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Diosa Por Elección

Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:

Por fin, Shannon Parker se había reconciliado con la vida en el mundo mítico de Partholon. Amaba a su marido centauro y se había acostumbrado a su conexión con la diosa Epona y los beneficios que conllevaban ambas cosas. Casi había olvidado su antigua vida en la Tierra… sobre todo, cuando descubrió que estaba embarazada…
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
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No veía el rostro de Victoria, y no oía lo que estaban diciendo, pero sí podía ver que era Dougal quien hablaba, y que la Cazadora estaba embelesada con sus palabras. Mientras yo los observaba, Victoria alzó una de las manos y posó un dedo contra los labios de Dougal, para interrumpir su discurso. Después dio un paso hacia delante, y con un movimiento grácil, apoyó la cabeza en su hombro y asintió una sola vez.

La felicidad se reflejó en el semblante de Dougal, mientras abrazaba a su amante.

Yo sonreí, pensando que estaba impaciente por contarle a Alanna que lo que hubiera estado separando a Victoria y a Dougal se había arreglado por completo.

Lentamente, mi espíritu comenzó a moverse hacia delante, y dejé a mis amigos en su privacidad con un nudo de alegría en la garganta. Viajé por el cielo de la noche hacia la carretera, que conducía hacia el oeste de la llanura del templo. Cuando llegué al borde de la llanura, tomé velocidad, y avancé hacia una casa bonita que estaba situada al norte de la carretera, entre un campo de viñas. Junto a la casa había un establo, un corral y otra edificación que seguramente se usaba como bodega.

Durante un instante, floté por encima de la casa, y después atravesé el grueso tejado de paja.

– Ojalá me avisaras antes de hacer eso -murmuré, dirigiéndome a mi diosa, pero mi protesta terminó al ver lo que estaba ocurriendo por debajo de mí.

Estaba cerca del techo de una habitación bastante grande, iluminada por cientos de velas blancas. Había una cama enorme situada junto a una pared con ventana. Varias mujeres estaban rodeando a otra mujer desnuda, que estaba en pie, pero apoyada contra la parte superior de un diván. La mujer desnuda tenía un embarazo muy avanzado. Tenía la cabeza agachada y los ojos cerrados, y su expresión era de profunda concentración. Yo seguí observando mientras su vientre hinchado se ondulaba, y su respiración se hacía más profunda.

Mientras miraba la escena me di cuenta de que las otras mujeres estaban ayudándola. Una de las mujeres presionaba contra la parte baja de la espalda de la mujer parturienta con la palma de la mano. Otra mujer estaba agachada ante ella, respirando al ritmo de cada uno de sus jadeos. Otras dos mujeres la estaban abanicando suavemente. Otra estaba canturreando en voz baja.

Me acerqué más, y la contracción de la mujer terminó. Al instante, elevó la cabeza, y yo me quedé asombrada al ver que tenía una sonrisa de satisfacción. Se apartó un mechón de pelo húmedo de la cara.

– ¡Casi ha llegado el momento! -exclamó con júbilo, y no con dolor y tensión, como yo hubiera pensado.

Su anuncio fue recibido con palabras y risas de alegría.

Una mujer alta y guapa se acercó a ella y le ofreció un sorbo de una copa. Una muchacha le enjugó la frente con un paño grueso. Todas estaban sonriendo, como si tomaran parte en un evento maravilloso, como si la felicidad se escapara de sus cuerpos.

– Quiero colocarme, por favor, ayudadme -dijo.

La voz de la mujer era suave, pero alcanzaba todos los puntos de la habitación. Tres de las mujeres mayores se adelantaron. Una se arrodilló ante ella. Las otras dos la sujetaron por cada lado mientras ella se agachaba. La siguiente contracción atenazó todo su cuerpo. Vi cómo se le tensaban los músculos mientras respiraba profundamente y comenzaba a empujar.

Las mujeres que la rodeaban formaron un círculo, dándose de la mano mientras cantaban suavemente.

– ¡Veo la cabeza!

El vientre de la mujer se relajó durante un instante. Después, ella respiró de nuevo, profundamente, y siguió empujando.

Después de unos minutos apareció una forma húmeda entre sus piernas. Otra de las mujeres agarró a la criatura con habilidad.

