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Nadie Es Inocente

Электронная книга - «Nadie Es Inocente». Краткое содержание книги:

Un sacerdote, que en su juventud estuvo relacionado con la organizaci?n terrorista ETA, desaparece en compa??a de una hermosa mujer tras apoderarse de una importante suma de dinero de su congregaci?n. Para evitar el esc?ndalo se encargar? del caso otro religioso que antes de ordenarse hab?a sido polic?a. El pasado de ambos, reflejo del pasado y presente de una Euskadi que se debate entre la violencia y las ansias de paz, condiciona de tal manera la investigaci?n, que finalmente se convierte en un juego muy peligroso, donde lo importante no es la recuperaci?n del dinero, sino el ajuste de cuentas entre los dos contrincantes. Un ajuste de cuentas que parece personal, pero que en realidad contiene la clave de la violencia que ha sufrido el propio Pa?s Vasco.
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– Sin embargo, tengo entendido que fue una mujer quien cobró el talón.

– Eso es cierto, pero la acompañaba el hombre que, según nuestra cliente, iba a cobrarlo en principio. De todos modos eso no era importante para nosotros ya que nuestras instrucciones eran bien claras, pagar ese talón a la persona que lo presentara al cobro.

– ¿Y no le produjo cierta extrañeza ese cambio de planes a última hora, sobre todo teniendo en cuenta que fue una mujer quien lo cobró, cuando estaba destinado a una orden religiosa masculina?

– Bueno, en primer lugar un talón al portador va dirigido a quien lo tiene en su poder, no a ninguna orden o institución; nuestra única obligación es comprobar que está en regla y que hay fondos suficientes para cubrirlo en la cuenta contra la que se ha librado. En cuanto a que sea un hombre o una mujer quien nos lo presente, como usted comprenderá nos es completamente indiferente.

– ¿Le pidieron en algún momento que se identificara?

– ¿A quién, a la mujer?

– Sí.

– No podíamos hacer eso -contestó el director-, le recuerdo que se trataba de un talón al portador. No tenía ninguna obligación de identificarse, aunque para serle sincero debo admitir que intenté que lo hiciera para ofrecerle nuestros servicios, independientemente de que hubiera cobrado ese dinero en nombre propio o en el de una congregación. Cien millones es una cantidad importante y nos hubiera interesado seguir gestionándola. Le ofrecí algunos de nuestros productos financieros, pero hizo caso omiso de todos. También le comenté la posibilidad de abrir una cuenta corriente o libreta de ahorros con unos intereses muy apetitosos, más elevados de los que en general se ofrecen al público, pero tampoco accedió. Por último le pregunté si nos permitía introducir su nombre y domicilio en nuestra base de datos, para poder informarla de aquello que pudiera ser de su interés, pero se negó rotundamente a proporcionárnoslos. De todos modos no insistimos demasiado ya que imaginábamos que, aunque era ella quien lo cobraba, al final el dinero iría a parar a su destinatario original, la congregación religiosa a la que el difunto marido de la señora que extendió el talón decidió donar esa importante cantidad. Lamento que haya habido irregularidades pero en ningún caso pueden achacarse al banco, que en todo momento ha actuado correctamente, sujetándose tanto a las disposiciones legales como a las instrucciones del propio Banco de España.

– En ningún momento hemos puesto eso en duda. Por lo que me está diciendo supongo que la mujer no es clienta de ustedes ni lo ha sido en el pasado.

– En estos momentos, desde luego, no es clienta nuestra, ni desde que yo dirijo esta sucursal hemos tenido relaciones con ella. Es posible que haya efectuado alguna operación en esta sucursal, como cobrar otro talón o ingresar en la cuenta de una tercera persona una cantidad en pago de algo, pero en todo caso nada significativo que merezca la pena recordar. Y eso que lo hemos intentado ya que, como antes le he dicho, el cobro de esa cantidad, así en mano, no es algo habitual, y todos los empleados se enteraron de ello, pero ninguno recuerda a esa mujer de nada.

– ¿Podrá describírmela?

– Me temo que no, desgraciadamente soy muy malo para esas cosas. ¿Qué le puedo decir?, que era de estatura mediana, pelo moreno y corto, usaba gafas de sol. No recuerdo ninguna característica especial, aunque admito que igual la tenía pero no me fijé. En definitiva, una mujer como seguramente habrá miles en este barrio.

– Qué le vamos a hacer -dijo el padre Vázquez levantándose de su sillón y estrechando la mano de su interlocutor-. Muchas gracias por su colaboración de todos modos.

– No hay por qué darlas -contestó jovial el director- y ya sabe, si tiene algún dinerillo ahorrado, no dude en llamarnos. Sabremos sacarle chispas.

Cuando el padre Vázquez estaba cruzando la puerta de la sucursal una llamada del director le hizo volver a su despacho.

