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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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Pero me pierdo en divagaciones melancólicas, en vez de decir cómo concluyó aquella triste conversación. Michele estaba decidido, y no hubo manera de hacer que desistiese. Y ahora se planteaba otro problema, y Guillermo lo expuso sin ambages: el propio Ubertino ya no estaba seguro. Las frases que le había dirigido Bernardo, el odio que ya le tenía el papa, el hecho de que, mientras Michele aún representaba un poder con el que debía pactarse, Ubertino, en cambio, se hubiera quedado solo…

—Juan quiere a Michele en la corte y a Ubertino en el infierno. Si conozco bien a Bernardo, de aquí a mañana, y con la complicidad de la niebla, Ubertino habrá sido asesinado. Y si alguien preguntase quién ha sido, la abadía podría cargar muy bien con otro crimen… Se dirá que han sido unos diablos evocados por Remigio con sus gatos negros, o algún otro dulciniano que aún queda en este recinto…

Ubertino se veía preocupado.

—¿Y entonces? —preguntó.

—Entonces —dijo Guillermo—, ve a hablar con el Abad. Pídele una cabalgadura, provisiones, y una carta para alguna abadía lejana, al otro lado de los Alpes. Y aprovecha la niebla y la oscuridad para salir en seguida.

—¿Pero acaso los arqueros no vigilan las puertas?

—La abadía tiene otras salidas; el Abad las conoce. Bastará con que un sirviente te espere un poco más abajo, con una cabalgadura. Tú saldrás por algún punto de la muralla, cruzarás un trecho de bosque y te pondrás en camino. Pero hazlo en seguida, antes de que Bernardo se recobre del éxtasis de su triunfo. Yo he de ocuparme de otro asunto. Tenía dos misiones: una ha fracasado, que al menos no fracase la otra. Quiero echar mano a un libro, y a un hombre. Si todo va bien, estarás fuera antes de que pueda inquietarme por ti. De modo que adiós.

Abrió los brazos. Conmovido, Ubertino lo estrechó entre los suyos:

—Adiós, Guillermo, eres un inglés loco y arrogante, pero tienes un gran corazón. ¿Volveremos a vernos?

—Sin duda —lo tranquilizó Guillermo—, Dios lo querrá.

Pero Dios no lo quiso. Como ya he dicho, Ubertino murió asesinado misteriosamente dos años más tarde. Vida dura y aventurera la de aquel viejo combativo y apasionado. Quizá no fuera un santo, pero confío en que Dios haya premiado la inconmovible seguridad con que creyó serlo. Cuanto más viejo me vuelvo, más me abandono a la voluntad de Dios, y menos aprecio la inteligencia, que quiere saber, y la voluntad, que quiere hacer: y el único medio de salvación que reconozco es la fe, que sabe esperar con paciencia sin preguntar más de lo debido. Y, sin duda, Ubertino tuvo mucha fe en la sangre y la agonía de Nuestro Señor crucificado.

Quizá también pensé en ello entonces, y el viejo místico lo percibió, o adivinó que alguna vez pensaría así. Me sonrió con ternura y me abrazó, sin la pasión con que a veces me había cogido en los días precedentes. Me abrazó como un abuelo abraza a su nieto, y la misma actitud tuve yo al responderle. Después se alejó con Michele para buscar al Abad.

—¿Y ahora? —le pregunté a Guillermo.

—Ahora volvamos a nuestros crímenes.

—Maestro, hoy han sucedido cosas muy graves para la cristiandad, y vuestra misión ha fracasado. Sin embargo, parece interesaros más la solución de este misterio que el conflicto entre el papa y el emperador.

—Los locos y los niños siempre dicen la verdad, Adso. Quizá sea porque como consejero imperial mi amigo Marsilio es mejor que yo, pero como inquisidor valgo más yo. Incluso más que Bernardo, y que Dios me perdone. Porque a Bernardo no le interesa descubrir a los culpables, sino quemar a los acusados. A mí, en cambio, lo que más placer me proporciona es desenredar una madeja bien intrincada. O tal vez sea también porque en un momento en que, como filósofo, dudo de que el mundo tenga algún orden, me consuela descubrir, si no un orden, al menos una serie de relaciones en pequeñas parcelas del conjunto de los hechos que suceden en el mundo. Además, es probable que exista otra razón: el hecho de que en esta historia se jueguen cosas más grandes y más importantes que la lucha entre Juan y Ludovico…

—¡Pero si es una historia de robos y venganzas entre monjes de poca virtud! —exclamé perplejo.

