedido ellos? -en la voz de Theo había sorpresa y alivio-. ¿Estás segura?
– Lo solicité yo. Nadie me lo ha pedido -repuso Nita con voz destemplada-. ¿No comprendes que me debes una explicación honesta? ¿No comprendes que tienes que contármelo?
Theo permaneció en silencio.
– Sólo seré capaz de apoyarte si me lo cuentas. A pesar de… aunque padre y Gabi… seré capaz de… no sé cómo, pero ya sabes que yo no digo mentiras. Sólo si quieres acercarte a mí ahora, si me lo cuentas, si confías en mí.
– ¿Y qué más da? -masculló Theo-. Ya da todo igual. Créeme. Si han encontrado el réquiem. ¿Fue Herzl quien les habló del réquiem?
– No lo sé. Lo encontraron en tu despacho. Dentro de la partitura de Los troyanos. La que está encuadernada en terciopelo negro. La que te regaló mamá. Con esas ilustraciones que me enseñabas cuando era pequeña.
Theo guardó silencio.
– No te estoy preguntando por qué, Theo. Ahora mismo, no te pregunto por qué, sólo si lo hiciste o no. Eso es lo que te estoy preguntando. Los porqués los puedo comprender yo sola. Si es que son comprensibles. Los porqués podemos dejarlos para más adelante.
– ¿Lo puedes comprender tú sola? ¿Cómo es posible? -gritó Theo, y se puso en pie. Aquella fue la tercera ocasión en que Michael tuvo miedo de que se lanzara sobre Nita y la matara a golpes. Theo se colocó junto a ella y empezó a pegar gritos sin el menor dominio de sí mismo. En su cuello, largo como el de Nita, resaltaban las venas-. Cómo vas a entenderlo si toda la vida has sido la niña bonita de todos. Te concedían todos tus caprichos. Padre te adoraba, y Gabi también. ¿Cómo puedes comprender cómo me sentí cuando Herzl y después padre me hablaron del réquiem, diciéndome que no se me iba a permitir ni tocarlo? Que sería el motor para impulsar a Gabi a una merecida fama. ¿Lo oyes? ¡La merecida fama de Gabi! Eso es lo que dijo padre. Nada de lo que he hecho en toda mi vida, ni mis esfuerzos, ni mi fama, ni mis innovaciones, ni las alabanzas a mi genio… nada logró alterar el desprecio que le inspiraba a mi padre. ¡Ni su preferencia por Gabi! Hiciera lo que hiciese, era una causa perdida. Y me viene hablando de fama merecida. ¡De lo que se merece Gabi! De que él es un músico realmente serio. ¡Y a mí nunca me decía nada! ¡Ni una palabra! La primera vez que dirigí la Filarmónica de Nueva York, ¿lo recuerdas?, madre vino sola a verme. ¡Él no podía dejar la tienda desatendida! Ni siquiera me llamó después del concierto. ¿Puedes comprender eso? ¿Tú, con toda tu ingenuidad? ¿Tú, con ese mito sobre nuestra familia que te empeñas en cultivar? Tú… tú… con tu vida de cuento de hadas.
Nita estaba petrificada. Sus brazos descansaban rígidos, como los de Michael, en los de la silla, tan tensos que todo el peso de su cuerpo parecía concentrarse en las palmas de las manos.
– Jamás una palabra de alabanza. Ni un comentario sobre mi talento. Siempre Gabi, Gabi, Gabi -repentinamente, la voz de Theo bajó de volumen y adquirió un tono seco y apático-. Y yo deseaba tanto que también me apreciara un poquito a mí.
Nita no se movió.
– Después de la muerte de mamá, no quedó nadie en casa que tuviera una palabra amable para mí. Fue Herzl quien me habló del réquiem en lugar de nuestro padre.
Michael observó con perplejidad cómo aquel cincuentón, un afamado director de orquesta vestido de traje y corbata, se convertía en un niño de tres años. Hizo un mohín como si le hubieran ofendido en lo más hondo. Como si le hubiesen marginado y tratado con una injusticia ultrajante.
