Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– Ojalá no te hubiera conocido -dijo de pronto Nita en un lamento-. Ojalá estuviera muerta.
Michael guardaba silencio.
– Lo único que quiero es… poner esto en orden. Obrar como es debido.
Michael seguía callado.
– No tengo elección -concluyó Nita, con menos odio-. Tengo que hablar con Theo, pero a solas. Y antes que tú. Antes de que hables tú con él. No quiero que estés presente mientras hablamos -le advirtió amenazadora.
Michael asintió.
– Quiero estar a solas con mi hermano. Aunque… incluso si… Sigue siendo mi hermano. No ha dejado de ser mi hermano. Y si tienes razón, si hay un mínimo de verdad en lo que has dicho, sigue siendo mi hermano. Y tú no puedes relacionarte con la hermana… de un asesino. Lo nuestro se acabó. Tanto si tienes razón como si no la tienes. Me has dejado sola, te has pasado al otro bando.
Michael advirtió que se había puesto muy pálido y que su respiración era acelerada y superficial. Cada una de las palabras pronunciadas por Nita era como una piedra lanzada contra su pecho, directamente al corazón.
– Una vez que haya hablado con él, aunque tú tengas razón, no volveré a verte nunca más. Aunque estés en lo cierto. Y ahora ni siquiera me atrevo a preguntarte si quieres que hable con él. Me siento incapaz de hablar con él. Eso es lo que has conseguido. O es como están las cosas, aunque no sea culpa tuya.
Michael quería preguntarle si las cosas habrían sido diferentes de no habérselo contado, si él se hubiese encargado de interrogar a Theo por su cuenta y más adelante le hubiera presentado los hechos a ella, si hubiera tenido mayor compasión. Quería acariciarla y decirle que, aunque los acontecimientos se hubieran desarrollado así, él siempre había estado a su lado. Quería explicarle que lo que importaba no eran las apariencias, sino los hechos. Pero cuando esos pensamientos empezaron a plasmarse en palabras en su mente, supo que no diría nada. En aquel momento no tenía derecho a exigir que Nita le prestara atención. Lo importante era ella, y el interrogatorio. No tenía sentido decirle nada puesto que los hechos no se podían modificar. Si Nita decidía verle a él como el principal responsable de la necesidad de enfrentarse a los hechos, nada podría impedirlo. «Y así es como lo ve ahora», comprendió de pronto.
– Podrías habernos ayudado -dijo de pronto Nita, con una voz desesperada e infantil.
Michael abrió los brazos en un gesto de impotencia que detestaba.
– Lo que ahora te importa es tu trabajo, tus éxitos -continuó ella con amargura-. Has optado por eso.
Michael quiso protestar, ansiaba decirle que no había otro camino, pero hablar no serviría de nada. Cabizbajo, comprendió que Nita eludía el quid de la cuestión, lo esquivaba, daba vueltas a su alrededor como si de un anillo de fuego se tratara. Nita, dominada por el deseo de hacerle daño, tenía la boca contraída, los dientes hincados en el labio inferior; al fin, los músculos de su cara y de su cuerpo se relajaron y se recostó con los ojos cerrados. Sus labios se movieron, repitiendo inaudiblemente una y otra vez, como si rezara: «Ojalá estuviera muerta». De pronto, inesperadamente, se irguió, estiró la espalda y dijo:
– No tengo más remedio. Necesito saberlo. No puedo vivir así. Cuando sepa la verdad de boca de Theo, y sólo de su boca, ya veremos si puedo seguir viviendo. Si queda algo en pie.
La primera vez que Michael sintió el impulso de precipitarse hacia la sala azul fue cuando Theo le puso las manos en los hombros a Nita. Tuvo entonces una visión espeluznante: aquellas manos rodeaban el cuello de Nita y apretaban con todas sus fuerzas. Pero Theo se limitó a mirar a Nita a los ojos, y a Michael le sorprendió una vez más la incongruencia de que los ojos de ambos fueran exactamente iguales y, sin embargo, reflejaran expresiones tan distintas. Las facciones de Theo transmitían una sensación de lejanía y frialdad, de arrojo, mientras que el rostro de Nita dejaba traslucir el horror de lo que sabía y un dolor difícil de contemplar incluso desde el otro lado de un cristal. Theo retiró las manos de los hombros de Nita. Michael cerró los ojos un instante. Al abrirlos, oyó que Nita decía:
– Han encontrado el réquiem.
