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Paternidad de conveniencia

Электронная книга - «Paternidad de conveniencia». Краткое содержание книги:

Ningún otro negocio le proporcionaría tanto placer.
Con tan sólo unas hectáreas de terreno más, el millonario Adam King conseguiría por fin que el rancho familiar recuperara su extensión original. Tal era su obsesión que incluso se planteó casarse con la vecina de al lado, porque el padre de Gina Torino pretendía “venderle” a su hija a cambio de entregarle el ansiado terreno.
Gina estaba al tanto de la manipulación de su padre y decidió negociar con Adam ella misma. Se casaría con el gélido ranchero, él recibiría su tierra… y ella tendría un bebé de King.
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Cuando cerró su boca sobre un pezón, Gina casi saltó de la cama. Labios, lengua y dientes la torturaron hasta que, gimiendo, intentó acercarse más a él. Deslizó las manos por la musculosa espalda, arañándolo con suavidad.

Él emitió un gruñido y Gina alzó las caderas hacia él. Levantó una pierna y acarició la de él con la planta del pie, desesperada por incrementar el contacto. Por sentirlo entero.

– Hueles de maravilla -susurró él, trasladando la boca al otro pezón.

Gina tomó nota de seguir comprando la loción corporal de cítricos y flores que solía utilizar. Miró el techo y el juego de luces y sombras que creaba la luna. Jadeaba. Su cuerpo ardía. Cuando él se movió y sintió el tenso y duro miembro rozar su sexo, gimió y se arqueó.

– Adam…

– Lo sé -susurró él, alzando la cabeza.

Sus miradas se encontraron y ella vio el brillo salvaje de los de ojos de él. Tomó su rostro entre las manos y atrajo su cabeza. Quería besarlo, sentir el vínculo de pasión y deseo crecer entre ellos. Percibir el peso de su cuerpo y el latido de su corazón sobre ella.

El beso fue abrasador. Gina se entregó por entero, poniendo su corazón, lo supiera él o no. Vertió los sentimientos que había ocultado durante años en ese instante de unión. Al notar que se movía y se situaba entre sus piernas, lo besó con más intensidad.

Deseaba su boca en la de ella cuando la penetrara, así que se movió con él, abriendo los muslos y alzando las caderas, sin abandonar sus labios. La lengua de él acarició su paladar mientras, más abajo, se introducía en su interior.

Adam alzó la cabeza y la miró a los ojos, inmóvil, esperando a que su cuerpo se acostumbrara a la invasión. Gina gimió y aplastó la cabeza contra los almohadones. Movió las caderas, sintiendo cómo se introducía lentamente en ella, centímetro a centímetro, y cómo su interior se distendía para acomodarlo.

– Oh, vaya… -suspiró y le sonrió. Gimió cuando él movió las caderas y entró aún más.

Después él se retiró un poco, puso las manos bajo sus nalgas y alzó sus caderas para atraerlo hacia él de nuevo.

– Sólo estamos empezando -dijo él.

Puso el pulgar en el botón duro y ardiente de su sexo y Gina alzó la espalda del colchón. Sus manos buscaron algo a lo que agarrarse y curvó los dedos sobre las sedosas sábanas. Sintió que su mundo empezaba a girar vertiginosamente, mientras él se retiraba para volver a penetrarla.

Sus dedos continuaron frotando y acariciando el punto más sensible de su anatomía, hasta que Gina se retorció bajo sus manos, moviendo las caderas e, inconscientemente, atrayéndolo hacia lo más profundo de su interior.

«Es demasiado. No puedo manejar tantas sensaciones. Tanto placer. Debe de haber un punto de saturación en el que mi cuerpo y mi mente se disuelvan, convirtiéndose en un charquito», pensó.

Entonces él le demostró que podía ir más lejos. Puso las manos en su cintura, la alzó de la cama y la colocó sobre su regazo, penetrándola por completo. Gina lo miró a los ojos mientras él se movía con ritmo suave, balanceándola sobre él.

El viento entró en la habitación, y el olor a salvia se fundió con el de sus cuerpos cálidos y el de su sexo. Piel contra piel, sus jadeos se convirtieron en una sinfonía de deseo.

Subiendo y bajando sobre él, Gina descubrió una magia que no había esperado. Su cuerpo se estremecía y se tensaba, buscando la liberación, el estallido. Su corazón se henchía con la excitación de, por fin, ser parte de Adam. En su mente flotaban imágenes que no podía permitirse: de Adam mirándola con ojos brillantes de amor, de ellos dos juntos para siempre.

