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Nadie Es Inocente

Электронная книга - «Nadie Es Inocente». Краткое содержание книги:

Un sacerdote, que en su juventud estuvo relacionado con la organizaci?n terrorista ETA, desaparece en compa??a de una hermosa mujer tras apoderarse de una importante suma de dinero de su congregaci?n. Para evitar el esc?ndalo se encargar? del caso otro religioso que antes de ordenarse hab?a sido polic?a. El pasado de ambos, reflejo del pasado y presente de una Euskadi que se debate entre la violencia y las ansias de paz, condiciona de tal manera la investigaci?n, que finalmente se convierte en un juego muy peligroso, donde lo importante no es la recuperaci?n del dinero, sino el ajuste de cuentas entre los dos contrincantes. Un ajuste de cuentas que parece personal, pero que en realidad contiene la clave de la violencia que ha sufrido el propio Pa?s Vasco.
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– No del todo, pero algunos conocimientos sí tengo, de la época en que mi padre estuvo destinado en Guipúzcoa, y está claro que es un manual de instrucciones para practicar actos de sabotaje. Si no, ¿por qué iban a escribirlo en un idioma que nadie entiende en lugar de escribirlo en cristiano? Pues porque tienen algo que ocultar. Y por eso han intentado disfrazar el título, poniéndolo en latín, pero incluso ahí han fracasado, porque está claro que vasconum tiene relación con los vascos.

– No parece que desvaríes, no señor. Si lo que dices es cierto acabas de prestar un gran servicio a tu país. Se nota que eres un digno hijo de tu padre -añadió el sargento, convencido de que lo que le contaba Garrido no era ninguna historieta, sino la pura verdad, y decidido a compartir de algún modo su gloria-. Tendremos que hablar con ese sacerdote.

– Seguro que usted es capaz de obligarle a confesar su traición -comentó sonriente Garrido.

– No lo dudes ni por un momento, chaval, no lo dudes.

De ese modo, lo que yo creía que era una encerrona, el acudir al puesto de la Guardia Civil, se había convertido en un hecho triunfal. Cuando el sargento Ramos acudió a detener al padre Arizmendi, nosotros íbamos a su lado, y cuando el director del colegio empezó a recriminarnos por nuestra indisciplina y nuestra actitud salvaje y violenta, el propio sargento habló en nuestro nombre, tildándonos de patriotas de cuerpo entero, que pese a lo corto de nuestra edad acabábamos de realizar un impagable servicio al Estado. En los ojos de todos los sacerdotes presentes pudimos observar una mezcla de temor y sorpresa que nos llenó de regocijo. Según parece, ninguno de los sacerdotes sabía que el libro aquel -yo lo supe mucho más tarde pero para entonces la cosa ya no tenía remedio- era el primer libro escrito en vascuence por un sacerdote vasco-francés en el siglo XVI, y si alguno lo sabía, se lo calló cobarde o prudentemente.

Aquella noche Garrido yo nos convertimos en los héroes de nuestros compañeros. La mayor admiración era para Garrido, por descubrir al traidor y conseguir que la Guardia Civil le detuviera, pero la patada que yo había dado al padre Arizmendi también despertaba envidia y elogios. Más de cincuenta veces tuve que explicar cómo lo hice, con aparato mímico incluido, y a más de uno, al imaginarse el gesto de dolor del padre Arizmendi, se le saltaron las lágrimas de la risa.

Tres días después tuvimos noticias del detenido. Nos las comunicó el propio director en el patio, a donde nos obligaron a ir en medio de las clases, hecho insólito ya que no recordaba yo ninguna otra ocasión en la que se hubieran interrumpido. El padre Arizmendi se había colgado de una viga que había en el calabozo del cuartelillo.

– Junto al nefasto pecado de la traición a la patria -dijo enfático el director-, vuestro antiguo profesor cometió el más nefando crimen que se puede cometer, la más grave ofensa a Dios pensable, el darse muerte por su propia mano. Quiera Dios que en el último momento se haya arrepentido, porque si no el alma de nuestro her… -titubeó pero no se atrevió a llamarle hermano-, de vuestro antiguo profesor, estará ardiendo en el infierno. Es un hecho triste pero podéis aprender algo de ello. Quien se aparta del camino recto tarde o temprano acaba mal, ya que si la justicia humana no le descubre, no podrá evitar dar cuentas ante el Juez Supremo.

Aunque debido a su suicidio no se le podía enterrar en lugar sagrado, quizá por caridad o por exigencia del sargento, los hermanos del colegio se hicieron cargo del cuerpo y durante un día le velaron en la capilla, intentando compensar con sus oraciones sus horribles pecados. Garrido y yo no pudimos resistir la tentación morbosa de echar una mirada a su cadáver, orgullosos de nuestra actuación y sin ningún remordimiento por sus consecuencias. Esta vez no sentí miedo, sino una alegría feroz y salvaje. Ahí estaba el enemigo de la patria, muerto, como mi tío, por sus pecados. Todavía recuerdo su cara. Después, a lo largo de mi vida, he visto muchos cadáveres de gente que se había ahorcado y puedo asegurar que la tumefacción que se observaba en el rostro del padre Arizmendi no había sido causada por ningún ahorcamiento.

