El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
– ¿Quién quiere ir a Baltimore? Vaya, no es Honolulu.
«Sé un poco serio, imbécil.» -Tienes reservada una plaza en el vuelo de la USAir que despega de Logan a las diez menos cuarto. El billete ya está pagado, puedes comprobarlo con la línea aérea. Recógelo en el aeropuerto.
– ¿Estás ofreciéndome compartir diez millones de dólares contigo?
– Ah, no. Tú recibirás tus propios diez millones.
– ¿En qué basas tu demanda?
– Quebrantamiento por fraude de contrato implícito.
– Estudio comercio. ¿No hay un estatuto de limitaciones sobre eso? ¿No prescribe ese delito? Algo que sucedió hace veintitrés años…
– Hay un estatuto de limitaciones, pero el caso empieza a contar a partir de la fecha del descubrimiento del fraude. Que en este caso fue la semana pasada.
Al fondo, una voz hispana gritó:
– ¡Eh, Hank, tienes esperando a cien clientes!
Hank dijo a través del teléfono:
– Empiezas a parecer un poco más convincente.
– ¿Eso significa que vas a venir?
– Diablos, no. Significa que lo pensaré cuando salga del trabajo esta noche. Ahora tengo que servir consumiciones.
– Puedes llamarme al hotel -dijo Steve, pero demasiado tarde: Hank ya había colgado.
Jeannie y Lisa le miraban expectantes.
Steve se encogió de hombros.
– No sé -dijo el muchacho en tono poco optimista-. No sé si le he convencido o no.
– Tendremos que esperar, a ver si le da por presentarse -dijo Lisa.
– ¿Cómo se gana la vida Wayne Stattner?
– Es dueño de clubes nocturnos. Probablemente ya tiene diez millones.
– En tal caso lo suyo será picarle la curiosidad. ¿Tienes su número?
– No.
Steve llamó a Información.
– Si es una celebridad puede que no figure en la guía.
– Tal vez haya un número comercial. -Le respondieron y dio el nombre. Al cabo de un momento tuvo el número. Llamó y consiguió la respuesta de un contestador automático. Dijo: Hola, Wayne, me llamo Steve Logan y como notarás enseguida mi voz es exactamente igual a la tuya. Eso se debe a que, lo creas o no, tú y yo somos idénticos. Mido metro ochenta y ocho, peso ochenta y seis kilos y nos parecemos como dos gotas de agua. Es probable que también tengamos otras más cosas en común: soy alérgico a las nueces australianas, no tengo uñas en los dedos pequeños de los pies y cuando me quedo pensativo me rasco el dorso de la mano izquierda con los dedos de la derecha. Y ahora viene lo sorprendente: no somos gemelos. Somos varios. Uno cometió un delito el domingo pasado en la Universidad Jones Falls, por eso recibiste ayer la visita de la policía de Baltimore. Y mañana al mediodía nos vamos a reunir en el hotel Stouffer de Baltimore. Ya se que resulta extraño, pero todo es verdad. Llámame al hotel, a mí o a la doctora Ferrami, o si te parece, preséntate allí sin más. Será interesante. -Colgó y miró a Jeannie-. ¿Qué te parece?
La muchacha se encogió de hombros.
– Es un individuo que puede permitirse el lujo de darse sus caprichos. Tal vez se sienta intrigado. Y un propietario de clubes nocturnos no tendrá nada especialmente apremiante que hacer el lunes por la mañana. Por otra parte, a mí no me induciría a coger el avión un recado telefónico como ese.
Sonó el teléfono y Steve lo descolgó automáticamente:
– ¡Diga!
– ¿Puedo hablar con Steve?
La voz no era familiar.
– Al aparato.
– Aquí tío Preston. Ahora te paso con tu padre.
Steve no tenía ningún tío Preston. Enarcó las cejas, desconcertado. Al cabo de unos segundos llegó otra voz por el teléfono.
– ¿Hay alguien contigo? ¿Está ella escuchando?
De súbito, Steve lo comprendió. La perplejidad dio paso al desconcierto. No sabía cómo reaccionar.
– Un momento. -Cubrió el micrófono con la mano y anunció a Jeannie-: ¡Creo que es Berrington Jones! Y me ha tomado por Harvey. ¿Qué rayos tengo que hacer?