– ¿Has pensado en eso alguna vez? -dijo Theo a voz en grito-. ¿Que el lastimoso ayudante de padre era el único que estaba de mi parte? ¿Qué tienes que decir sobre el hecho de que padre no pensara ni contármelo?
– Planeaste matar a nuestro padre -dijo Nita con voz hueca-. ¿De verdad lo odiabas tanto? ¿Tanto como para planear su muerte?
– ¿Que si lo odiaba? ¿Cómo puedes decir que lo odiaba? Deseaba tanto… tanto… -se le quebró la voz. Al cabo de unos segundos se repuso-. No seas tan melodramática -la reprendió con severidad-. No planeé nada. Fui a su casa para hablar con él. Estuvo tan frío conmigo, y tan lleno de desdén. Le preocupaba que Herzl me hubiera hablado del réquiem y que yo fuera incapaz de guardar el secreto. Pensaba en Gabi en todo momento, en lo que Gabi se merecía. Estábamos en su dormitorio. Él tumbado en la cama. Vi que no comprendía en absoluto lo mal que lo estaba pasando, ni lo que significaba para mí. De pronto, se me subió la sangre a la cabeza. Cogí la almohada para tirarla contra la pared. No pretendía… lo hice sin pensar. De pronto me miró con una cara de monstruo, como… como dice Kafka que era su padre. Eso es lo que parecía. Con la dentadura postiza pegando chasquidos y esa seguridad suya en que yo era una nulidad. No lo planeé. ¿Cómo se podría planear algo así? Quería hacerlo, eso sí, muchas veces sentía ganas de matarlo, de zarandearlo con todas mis fuerzas, pero no lo planeé a sangre fría.
Nita tenía el rostro bañado en lágrimas. Michael oyó que Balilty se frotaba las manos y emitía un suspiro de alivio.
– No tenía intención de… -Theo se inclinó hacia Nita y le cogió las manos-. Ni siquiera sé cómo la almohada, en lugar de estrellarse contra la pared… No recuerdo cómo fue a parar a su cara. Lo único que pretendía era no verle esa cara cargada de desprecio hacia mi persona, de severidad, de insensibilidad absoluta. No quería verle la cara. Le puse la almohada encima. No sé cuánto tiempo pasó hasta que me di cuenta de lo que estaba haciendo. Y ni siquiera podría decirte cómo supe que estaba muerto. Debía de estar mucho más débil de lo que yo creía. Lo hice sin querer, Nita. Yo también lo quería. Mi intención era… no lograba comunicarme con él. Daba igual lo que hiciera. Compréndeme, por favor. Has dicho que querías comprenderlo.
– ¿Y el cuadro? ¿Y Gabi?
– Después me entró el pánico. No sé de dónde salió la idea del cuadro. Eso tampoco lo había planeado. Créeme. Estaba totalmente aturdido. No tenía ni idea de lo que iba a pasar. Ni yo mismo sé explicarte cómo ni por qué lo trasladé al sillón y lo amordacé, ni cómo desmonté el cuadro. Le quité el marco. Llevé el lienzo a casa de Herzl. No pensé en las consecuencias. No pensé en nada. Todo era… como un sueño.
– Y después, en el concierto, se te veía como si no hubiera pasado nada. ¡Y todos esperando a papá!
– Es que… es como si lo hubiera hecho otra persona -dijo Theo con voz lánguida-. Es imposible de explicar, lo sé, no te pido que me perdones. Me he pasado toda la vida desesperado, obsesionado. Hasta ahora, nunca había hablado de esto con nadie. Del dolor incesante. De la desesperación que se siente al comprender que, hagas lo que hagas, todo será inútil.
– Y Gabi.
– Y Gabi -Theo bajó la cabeza.
– Eso sí fue premeditado.
– Tampoco hay por qué decirlo así -objetó Theo.