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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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—Aprende —me dijo—, cuando a un hombre lo torturan, o amenazan con torturarlo, no sólo dice lo que ha hecho, sino también lo que hubiera querido hacer, aunque no supiese que lo quería. Ahora Remigio desea la muerte con toda su alma.

Los arqueros se llevaron al cillerero, aún presa de convulsiones. Bernardo recogió sus folios. Luego clavó la mirada en los presentes, quienes, presa de gran turbación, permanecían inmóviles en sus sitios.

—El interrogatorio ha concluido. El acusado, reo confeso, será conducido a Aviñón, donde se celebrará el proceso definitivo, para escrupulosa salvaguardia de la verdad y la justicia. Y sólo después de ese proceso regular será quemado. Ya no os pertenece, Abbone, y tampoco me pertenece a mí, que sólo he sido el humilde instrumento de la verdad. El instrumento de la justicia está en otro sitio. Los pastores han cumplido con su deber, ahora es el turno de los perros: deben separar la oveja infecta del rebaño, y purificarla a través del fuego. El miserable episodio en el transcurso del cual este hombre ha resultado culpable de tantos crímenes atroces ha concluido. Que ahora la abadía viva en paz. Pero el mundo… —y aquí alzó la voz y se volvió hacia el grupo de los legados—, ¡el mundo aún no ha encontrado la paz, el mundo está desgarrado por la herejía, que se refugia incluso en las salas de los palacios imperiales! Que mis hermanos recuerden lo siguiente: un cingulum diaboli[143] liga a los perversos seguidores de Dulcino con los honrados maestros del capítulo de Perusa. No olvidemos que ante los ojos de Dios los delirios del miserable que acabamos de entregar a la justicia no se diferencian de los de los maestros que se hartan en la mesa del alemán excomulgado de Baviera. La fuente de las iniquidades de los herejes se nutre de muchas prédicas distintas… algunas elogiadas, y todavía impunes. Dura pasión y humilde calvario los de aquel a quien, como mi pecadora persona, Dios ha llamado para reconocer la víbora de la herejía doquiera que ésta anide. Pero el ejercicio de esta santa tarea enseña que no sólo es hereje quien practica la herejía a la vista de todos. Hay cinco indicios probatorios que permiten reconocer a los partidarios de la herejía. Primero: quienes visitan de incógnito a los herejes cuando se encuentran en prisión; segundo: quienes lamentan su apresamiento y han sido sus amigos íntimos durante la vida (en efecto, es difícil que la actividad del hereje haya pasado inadvertida a quien durante mucho tiempo lo frecuentó); tercero: quienes sostienen que los herejes fueron condenados injustamente, a pesar de haberse demostrado su culpabilidad; cuarto: quienes miran con malos ojos y critican a los que persiguen a los herejes y predican con éxito contra ellos, y a éstos puede descubrírselos por los ojos, por la nariz, por la expresión, que intentan disimular, porque revela su odio hacia aquellos por los que sienten rencor y su amor hacia aquellos cuya desgracia lamentan. Quinto, y último, signo es el hecho de que, una vez quemados los herejes, recojan los huesos convertidos en cenizas, y que los conviertan en objeto de veneración… Pero yo atribuyo también muchísimo valor a un sexto signo, y considero amigos clarísimos de los herejes a aquellos en cuyos libros (aunque éstos no ofendan abiertamente la ortodoxia) los herejes encuentran las premisas a partir de las cuales desarrollan sus perversos razonamientos.

Y mientras eso decía sus ojos se clavaban en Ubertino. Toda la legación franciscana comprendió perfectamente lo que Bernardo estaba sugiriendo. El encuentro ya había fracasado. Nadie se hubiese atrevido a retomar la discusión de la mañana, porque sabía que cada palabra sería escuchada pensando en los últimos, y desgraciados, acontecimientos. Si el papa había enviado a Bernardo para que impidiera cualquier arreglo entre ambos grupos, podía decirse que su misión había sido un éxito.

VÍSPERAS

Donde Ubertino se larga, Bencio empieza a observar las leyes y Guillermo hace algunas reflexiones sobre los diferentes tipos de lujuria encontrados aquel día.