– ¡Ha nacido tu hija! -gritó la matrona.

Las demás mujeres se unieron para darle la bienvenida a la recién nacida.

– ¡Bendita seas, pequeña!

Yo encontré mi voz entre las lágrimas, y me uní a sus gritos de alegría. Algunas veces, pero no todas, mi presencia puede ser percibida, por los demás cuando estoy en un viaje espiritual, así que me sorprendió y me agradó que la nueva madre alzara la cabeza en respuesta al sonido de mi voz etérea. Le brillaban los ojos de felicidad, y yo sentí un cambio en mi cuerpo espiritual que me dijo que mi forma flotante se había hecho visible para ella.

– ¡La Amada de Epona ha presenciado el nacimiento de mi hija! -dijo con embeleso.

Las demás mujeres empezaron a reír y a aplaudir, y algunas incluso comenzaron a bailar, girando mientras sus manos dibujaban formas intrincadas en el aire. Su alegría era contagiosa, y mientras las mujeres limpiaban a la recién nacida y a la madre, sentí que mi espíritu se movía al compás de su canción de vida nueva.

Y entonces me di cuenta de una cosa. El milagro del nacimiento era un momento de poder para todas las mujeres. Quizá en aquel mundo antiguo hubiera lecciones para el mundo moderno del que yo provenía. Las cesáreas y las epidurales deberían ser una bendición para las mujeres, pero de repente, me pregunté si se habían convertido en un medio para robarle a toda una generación de madres la magia del poder del nacimiento.

Mientras reflexionaba sobre aquello, sentí que mi espíritu comenzaba a elevarse. La nueva madre agitó la mano para despedirse de mí.

Con el corazón lleno de paz floté hacia el templo, atravesé el tejado de mi habitación y mi espíritu se reunió con mi cuerpo. Mientras volvía a dormir, oí un susurro en mi mente.

«Descansa ahora, mi Amada, y recuerda que siempre estoy contigo».

Capítulo 4

A la mañana siguiente, cuando el sol de la mañana entraba con intensidad a través de las cortinas de los grandes ventanales de mi habitación, noté un movimiento, y al mirar al otro lado del dormitorio, vi a Alanna y a Victoria sentadas en mi diván, observándome con los ojos brillantes y amplias sonrisas.

Yo parpadeé y me froté los ojos, con la esperanza de que fueran producto de mi imaginación.

No desaparecieron. En realidad, sus molestas sonrisas se hicieron más grandes.

– ¿Qué estáis haciendo? -refunfuñé, fulminando a mis amigas con la mirada y pasándome la lengua por los labios. Tenía muy mal sabor de boca.

No estoy en mi mejor momento por las mañanas. Nunca lo he estado y nunca he querido estarlo. De hecho, desconfío vagamente de la gente que salta de la cama temprano como si fueran cachorros dementes. Es una barbaridad despertarse antes de las nueve de la mañana.

– ¡Hemos venido a felicitarte por la gran noticia! -exclamó Alanna.

– Sí, estábamos esperando a que despertaras, pero ha llegado el mediodía y estábamos impacientes -dijo Victoria. Incluso su preciosa voz me sonaba estridente aquella mañana-. Además -añadió con timidez-, tengo que contarte una cosa.

– Dougal y tú vais a casaros -dije yo, mientras tomaba una bata larga de seda que había extendida a los pies de la cama. Mientras me la ponía vi la expresión de asombro de Victoria.

– Cómo…

Azorada, yo di mi respuesta estándar, que lo explicaba todo.

– Epona.

– Oh -respondieron las dos al unísono, asintiendo.

– Me parece maravilloso, Victoria. Vais a ser estupendos el uno para el otro -dije, y le guiñé un ojo a Alanna, que se echó a reír cuando proseguí-: Además, será agradable ver al pobre Dougal sonreír más a menudo. Era un centauro muy triste después de que lo dejaras.

Increíblemente, Victoria se ruborizó como si fuera una adolescente tímida.

– Te he traído una infusión, Rhea -me dijo Alanna, y me ofreció una taza humeante que desprendía un olor delicioso. Yo la tomé, y me senté en una butaca, frente a ellas.

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