Vio que Theo se echaba hacia atrás y miraba en derredor espantado.
– Estamos solos -dijo Nita-, no tienes nada que temer, Theo. Lo encontraron en tu despacho.
Theo se desplomó en una silla que tenía al lado.
– No me habías dicho nada del réquiem -lo acusó Nita gélidamente-. Ahora me lo tienes que contar todo.
Theo meneó la cabeza. Luego la irguió y se pasó la mano por la plateada cabellera. Con la voz ahogada, dijo:
– Están escuchando todo lo que decimos.
– Aquí no hay nadie -insistió Nita-. Me lo ha prometido.
– Miente. Todos mienten -replicó Theo-. Siempre has sido una ingenua.
Michael se puso en pie y se aproximó tanto a la pared de cristal que dejó sobre ella la marca de su aliento. Se vio entrecerrando los ojos y después abriéndolos de par en par.
– Tal vez lo era -la oyó decir con sencillez, y vio que las manchitas rosadas de sus mejillas se oscurecían-, pero lo he dejado de ser. Ya no me lo puedo permitir.
Theo masculló algo ininteligible y la miró en silencio.
– Puedes contarme lo que te dé la gana, Theo -dijo Nita, y se agarró un brazo. Estaban sentados uno frente a otro, muy juntos. En la sala azul tan sólo había un par de sillas y una mesa metálica verde-. Pero tienes que decirme la verdad. Toda la verdad.
Theo exploró los rincones con una mirada rápida. Alzó después la vista hacia el techo como a la búsqueda de micrófonos ocultos. Al fin, se levantó e inspeccionó la sala, parecía a punto de empezar a medirla con sus pasos. Pero al darse cuenta de lo pequeña que era, volvió a sentarse.
– Todo. Es tu deber. Lo de padre también.
– Nita -dijo Theo airadamente-. ¿Qué voy a contarte de padre? Ya has oído que estuve con… una mujer, con dos, aquel día. Me siento incómodo hablando contigo de estas cosas.
El semblante de Nita palideció, como si de él se hubiera retirado la sangre de golpe. Michael tuvo miedo de que se desmayara, de que se cayera de la silla y se golpeara la cabeza contra el polvoriento suelo de piedra. Pero Nita se enderezó y dijo con un hilo de voz:
– Escúchame, Theo, escúchame bien. En primer lugar, como sabes, no soy precisamente virgen. No es ningún secreto que eres un mujeriego. Y, además, ya no soy una niña. Puede que lo fuera hasta hace poco, pero ya no. He tenido que madurar a toda prisa. Y, por último, la canadiense con la que estuviste en el Hilton, o donde fuera, dice que no estuvo contigo.
Theo sonrió. Incluso pareció animarse un instante.
– Cómo no lo va a negar -dijo casi con alivio-. ¿Qué esperabas? Es una mujer casada y respetable, un pilar de su comunidad. Tiene cuatro hijos.
– No me hables así -le replicó Nita con vehemencia-. No soy de la policía, soy tu hermana. ¡Estoy hablando contigo porque soy tu hermana! ¿No lo quieres comprender? Eres todo lo que me queda. Aunque… aunque seas un asesino -añadió en un susurro-. Ya está, ya lo he dicho -farfulló extrañada-. Aun en ese caso, te quiero, incondicionalmente. Pero tienes que decirme la verdad. Deja ya de mentirme. La canadiense dijo que en esos momentos estaba con otro hombre. Facilitó su nombre, y él lo ha confirmado; han grabado su declaración y ella la ha firmado. Y Drora Yaffe, la violinista con la que se supone que estuviste después, también se vino abajo en el interrogatorio. Dijo que te estuvo esperando y no apareciste. Así que no me vengas con cuentos.