Capítulo siete

Mientras decides cuál es el siguiente paso que vas a dar recuerdas, y tus recuerdos te hacen aún más dolorosa la incertidumbre que te siguen causando tus actos. Quizá debieras haberte quedado en la teoría, quizá la práctica no sea tan buena, pero has hecho lo que creías que tenías que hacer y no merece la pena que sigas atormentándote, echando la vista atrás.

Todo tiene un sentido, o debe tenerlo, y tú piensas en tu padre, al que apenas conociste. Te ves a ti mismo preguntando a tu madre.

-Amá [1], ¿dónde está el aitá [2]?

Y ella siempre te responde lo mismo, en viaje de negocios, o visitando a un pariente enfermo, o de caza. Pero tú no te quedas tranquilo y vuelves a la carga, siempre con la misma pregunta en la boca.

– ¿Por qué no está nunca con nosotros? ¿Es que no nos quiere, como los demás padres a sus hijos?

– No digas eso nunca, cariño. Claro que nos quiere, más que a nada en esta vida, pero tiene muchas obligaciones que no puede desatender.

Tú sigues sin entender, pero las cariñosas palabras de tu madre consiguen tranquilizarte, aunque continúas echando en falta las caricias de tu padre, las caricias de aquellas manos que a través de esas fotografías que ahora se han quedado sepias se adivinan fuertes y tiernas a un tiempo. Hay sobre todo una fotografía en especial, una fotografía en la que se ve a tu padre con otros dos amigos, jóvenes y sonrientes. Están en la cima del Gorbea y al fondo se ve una bandera con dos cruces, una de ellas en forma de aspa.

– ¿Qué bandera es ésta, amá? -preguntas a tu madre y ella, temerosa, te dice que guardes esa fotografía, que no se la enseñes a nadie, porque puede ser peligroso.

Tú no entiendes por qué una bandera tiene que ser algo peligroso, pero obedeces a tu madre, impresionado por el miedo que destilan sus ojos y extrañado de que esa bandera no se vea en ningún otro sitio. Tu hermano mayor te ha dicho que esa bandera es la ikurriña, la bandera de los vascos, pero que no se puede ondear porque está prohibida. A ti te extraña que una cosa tan bonita como una bandera pueda estar prohibida, pero si te lo ha dicho tu hermano Mikel piensas que seguramente será verdad. Otro día llegas a casa llorando. Un compañero te ha dicho en el colegio que es mentira que tu padre esté siempre fuera de casa por culpa de los negocios, que no tiene ningún negocio sino que está en la cárcel, que todo el pueblo lo sabe. Tú te has peleado con él, pese a que te lleva tres años, y te ha partido el labio y una ceja. Te has asustado por la sangre, más aparatosa que preocupante, pero has aguantado el tipo como un hombrecito, sólo has llorado al llegar a casa, buscando el consuelo de tu madre, deseando escuchar sus dulces palabras en esa lengua que no puedes hablar delante de tu profesor, no entiendes por qué, si es el idioma en que tu madre te cantaba hermosas nanas para que te durmieras cuando eras pequeño y en el que rezas todas las noches al Niño Jesús para que el aitá vuelva pronto a casa, pero aunque no lo entiendas has aprendido a controlarte y a no hablarlo más que en tu propia casa, con los tuyos.

Menos hoy, hoy te ha podido la excitación y como eras incapaz de expresar todo lo que te salía del alma te has pasado al éusquera, y el profesor te ha escuchado. No sólo te ha castigado por la pelea sino que has recibido una ración especial de golpes en los nudillos con una vara tan fina que se te incrustaba en la piel, despellejándotela. Pero eso no ha sido lo peor, las heridas del cuerpo sanan antes o después, lo peor son las heridas del alma, las heridas lacerantes que te han causado las palabras del profesor, cuando te ha hecho ponerte en medio de la clase, a ti que por cualquier nimiedad te mueres de vergüenza, y señalándote con el dedo te ha puesto como ejemplo de lo más vil y perverso que puede haber sobre la faz de la Tierra.

– Miradle -ha dicho con voz tronante-, mirad a vuestro compañero, que se pelea como un pendenciero y se niega a hablar en el idioma de la civilización y la cultura. Con su obstinación enfermiza en hablar en un dialecto atrasado y su predisposición a la violencia es el vivo ejemplo de aquellos seres descarriados que nunca serán nada en la vida, nada de nada. Seguramente acabará ingresando en una prisión, como le ha sucedido a su propio padre.

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[1] Amá, madre en éusquera

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[2] Aitá, padre en éusquera

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