Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El ojo del mundo - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
1 ... 110 111 112 113 114 115 116 117 118 ... 267
Перейти на страницу:

La muchacha se ruborizó, sin suavizar, no obstante, su expresión resuelta.

—Moteado ha dicho que decidirías esto. A su juicio, la muchacha está integrada por completo en el mundo humano, mientras que tú permaneces a medio camino. Teniendo en cuenta las circunstancias, opino que será mejor que os acompañemos hacia el sur. De lo contrario, probablemente moriríais de hambre u os perderíais o…

Quemado se levantó de pronto y Elyas volvió a la cabeza para mirar al enorme lobo. Un momento después Moteado se puso asimismo en pie y se acercó a Elyas para hacer frente también a la mirada de Quemado. Todos permanecieron inmóviles por espacio de unos minutos, tras los cuales Quemado giró sobre sí y se desvaneció en la noche. Moteado sacudió el cuerpo y después retomó su lugar, echándose como si nada hubiera ocurrido.

—Moteado es el jefe de esta manada —aclaró Elyas al advertir su desconcierto—Algunos de los machos podrían vencerlo en combate, pero él es más inteligente y todos lo saben. Ha salvado a la manada en más de una ocasión. Quemado piensa que están desperdiciando demasiado tiempo con vosotros. El está obsesionado en su odio contra los trollocs y, ya que éstos merodean en parajes tan al sur, lo único que desea es partir para darles caza.

—Es comprensible —convino Egwene, denotando alivio—. De veras podemos proseguir nuestro camino… con algunas instrucciones, desde luego, si sois tan amable de dárnoslas.

Elyas hizo ondear la mano.

—Os he dicho que Moteado era el jefe de la manada, ¿no? Por la mañana, os acompañaré hacia el sur, y ellos lo harán también.

La expresión de Egwene indicaba que aquélla no era la noticia más agradable que pudieran haberle dado.

Perrin estaba sentado, sumido en su propio silencio. Sentía cómo se alejaba Quemado. Y el macho con la cicatriz en la cara no era el único; tras él andaban con paso largo doce jóvenes machos. Deseaba creer que era Elyas quien manipulaba su imaginación, pero no lo conseguía. Un segundo después de que los animales que se habían marchado desaparecieran de su mente, albergó un pensamiento del que sabía con certeza la procedencia: Quemado. Aquel pensamiento era tan intenso y claro como si se tratara de uno propio y se resumía en odio, odio y sabor a sangre.

24

El descenso por el Arinelle

El agua fluía en la lejanía y producía un murmullo de salpicaduras que resonaba sin cesar hasta anular su origen. Había puentes de piedra y rampas sin pasamanos por doquier, los cuales cubrían la distancia entre espirales de piedra con remates aplanados, indefectiblemente pulidos y suaves, adornados de rojo y oro. En todos los niveles, el laberinto ascendía y descendía entre tinieblas, sin principio ni fin aparentes. Cada puente llevaba a una aguja, cada rampa a otra aguja, a otros puentes.

En cualquier dirección adonde dirigiera la vista, cubriendo el espacio distinguible en la penumbra, Rand veía una interminable repetición. La luz no era suficiente para ver con claridad y casi se alegraba de que ello fuera así. Algunas de las pasarelas conducían a plataformas que debían de hallarse por fuerza encima de las del nivel inferior. Sin embargo, no acertaba a percibir la base de ninguna de ellas. Se apresuró, en pos de la libertad, consciente de que aquello era ilusorio. Todo era ilusorio.

Conocía a la perfección aquella engañosa irrealidad; lo había seducido ya demasiadas veces para ignorarla. Por más que caminase hacia arriba, hacia abajo o en cualquier sentido, no encontraba más que la piedra reluciente. Piedra, pero la humedad de la tierra recién oreada impregnaba el aire, al igual que la vertiginosa dulzura de la decadencia. El hedor de una sepultura destapó su olor a destiempo. Intentó contener la respiración, pero la pestilencia invadió su nariz y se prendió a su piel como si de aceite se tratara.