Jeannie extendió las manos en ademán de absoluta perplejidad.
– Improvisa -fue su escueta recomendación.
– ¡Vale, muchas gracias! -Steve se llevó el aparato al oído-. Ejem, sí, Steve al habla.
– ¿Qué ocurre? ¡Llevas horas ahí!
– Supongo que si…
– ¿Has averiguado ya que trama Jeannie?
– Ejem… sí.
– Entonces vuelve aquí y cuéntanoslo.
– De acuerdo.
– No estarás atrapado de alguna manera, ¿verdad?
– No.
– Supongo que te la has estado follando.
– Si tú lo dices…
– ¡Ponte de una vez los jodidos pantalones y vuelve a casa! ¡Estamos todos en un buen lío!
– De acuerdo.
– Ahora, cuando cuelgues, dices que alguien que trabaja para el abogado de tus padres ha llamado para decirte que se te necesita en Washington lo antes posible. Esa es la excusa, te proporciona el motivo que justificará las prisas. ¿Conforme?
– Muy bien. Me tendréis ahí enseguida.
Berrington colgó y Steve hizo lo propio.
Steve hundió los hombros, aliviado.
– Creo que se la pegué.
– ¿Qué ha dicho? -preguntó Jeannie.
– Fue muy interesante. Parece que enviaron aquí a Harvey para que se enterara de tus intenciones. Les inquieta lo que puedas hacer con las cosas que sabes.
– ¿Les? ¿A quiénes?
– A Berrington y a alguien llamado tío Preston.
– Preston Barck, el presidente de la Genético. ¿Por qué llamaron?
– Impaciencia. Berrington se hartó de esperar. Sospecho que él y sus compinches confiaban en averiguar qué pensabas hacer para luego idear la respuesta adecuada. Me dijo que fingiera que tenía que ir a Washington para ver al abogado y que, una vez fuera de aquí, me dirigiera a su casa, a la de Berrington, a toda velocidad.
Jeannie pareció preocupada.
– Mal asunto. Cuando Harvey no se presente, Berrington comprenderá que algo marcha mal. Los de la Genético tomarán sus precauciones. Y cualquiera sabe lo que pueden hacer: trasladar la conferencia de prensa a otro lugar, reforzar la vigilancia para que no podamos acceder al local donde se celebre e incluso cancelarla y firmar los documentos en el bufete de un abogado.
Steve contempló el suelo, con la frente surcada de arrugas reflexivas. Se le había ocurrido una idea, pero no se atrevía a exponerla. Por último, dijo:
– En ese caso, Harvey debe volver a casa.
Jeannie negó con la cabeza.
– Ha estado ahí tirado todo el rato y ha oído cuanto hemos dicho. Se lo contará de pe a pa.
– No, si voy yo en su lugar.
Jeannie y Lisa se lo quedaron mirando, pasmadas.
Steve no había ultimado el plan; pensaba en voz alta.
– Iré a casa de Berrington y me haré pasar por Harvey. Les tranquilizaré.
– Es muy arriesgado, Steve. No sabes nada acerca de su vida. Ni siquiera sabes dónde está el lavabo.
– Si Harvey pudo engañarte a ti, supongo que yo puedo engañar a Berrington -Steve trató de demostrar más confianza de la que sentía.
– Harvey no me engañó. Le descubrí.
– Te engañó durante un rato.
– Menos de una hora. Tú tendrías que estar con ellos más tiempo.
– No mucho. Normalmente, Harvey vuelve a Filadelfia el domingo por la tarde, lo sabemos. Estaré aquí de vuelta para la medianoche.
– Pero Berrington es el padre de Harvey. Es imposible.
Steve no ignoraba que Jeannie tenía razón.
– ¿Tienes una idea mejor?
Tras un prolongado momento de meditación, Jeannie dijo:
– No.
59
Steve se puso los pantalones de pana azul y el jersey azul celeste de Harvey, cogió el Datsun de éste y se dirigió a Roland Park. Había oscurecido cuando llegó a la casa de Berrington. Aparcó detrás de un Lincoln Town Car y permaneció unos instantes en el asiento, a fin de hacer acopio de valor.