A pesar de que una parte de ella se dolía por esa falta, las intensas sensaciones de su cuerpo la compensaban con creces. Se perdió en las profundidades oscuras de los ojos de Adam, viendo la pasión que llameaba en ellos y que sabía que ella había provocado.

La tensión creció y creció. Sintió una convulsión y, cuando volvió a descender sobre él, llegó el primer estallido.

– ¡Adam! -se aferró a sus hombros, intentando mantener el equilibrio en un mundo de repente caótico.

– Déjate ir -ordenó él con voz ronca-. Déjate ir, Gina.

Ella no pudo evitarlo. Ni siquiera lo intentó. Se rindió a las increíbles sensaciones que surcaban su cuerpo en oleadas de temblores y escalofríos.

Cuando Gina creyó que no podría seguir ni un momento más, Adam deslizó la mano hacia el punto en el que sus cuerpos se unían. Volvió a frotar el tierno botón que parecía formado por multitud de terminaciones nerviosas y eléctricas. Instintivamente, clavó las caderas contra él.

– Adam… -susurró con placer.

– Otra vez -dijo él, llevándola a lo más alto de nuevo. La mente de Gina estalló en mil pedazos y, cuando se sintió caer en el vacío, el gruñido ronco de Adam le indicó que la acompañaba en esa interminable caída libre.

El corazón de Adam estaba desbocado y su cuerpo se sentía más relajado que en muchos años. Giró la cabeza en la almohada para mirar a la mujer que yacía a su lado. Tenía los ojos cerrados, con un brazo estirado sobre la cabeza y el otro tendido hacia él por encima del colchón.

Su piel era más suave que la seda y, su cabello, un amasijo de rizos que no se cansaba de acariciar. Sus suspiros, su placer, lo tentaban a tomarla una y otra vez. Incluso en ese momento, sólo con mirarla, su cuerpo se endurecía por ella.

– Estás observándome.

– Tienes los ojos cerrados -dijo él-. ¿Cómo lo sabes?

– Lo siento -dijo ella, y giró la cabeza para mirarlo. Una sonrisa curvó su deliciosa boca y Adam sintió otra llamarada de deseo. Pensó que tal vez el trato no fuera tan buena idea; en una hora con ella había sentido más que en los últimos cinco años.

– Ahora estás frunciendo el ceño -dijo Gina, poniéndose de costado. La luna hacía resplandecer su piel lisa y bronceada-. Los ceños no están permitidos.

– No sé si podré complacerte -dijo él.

– Adam, no tienes por qué estar preocupado -suspiró ella, echándose la masa de rizos por encima del hombro.

– ¿Qué te hace creer que estoy preocupado?

La risa cristalina de Gina llenó la habitación.

– Por favor. Sé exactamente lo que estás pensando.

– ¿En serio? -se apoyó sobre un codo y la miró-. ¿Qué estoy pensando? -sonrió.

– Es fácil. Te preocupa haber cometido un error al aceptar este trato.

Él abrió la boca para discutir; odiaba que supiera leerlo tan bien. Pero ella volvió a hablar.

– Te preocupa que tenga ideas románticas, que tenga la esperanza de que te enamores de mí.

Él frunció el ceño aún más porque era verdad. Pero no estaba dispuesto a admitirlo.

– Te equivocas. Sé que no harás nada tan estúpido -al menos esperaba que no lo hiciese-. Al fin y al cabo, el trato fue idea tuya.

– Cierto -sonrió y se tumbó sobre el estómago, acercándose más a él. Lo bastante como para que él no pudiera resistirse a acariciar la línea de su columna y la curva de su trasero, preguntándose por qué diablos no había marcas de bañador y si tomaba el sol desnuda.

– ¿Por qué? -preguntó Adam.

– ¿Por qué, qué? -los ojos dorados brillaron en la oscuridad.

– ¿Por qué me ofreciste el trato? Sé que quieres un bebé, eso lo entiendo. Lo que quiero saber es por qué me elegiste a mí.

Ella se estiró perezosamente y el movimiento sinuoso del cuerpo moreno en las sábanas blancas hizo que a Adam volviera a hervirle la sangre.

– La explicación es sencilla, Adam. Querías la tierra, así que eso me daba cierta ventaja…

– Sí… -Adam quería oír más.

– Te conozco de toda la vida, Adam. Me gustas. Y creo que yo te gusto a ti.

Él asintió. Gina le gustaba, pero no le había prestado atención a lo largo de los años. Era más joven que él, así que no habían pasado mucho tiempo juntos de niños. Cuando crecieron, él había tenido otras prioridades.

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