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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– No nos sobra el tiempo -advirtió de pronto Balilty-. No es el momento de ponernos a filosofar.

– En esta clase de interrogatorios -dijo Shorer-, siempre te preguntas a qué tipo de persona te estás enfrentando. De pronto, te pones a hablar de ti mismo. Buscas puntos de contacto. Igual que lo harías al tratar con cualquier persona. Uno de los motivos de los sorprendentes éxitos de Michael es que está dispuesto a abrirse y a comprender a la persona que tiene delante.

– No siempre -se oyó decir Michael-. No fue así con Tuvia Shai, por ejemplo, ni en otros casos, ahí sencillamente tuve que tender una trampa.

– Los asesinos necesitan comprensión -explicó Shorer-, como cualquier hijo de vecino. Que se comprendan sus motivos, lo que piensan, lo que sienten.

– What makes them tick -recitó Balilty.

– ¿Por qué piensa que Ohayon no lo puede lograr en esta ocasión? -perseveró el sargento Ya'ir-. Si no lo he comprendido mal, hasta está relacionado con la familia. Eso puede darle una ventaja.

– El problema está ahí, precisamente -dijo Balilty, y descargó un puñetazo en la mesa-. Ohayon está mezclando en el asunto consideraciones personales irrelevantes. Debemos trabajar en dos etapas, la primera con la hermana.

– ¿Qué hemos decidido? -preguntó Shorer impaciente-. ¿Puedes exponérselo a la hermana de tal manera que se preste a colaborar o no?

Michael asintió con un gesto y se puso en pie. Era incapaz de articular palabra.

– Lleva a Nita a la sala azul -oyó que le decía Balilty-. Primero trasladaremos al hermano.

La sala azul era tan gris como todas las demás. Se decía que el nombre le venía de una cortina azul que en su día tapaba el falso espejo tras el que se sentaban los testigos para identificar a los sospechosos.

En tres ocasiones Michael estuvo a punto de levantarse de un salto para irrumpir en la sala al rescate de Nita. Y en cada una de ellas permaneció sentado entre Balilty y Shorer, se aferró al armazón metálico de la silla y miró a su alrededor, sin mover un músculo. Desde el momento en que cogió a Nita del brazo y la condujo a la sala azul, se sentía como si la hubiera lanzado por un camino en el que no lograría sobrevivir. Por un instante tuvo la sensación de que el peligro que corría Nita era físico, de que no saldría con vida de allí. Antes, en el despacho de Shorer, Michael había aceptado dócilmente las acusaciones de crueldad que ella le lanzó con una voz fría, desconocida, declaradamente hostil. Y ahora, mirándola a través del falso espejo, volvió a llamarle la atención el arrebol que teñía su cara. Al dirigirse a toda prisa al despacho de Shorer desde la sala de reuniones, esperaba encontrarla en un estado de postración. Le sorprendió ver su rostro lustroso y con un color rosado que no le conocía, los grises ojos reluciendo de fiebre. Nita lo escuchó con gran atención mientras le hablaba del réquiem, de cómo lo habían encontrado, de la conversación con el experto belga, de la coartada falsa de Theo.

– No me creo ni una palabra -dijo Nita con firmeza-. Así de sencillo.

Michael suspiró. Cogió el teléfono y pidió que hicieran pasar a Izzy Mashiah y a la experta en documentos del laboratorio, y que le llevaran el manuscrito.

– ¿Es verdad? -le preguntó Nita a Izzy Mashiah una vez que hubo dejado el manuscrito en el sofá-. Dice… -dijo con la voz ahogada; luego consiguió elevar el tono y concluyó-: Dice que lo han encontrado en el despacho de Theo.

Izzy agachó la cabeza.

– Dice que Theo… Gabi… padre… ¿es verdad? ¿Sabes algo de todo esto? ¿Lo crees? ¿Crees lo que dice, Izzy?

Izzy Mashiah dirigió la vista hacia el manuscrito y luego hacia Michael. Respiraba rápida y entrecortadamente.

– Gabi no me contó nada de esto. No quiso que lo supiera. Pero es de Vivaldi. Sin lugar a duda. Y estaba en el despacho de Theo, dentro de una partitura de Los troyanos.