– Se me olvidaba una cosa -le dijo-. No soy capaz de describirla, pero quizá haya un modo de obtener lo que usted desea. Como medida de seguridad, una cámara que hay en el interior de la sucursal graba a todas las personas que entran. Es posible que la mujer que a usted le interesa haya sido filmada por la cámara, en ese caso podría proporcionarle una foto de la misma. No sé para cuándo podrá estar hecho, pero si le interesa se lo comunicaría en cuanto estuviera listo.

– Se lo agradecería enormemente -contestó el padre Vázquez, vislumbrando por fin una pequeña esperanza.

Capítulo nueve

El desenmascaramiento del traidor aumentó el prestigio que teníamos en el colegio. Desde aquel momento, Garrido fue el líder indiscutible entre los alumnos y yo, como lugarteniente suyo, participaba del respeto que se le tenía y compartía su gloria. Entre los sacerdotes y profesores más que respeto había cierto temor por aquellos dos estudiantes que habían causado la desgracia del padre Arizmendi. No se nos miraba con mucha simpatía, excepto por parte de dos de los curas que habían sido capellanes en el Ejército Nacional, pero se nos dejaba en paz y se nos toleraban cosas que a cualquier otro alumno le hubieran supuesto un fuerte castigo e incluso la expulsión, pero todo empezó a cambiar con la llegada de Fernandito.

En primer lugar estaba el nombre, Fernandito, ni siquiera Fernando. Cuando todos teníamos a orgullo que, a imitación de Garrido, tan sólo usábamos el apellido, a Fernando Alonso esas cosas no le interesaban e insistía en que le llamáramos Fernandito, así, en diminutivo. Cuando alguno de nosotros se rió por tal hecho no se enfadó y ni siquiera se inmutó, se limitó a sonreír y a comentar que éramos unos pardillos.

– No tenéis personalidad, pensáis que al usar el apellido sois ya mayores cuando lo que os ocurre es todo lo contrario, os identificáis totalmente con vuestros padres, sois la sombra de ellos, siempre cobijados bajo sus pantalones. Seguro que cuando os acostáis y rezáis vuestras oraciones empezáis a gritar «papaíto, papaíto, ven» -añadió atiplando la voz en lo que era un evidente gesto burlesco-. Yo, en cambio, al preferir que me llamen Fernandito en lugar de Alonso, consigo que no me confundan con mi padre, que tiene el mismo apellido pero se llama Aurelio. Soy yo mismo, alguien con personalidad propia, no como vosotros, que parecéis un grupo de borregos incapaces de actuar por vosotros mismos.

Estas palabras y otras de similar jaez nos dejaban atónitos. Ni siquiera nos rebelábamos contra ellas ni tomábamos represalias contra lo que evidentemente era un menosprecio hacia nuestras personas, tal era la influencia que ejercía sobre nosotros. Aunque no éramos conscientes de ello nos enfrentábamos, por primera vez en nuestras vidas, con la disidencia, con lo más parecido que podía haber en aquel lugar a un espíritu crítico, y eso nos desconcertaba por completo. Era capaz de darle la vuelta a las cosas y demostrarnos que lo que para nosotros había sido un logro, el pensar que ya éramos mayores porque usábamos el apellido en vez del diminutivo del nombre, no era sino una muestra de que todavía éramos unos niños que seguían colgados de los pantalones paternos. Y como en este caso, anecdótico pero significativo, en muchos más. Fernandito actuaba por su cuenta, no tenía ningún miedo a que el grupo le marginara, sino que más bien al contrario, llevaba a la práctica sus ideas sin importarle las opiniones de los demás. Y esa actitud, curiosamente, hizo que cada vez se congregara más gente en torno suyo, debilitando el liderazgo que hasta ese momento había ostentado Garrido sin oposición alguna.

Pronto se formaron dos bloques, el que encabezaba Fernandito y aquél que todavía manejaba mi amigo, pero que cada vez era menos numeroso. Poco a poco la gente fue olvidándose del padre Arizmendi y los estudiantes, volubles como veletas, empezaron a girar en torno a la novedad, Fernandito. La gran diferencia entre los dos, sin embargo, estribaba en que a Fernandito no le interesaba para nada nuclear en torno suyo al alumnado, no tenía ninguna vocación de jefe, o quizá secretamente despreciaba a sus compañeros y pensaba que no merecía la pena intimar con ellos por eso, poco a poco, las aguas volvieron a su cauce y nuestros compañeros, apartándose de la novedad, acudieron de nuevo al redil que pastoreábamos Garrido y yo aunque las cosas nunca volvieron a ser como antes, ahora sabíamos que nada dura eternamente y que en cualquier momento otro alumno podía intentar su-plantarnos. Para evitarlo, y desaparecidos en teoría los resquemores del principio, intentamos congraciarnos con Fernandito e integrarle en lo que cabía, ya que seguía siendo un solitario, en nuestro grupo.

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