Paternidad de conveniencia
- Автор: Чайлд Морин
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Paternidad de conveniencia». Краткое содержание книги:
Con tan sólo unas hectáreas de terreno más, el millonario Adam King conseguiría por fin que el rancho familiar recuperara su extensión original. Tal era su obsesión que incluso se planteó casarse con la vecina de al lado, porque el padre de Gina Torino pretendía “venderle” a su hija a cambio de entregarle el ansiado terreno.
Gina estaba al tanto de la manipulación de su padre y decidió negociar con Adam ella misma. Se casaría con el gélido ranchero, él recibiría su tierra… y ella tendría un bebé de King.
Sin embargo, allí estaba, en la suite presidencial de Dreams, el hotel más nuevo y opulento de Las Vegas, esperando a que su esposa se reuniera con él.
– Esposa -movió la cabeza y se sirvió una copa del champán que había refrescándose en una cubitera de plata, sobre la mesa del balcón privado de la suite. Si había un momento en el que un hombre necesitara un trago, era ése.
Tomó un sorbo y miró la panorámica. En la distancia se veía la sombra púrpura de las montañas, coronadas por las primeras estrellas que se encendían en el cielo nocturno. El ocaso aún teñía de anaranjado el horizonte. En las calles, montones de luces de colores brillaban como joyas en un cofre del tesoro.
Vista desde una trigésima planta, Las Vegas era una belleza. Adam sabía que de cerca era mucho más fácil percibir los fallos y fealdades de la ciudad. Algo muy parecido a lo que sucedía con su matrimonio. Tomó un largo sorbo del frío y burbujeante vino. Desde la distancia, la gente asumiría que Gina y él se habían entregado a la pasión. Sólo ellos sabrían la fría y dura verdad.
– Que eres un tipo duro y desalmado -masculló para sí-. Dispuesto a utilizar a una mujer para conseguir lo que deseas. Dispuesto a crear un nuevo ser y alejarte de él sin pensarlo dos veces.
Sorprendentemente, ese toque de realidad molestó a Adam más de lo que había esperado. Se frotó la mandíbula y dejó que su vista se perdiera en la noche, recordándose que la idea había sido de Gina. Ella no era una víctima, sino una parte interesada.
Sonó su teléfono móvil y Adam lo agarró, agradeciendo tener algo que lo distrajera de sus pensamientos. Resopló al mirar la pantalla.
– ¿Qué ocurre, Travis? -preguntó.
– ¿Qué ocurre? -repitió su hermano-. ¿Estás de broma? Acabo de hablar con Esperanza y me ha dicho que estabas en Las Vegas, casándote.
Adam suspiró. Su ama de llaves era una bocazas.
– Es cierto.
– Con Gina.
– Correcto.
– ¿Acaso mi invitación se perdió en el correo? -exigió Travis.
Adam dejó la copa sobre la barandilla de piedra y metió la mano libre en el bolsillo.
– Ha sido una ceremonia íntima.
– ¿Sí? He oído que sus padres estuvieron allí.
– Ya no están. El jet los llevó de vuelta a casa esta tarde.
– Ya. ¿Alguna razón para que no desearas que asistiera tu familia?
– No es lo que piensas.
– ¿En serio? Porque lo que pienso es que te has casado con una cría a la que conocemos de toda la vida sin molestarte en decírselo a tus hermanos.
– No es una cría -aseveró Adam-. Hace mucho que dejó de serlo. ¿Desde cuándo os informo a Jackson y a ti de mis movimientos?
– No lo haces -contraatacó Travis-. Pero algo me huele mal, Adam. Esta boda tuya, ¿no tendrá nada que ver con esa maldita parcela?
Siguió un largo silencio, mientras Adam intentaba controlar un arranque de mal genio.
– Eres un auténtico bastardo, ¿es eso? -masculló Travis.
– Ella sabía lo que hacía -Adam llevaba repitiéndose eso mismo desde el momento en que aceptó la propuesta de Gina.
– Lo dudo.
Adam sacó la mano del bolsillo y se mesó el cabello. Miró a su espalda para comprobar que Gina no hubiera salido del cuarto de baño.
– La verdad, Travis, nadie diría que tú eres un paladín del buen trato a las mujeres.
– Eso no viene al caso -le espetó su hermano.
– Claro que viene al caso. Yo no te digo que dejes de lucirte con jovencitas por ahí, ni que evites a los malditos paparazzi que te siguen a todas partes. Así que no te metas en mi vida, hermanito.
– Si le haces daño a Gina, su padre convertirá tu vida en un infierno -le advirtió Travis.
– ¿Esa vida que ahora es un lecho de rosas?