– De lo que parece deducirse algo -insistió Nita- que él ha dado a entender sin decirlo explícitamente: que Theo asesinó a padre y a Gabi por esto -desvió la vista de Michael, a quien aludía fría y cáusticamente, como si fuera su peor enemigo.

Izzy Mashiah se puso pálido. De la frente le brotaron goterones de sudor. Su respiración silbaba débilmente.

– ¿Qué opinas tú, Izzy? Tú que querías a Gabi, ¿qué opinas? -Nita habló con una voz fría y decidida.

– No pretendía causar problemas -dijo Izzy temeroso-. Me enseñaron el réquiem de Vivaldi y… ¿Quién podría haber imaginado adonde nos iba a llevar?

– Él dice que Theo no estuvo con esa mujer antes del concierto de aquel día. Dice que Theo… la cuerda… dice que… -a Nita se le quebró la voz. Miró a Michael. En su mirada se confundían el dolor y el odio.

«No he sido yo», quiso decir Michael, «estoy metido en esto por casualidad». Pero mantuvo la expresión de reserva y no dijo nada.

Como si hubiera oído sus pensamientos, Nita dijo:

– No es culpa tuya. Tú no has provocado nada de esto. Simplemente has actuado a mis espaldas y… No tiene importancia -añadió a la vez que hacía un ademán desdeñoso-. Es tu trabajo y ya está.

Izzy Mashiah se dejó caer en una silla, junto a Michael, que estaba de pie.

– Yo qué sé -susurró-. Resulta muy difícil creérselo. No sé qué decir.

– ¡Por esto! ¿Por esto? -Nita señaló el manuscrito-. ¿Por esto Theo degolló a Gabi con una cuerda del chelo? ¿A padre, por esto?

– Nita -musitó Izzy Mashiah jadeante-. ¡Es un réquiem de Vivaldi!

– En realidad, no ha sido por esto, no sólo por esto -intervino Michael.

– Él dice -dijo Nita, como si no hubiera oído a Michael- que Theo siempre tuvo unos celos espantosos de Gabi. Siempre. Y de mí. Y que no podía perdonarle a padre que quisiera más a Gabi. Y dice que padre también me quería a mí. Y no dice nada más. Deja que yo misma saque la conclusión de que Theo también podría matarme a mí. Como si fuera un loco peligroso o algo por el estilo. Una especie de Macbeth. ¿Tú qué crees, Izzy? ¿Es posible?

– Sólo una persona puede dar respuesta a esa pregunta. Y de todos nosotros, tú eres la única a la que le debe una respuesta. Te debe una respuesta -dijo Izzy con voz despejada-. Y desde el mismo instante en que se ha planteado la pregunta, no lograrás estar en paz, ni yo tampoco, ni nadie.

– Querría estar muerta. Ojalá me tragase la tierra -dijo Nita.

Izzy miró a Michael desvalidamente; Michael le indicó por señas que saliera de la sala.

– No me trates como si estuviera loca -le advirtió Nita a la vez que alzaba la cabeza mientras la puerta se cerraba tras de Izzy-. Hay familias sobre las que pesa una maldición. Es un hecho y no hay que estar loco para creerlo.

– Yo no creo en las familias malditas -dijo Michael Ohayon-. Siempre doy por sentado que cualquiera es capaz de cualquier cosa. Es una lección que me ha enseñado la vida. ¿No crees que hay odio dentro de las familias? Piensa en las crónicas de la peste negra que asoló la Europa medieval. En las madres que abandonaban a sus niños de pecho y huían en cuanto reconocían en ellos los síntomas. ¿Crees que no querían a sus hijos? Los maridos abandonaban a las esposas, las esposas a los maridos, los amantes a sus amadas, los niños a sus padres… todos escapaban para sobrevivir. El horror que los amenazaba demolía todo y rompía todos los lazos. Era más fuerte que el amor, que la devoción o la responsabilidad. En el mundo no se puede dar nada por seguro. Es imposible pensar en nada que sea eterno. Siento mucho tener que ser yo quien te dé esta noticia. Pero créeme… no se puede vivir en este mundo sin conocer la verdad.

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