Al captar su ojo un amago de movimiento, quedó paralizado, medio agazapado contra el pulcro pasamanos del remate de una de las agujas. Aquél no era un buen lugar para esconderse. Cualquiera habría podido descubrirlo desde cien puntos distintos. El aire estaba preñado de sombras, pero ninguna de ellas bastaba para ocultarlo. La luz no procedía de linternas, lámparas ni antorchas; estaba simplemente allí, como surgida del aire. Era suficiente para ver, después de un acomodamiento, y para ser visto. Pero la inmovilidad no otorgaba ninguna clase de protección.

El movimiento se produjo de nuevo, perceptiblemente esta vez. Un hombre caminaba por una rampa distante, haciendo caso omiso de la ausencia de pasamanos y del vacío que se abría a sus pies. Su capa ondeaba al compás de sus majestuosos pasos y su cabeza giraba de modo incesante, escrutando. Rand se encontraba demasiado lejos para distinguir algo más que la silueta en la oscuridad, pero no necesitaba más datos para saber que la capa tenía el color rojo de la sangre fresca y que aquellos ojos escudriñadores llameaban como la boca de un horno.

Trató de recorrer el laberinto con la mirada, para calcular las conexiones que debía franquear Ba’alzemon antes de llegar hasta él y luego desistió, considerándolo inútil. Otra de las cosas que había aprendido era que las distancias eran engañosas allí. Lo que parecía alejado podía alcanzarse con doblar una esquina y lo que parecía próximo podía ser a un tiempo inasequible. Lo único que podía hacer, tal como había sido desde un principio, era continuar su avance. Avanzar sin pensar. Sabía que pensar entrañaba peligro.

No obstante, cuando volvía la espalda a la horrorosa figura de Ba’alzemon, no pudo evitar acordarse de Mat. ¿Se encontraba él también en algún lugar de aquel dédalo? «¿O existirán dos laberintos, dos Ba’alzemon?» Su mente abandonó a toda prisa aquella idea; era demasiado arriesgado albergarla. «¿Es esto similar a lo de Baerlon? Entonces, ¿por qué no me ha alcanzado?» Aquel sueño era levemente mejor. Era un pequeño consuelo. «¿Consuelo? Rayos y truenos, ¿dónde ves el consuelo?»

Había experimentado dos o tres inminencias de encuentro, y, a pesar de que no lograba recordarlas con claridad, había estado corriendo durante largo, largo tiempo —¿cuánto habría durado?—mientras Ba’alzemon lo perseguía en vano. ¿Era aquello como lo de Baerlon, o sólo era una pesadilla, un mero sueño semejante al de los otros hombres?

Entonces, por espacio de un instante, el tiempo en que dura una exhalación, tuvo conciencia de cuál era el peligro que entrañaba pensar. Al igual que había sucedido antes, cada vez que se tomaba la libertad de considerar como un sueño todo cuanto lo rodeaba, el aire brillaba, nublándole la vista, y se convertía en una gelatina que lo apresaba. Sólo por espacio de un instante.

El arenoso calor le producía una picazón en la piel y su garganta se había resecado hacia largo rato, mientras descendía al trote por el laberinto de seto espinoso. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? Su sudor se evaporaba sin llegar a gotear y le escocían los ojos. Por encima de su cabeza, a no mucha distancia, rebullían con furia unas nubes aceradas, con estrías negras, pero en aquel lugar no corría ni un soplo de aire. Por un momento creyó que antes era distinto, pero aquel pensamiento se evaporó con el calor. Había permanecido mucho tiempo en ese lugar. Pensar era arriesgado, sin duda.

Unas piedras lisas, pálidas y redondeadas componían un pavimento irregular, medio enterrado por el polvo reseco que levantaban incluso sus más etéreos pasos. Aquella sustancia le producía un picor en la nariz, lo amenazaba con provocar un estornudo que podía hacerlo saltar por los aires. Cuando procuraba respirar por la boca, el polvillo se aferraba a su garganta hasta hacerlo toser.

Aquél era un sitio peligroso; también lo sabía. Ante él el elevado muro de espinas presentaba tres aberturas y más allá el camino trazaba una curva tras la cual se tornaba invisible. Ba’alzemon podía aproximarse de un momento a otro por cualquiera de aquellos recodos. Había topado con él dos o tres veces, si bien no lograba recordar apenas nada aparte de que había escapado de él… de algún modo. No debía correr el riesgo de pensar demasiado.

1 ... 110 111 112 113 114 115 116 117 118 ... 267
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)