– Maldición, Adam -suspiró su hermano-. ¿Cuándo diablos te volviste tan frío?
– ¿Cuándo no lo fui? -Adam cerró el teléfono antes de que Travis volviera a hablar. Después lo apagó para que Jackson no pudiera llamarlo. No necesitaba escuchar lo que pensaban sus hermanos. Lo sabía. Y le importaba muy poco.
Gina y él eran adultos. Su matrimonio, fuera como fuera, era sólo asunto suyo.
– Vaya -dijo Gina, a su espalda-. Tienes aspecto de querer morder a alguien.
Él se dio la vuelta, asumiendo la expresión serena e inescrutable que utilizaba con todo el mundo, excepto con sus hermanos. Pero, aunque luchó por distanciarse, verla provocó una llamarada de lujuria en su bajo vientre.
Iluminada por la tenue luz del balcón, parecía casi de otro mundo. El camisón era corto, le llegaba a medio muslo. El tejido de satén, de color rojo oscuro, se pegaba a su piel, dibujando cada curva y exponiendo unas piernas interminables. La parte superior era de encaje y recogía sus senos como las manos de un amante. El cabello colgaba suelto sobre sus hombros, en una cascada de rizos revueltos. Olía a gloria, a melocotones y flores, y la sonrisa que le ofreció fue incitante y nerviosa al mismo tiempo.
– Estás bellísima -dijo.
– Me siento ridícula -su sonrisa se ensanchó.
Se puso una mano sobre el estómago, como si intentara apaciguar un revoloteo interno, y Adam se preguntó si estaría arrepintiéndose de haber hecho la oferta que los había llevado allí.
Le sirvió una copa de champán y se la ofreció. Sus dedos se rozaron y él sintió que le abrasaban la piel. Decidió ignorar la sensación.
– ¿Por qué ridícula?
Ella encogió los hombros y señaló el camisón.
– Me compré esto especialmente para esta noche y supongo que fue una tontería. No es que sea una noche de bodas normal, ¿verdad?
– No -concedió él. No podía dejar de mirarla. La curva de sus senos. La forma de sus pezones, apretándose contra el encaje-. No lo es. Pero sí es el principio de nuestro trato.
– Cierto -tomó un sorbo de champán. Después se lamió el labio inferior y Adam sintió que todo él se tensaba.
– Y, por lo que a mí respecta, te aseguro que aprecio tu talento haciendo compras.
Los ojos de ella se agrandaron y sonrió.
– Gracias -salió al balcón y admiró la vista-. Es una maravilla, ¿verdad?
– Sí que lo es -dijo él. Pero no miraba el desierto iluminado por luces de neón y las montañas en el horizonte. La miraba a ella. Tomó otro sorbo de champán, a ver si el vino helado le refrescaba la sangre un poco. No tuvo suerte.
– Gracias por traer a mis padres hasta aquí y devolverlos a casa -dijo ella, volviendo la cabeza para mirarlo por encima del hombro.
Él hizo un gesto de indiferencia. No le había importado llevar a Sal y a Teresa con ellos, pero tampoco verlos marchar. Sobre todo a Teresa. La mujer lo había taladrado con la mirada durante todo el día.
– Me pareció importante que estuvieran aquí contigo.
– ¿Pero no que estuvieran tus hermanos?
– Pensé que sería más fácil para todos mantener las cosas simples -se apoyó en la barandilla de piedra.
– Ya. Simples. ¿Lo saben?
– ¿Lo nuestro? -preguntó él. Ella asintió-. Ahora sí. Esperanza se lo ha dicho.
– ¿Cómo se lo han tomado?
Él la miró y mintió. No le importaba lo más mínimo lo que pensaran sus hermanos.
– Bien. Hablé con Travis hace unos minutos.
Llegó un golpe de brisa del desierto y Gina se estremeció.
– Tienes frío.
– Un poco.
Él dejó la copa en la mesa y fue hacia ella. Una distancia muy corta, pero Adam tuvo la sensación de medir cada paso. Estaba a punto de sellar el trato. No habría vuelta atrás. Y si a la mañana siguiente se despertaba arrepintiéndose de lo que hubiera hecho esa noche, tendría que aguantarse. Estaba más que acostumbrado a vivir con realidades incómodas.
– Ven aquí -la rodeó con los brazos y atrajo su espalda hacia él. El calor se introdujo en sus huesos, atizando el fuego de su sangre. Adam sintió una dulce oleada de deseo y apretó los dientes para mantener el control. No podía dejarse llevar por su entrepierna. Una cosa era el trato y, otra, perder el control. Eso no estaba dispuesto a hacerlo nunca.