Mientras la sala capitular se iba vaciando lentamente, Michele se acercó a Guillermo, y después se les unió Ubertino. Juntos salimos de allí para dirigirnos al claustro y poder conversar protegidos por la niebla, que no daba señas de disiparse y que, incluso, parecía aún más densa ahora que estaba oscureciendo.

—No creo que sea necesario comentar lo que acaba de suceder —dijo Guillermo—. Bernardo nos ha derrotado. No me preguntéis si ese dulciniano imbécil es realmente culpable de todos estos crímenes. Por mi parte, estoy convencido de que no lo es. En todo caso, estamos como al principio. Juan quiere que vayas solo a Aviñón, Michele, y este encuentro no ha servido para obtener las garantías que deseábamos. Al contrario, ha sido una muestra de cómo allí podrá torcerse todo lo que digas. De donde se deduce, creo, que no debes ir.

Michele movió la cabeza:

—Pero iré. No quiero un cisma. Tú, Guillermo, hoy has hablado claro, has dicho qué es lo que quieres. Pues bien, no es eso lo que yo quiero: me doy cuenta de que las resoluciones del capítulo de Perusa han sido utilizadas por los teólogos imperiales para decir más de lo que nosotros quisimos decir. Quiero que la orden franciscana sea aceptada, con sus ideales de pobreza, por el papa. Y el papa tendrá que comprender que, sólo si la orden adopta la idea de pobreza, podrá reabsorber sus ramificaciones heréticas. No pienso en la asamblea del pueblo ni en el derecho de gentes. Debo impedir que la orden se disuelva en una pluralidad de fraticelli. Iré a Aviñón y si es necesario haré acto de sumisión ante Juan. Transigiré en todo, menos en el principio de pobreza.

—¿Sabes que arriesgas la vida? —intervino Ubertino.

—Que así sea —respondió Michele—, peor es arriesgar el alma.

Arriesgó seriamente la vida y, si Juan estaba en lo justo (de lo cual aún no termino de convencerme), perdió también el alma. Como ya todos saben, una semana después de los hechos que estoy relatando, Michele fue a ver al papa. Se mantuvo firme durante cuatro meses, hasta que en abril del año siguiente Juan convocó un consistorio donde lo trató de loco, temerario, testarudo, tirano, cómplice de los herejes, víbora que anidaba en el propio seno de la iglesia. Y cabe pensar que a aquellas alturas, y desde su punto de vista, Juan tenía razón, porque durante aquellos cuatro meses Michele se había hecho amigo del amigo de mi maestro, el otro Guillermo, el de Occam, y había llegado a compartir sus ideas, no muy distintas, salvo que aún más radicales, de las que mi maestro compartía con Marsilio y había expuesto aquella mañana. La vida de estos disidentes se volvió precaria en Aviñón, y a finales de mayo Michele, Guillermo de Occam, Bonagrazia da Bergamo, Francesco d’Ascoli y Henri de Talheim decidieron huir. Los hombres del papa los persiguieron hasta Niza, Tolón, Marsella y Aigues Mortes, donde los alcanzó el cardenal Pierre de Arrablay, quien en vano intentó persuadirlos de que regresaran, incapaz de vencer sus resistencias, su odio por el pontífice, su miedo. En junio llegaron a Pisa, donde los imperiales les brindaron una acogida triunfal, y en los meses que siguieron Michele denunció públicamente a Juan. Pero ya era demasiado tarde. La suerte del emperador estaba declinando. Desde Aviñón, Juan tramaba una maniobra para reemplazar al general de los franciscanos, y acabó consiguiéndolo. Mejor habría hecho Michele aquel día decidiendo no ir a ver al papa: habría podido ocuparse en persona de la resistencia de los franciscanos, en lugar de perder tantos meses poniéndose a merced de su enemigo, mientras su posición se iba debilitando… Pero quizás así lo había dispuesto la omnipotencia divina… Por otra parte, ahora ya no sé quién de ellos estaba en lo justo: cuando han pasado muchos años, el fuego de las pasiones se extingue, y con él lo que creíamos que era la luz de la verdad. ¿Quién de nosotros es todavía capaz de decir si tenía razón Héctor o Aquiles, Agamenón o Príamo, cuando luchaban por la belleza de una mujer que ahora es ceniza de cenizas?

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«un cinturón del diablo».

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