—Alrededor de un libro prohibido, Adso, alrededor de un libro prohibido —respondió Guillermo.

Los monjes ya estaban yendo a cenar. Michele da Cesena llegó en mitad de la comida, se sentó a nuestro lado y nos comunicó que Ubertino había partido. Guillermo lanzó un suspiro de alivio.

Cuando acabó la cena, evitamos al Abad, que estaba conversando con Bernardo, y localizamos a Bencio, que nos saludó con una media sonrisa, mientras intentaba ganar la salida. Guillermo lo alcanzó y lo obligó a seguirnos hasta un rincón de la cocina.

—Bencio —le dijo—, ¿dónde está el libro?

—¿Qué libro?

—Bencio, ni tú ni yo somos tontos. Hablo del libro que buscábamos hoy en el laboratorio de Severino, y que yo no reconocí pero tú sí, de modo que luego fuiste a cogerlo…

—¿Por qué pensáis que lo he cogido.

—Pienso que es así, y tú también lo piensas. ¿Dónde está?

—No puedo decirlo.

—Bencio, si no me lo dices hablaré con el Abad.

—No puedo decirlo por orden del Abad —dijo Bencio en tono virtuoso—. Después de que nos vimos sucedió algo que debéis saber. Al morir Berengario, quedó vacante el puesto de ayudante del bibliotecario. Esta tarde Malaquías me ha pedido que ocupe este puesto. Hace justo media hora el Abad ha dado su autorización, y a partir de mañana por la mañana, espero, seré iniciado en los secretos de la biblioteca. Es cierto que esta mañana he cogido el libro; lo había escondido en mi celda, bajo el jergón, sin echarle ni siquiera una ojeada, porque sabía que Malaquías me estaba vigilando. En determinado momento, él me propuso lo que acabo de contaros. Entonces hice lo que debe hacer un ayudante del bibliotecario: le entregué el libro.

No pude contenerme e intervine, con violencia:

—Pero Bencio, ayer, y anteayer, tú… vos decíais que ardíais de curiosidad por conocer, que no deseabais que la biblioteca siguiese ocultando misterios, que un estudioso debe saber…

Bencio no decía nada, y se ruborizó, pero Guillermo me detuvo:

—Adso, desde hace unas horas Bencio se ha pasado a la otra parte. Ahora es él el guardián de esos secretos que quería conocer, y como tal dispondrá de todo el tiempo que desee para conocerlos.

—Pero ¿y los otros? —pregunté—. ¡Bencio hablaba en nombre de todos los sabios!

—Eso era antes —dijo Guillermo, y me arrastró fuera, dejando a Bencio sumido en la confusión.

—Bencio —me dijo luego Guillermo— es víctima de una gran lujuria, que no es la de Berengario ni la del cillerero, sino la de muchos estudiosos, la lujuria del saber. Del saber por sí mismo. Se encontraba excluido de una parte de ese saber, y deseaba apoderarse de ella. Ahora lo ha hecho. Malaquías sabía con quién trataba, y se valió del recurso más idóneo para recuperar el libro y sellar los labios de Bencio. Me preguntarás de qué sirve dominar toda esa reserva de saber si se acata la regla que impide ponerlo a disposición de todos los demás. Pero por eso he hablado de lujuria. No era lujuria la sed de conocimiento que sentía Roger Bacon, pues quería utilizar la ciencia para hacer más feliz al pueblo de Dios y, por tanto, no buscaba el saber por el saber. En cambio, la curiosidad de Bencio es insaciable, es orgullo del intelecto, un medio como cualquiera de los otros de que dispone un monje para transformar y calmar los deseos de su carne, o el ardor que lleva a otros a convertirse en guerreros de la fe, o de la herejía. No sólo es lujuria la de la carne. También lo es la de Bernardo Gui: perversa lujuria de justicia, que se identifica con la lujuria del poder. Es lujuria de riqueza la de nuestro santo y ya no romano pontífice. Era lujuria de testimonio, de transformación, de penitencia y de muerte la del cillerero en su juventud. Y es lujuria de libros la de Bencio. Como todas las lujurias, como la de Onán, que derramaba su semen en la tierra, es lujuria estéril, y nada tiene que ver con el amor, ni siquiera con el amor carnal…

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